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Bandidos y caminos reales · Alemania

Hiasl — El bandolero a quien absolvieron las canciones

Los guardias son desarmados, las tabernas devienen campos de batalla y los campesinos vacilan entre el auxilio y el espanto. La captura de Hiasl en Osterzell entrega a la justicia a un hombre cuya leyenda de protector eclipsa ya a sus víctimas.

La caza, los fusiles y la ley

Cuando los hombres de Hiasl irrumpieron en la morada del baile de Täfertingen, no buscaron puerta trasera alguna. Cinco de ellos penetraron en la casa mientras el cabecilla y el resto de la partida custodiaban las inmediaciones. Se exigió el dinero; se llevaron asimismo la platería, los relojes y las armas. La esposa del baile intentó recuperar un recipiente colmado de monedas. Un fusil y un sable contuvieron su ademán. Los ladrones salieron, para regresar al punto exigiendo más: no habían juzgado suficiente la primera cosecha.

No es de este modo como una copla suele inaugurar la carrera de un benefactor de los desposeídos. Así es, no obstante, como la sentencia impresa en Dillingen en 1771 relata uno de los asaltos de Matthias Klostermayr, el «Hiasl bávaro». El documento contabiliza hasta el último florín perdido por el baile Johann Baptist Heß. Da cuenta de sus cóleras, de sus invectivas y de su afán ejemplarizante; mas tras los ultrajes con que abruma al reo, deja traslucir a personas, hogares y heridas. La leyenda retendría la estampa de un hombre alzado contra los príncipes. El proceso judicial se topaba también con cuantos se hallaron entre aquel hombre y los príncipes.

Klostermayr era natural de Kissing, cerca de Friedberg. Pastor en su infancia, zagal y batidor de caza, conoció senderos y reses antes de que su nombre fuese señalado a las patrullas. En aquellas campiñas, el cazador furtivo gozaba a menudo de mejor fama que quien lo perseguía. La caza reservada a los poderosos asolaba las cosechas; abatirla suponía prestar a ciertos labriegos un alivio que la ley castigaba. Hiasl supo sacar partido de semejante contradicción. Le granjeó simpatías, cobijos e informaciones; mas no le confería derecho alguno sobre la vida de quienes vestían otro uniforme.

Los hombres a quienes desarmaban

Una condena de nueve meses en la casa de corrección, cumplida en Múnich en 1765, no puso fin a sus andanzas. Pronto dejó de tratarse únicamente de cazar al margen de las ordenanzas. A su alrededor se congregó una partida armada dispuesta a hacer frente a los agentes encargados de dispersarla. El fusil del guarda pasaba a ser un botín; los golpes que se le propinaban debían enseñarle a no reincidir. En cada nuevo encuentro, la violencia precedente brindaba el pretexto para la siguiente.

El sumario sitúa en 1766 la agresión a Franz Joseph Baur, hijo de un montero de Tussenhausen. Asaltado en el bosque, amenazado y vejado, hubo de entregar su arma y sus pertrechos de caza. Los años sucesivos ofrecen escenas semejantes con otros nombres: un guarda interceptado en la espesura, un criado apaleado, un oficial despojado en mitad del camino. El gran dogo del cabecilla reaparece en las testificaciones como un auxiliar temible, azuzado contra aquellos a quienes los hombres ya habían cercado.

La hostilidad desbordó pronto los enfrentamientos con las rondas. En diciembre de 1768, Franz Joseph Laner se hallaba trillando el grano cuando una partida fue a buscarlo. Sospechaban que había dado muerte a un furtivo. A tenor de la sentencia, tal sospecha era infundada; el labrador, empero, fue golpeado con una saña que lo dejó lisiado para siempre. La justicia de la que Hiasl se arrogaba la potestad no requería de tribunal ni de probanza suficiente. Bastaba una delación: el grupo se desplazaba y el castigo precedía a cualquier conato de defensa.

Él mismo conocía el precio de las informaciones. Los magistrados refieren que sobrecogía a los lugareños vaticinando, como si los adivinase, movimientos de tropas que sus confidentes le habían revelado. Se le atribuía invulnerabilidad; se ensalzaba su puntería. En las aldeas donde se temía a los agentes del señorío, semejante fama podía recibirse como un amparo. En aquellas donde había dejado a un herido, cobraba un cariz harto distinto. Un mismo rumor viajaba de alquería en alquería mudando de sentido según el oído que lo acogiese.

La guerra de las tabernas

Las tabernas servían de parada, de punto de encuentro y, en ocasiones, de campo de batalla. Un guardia forzado a entrar se hallaba de pronto aislado entre hombres armados. Un tabernero guarecido en la bodega sentía crujir su salón destrozado sobre su cabeza. En Buchloe, la cuadrilla provocó a la guardia y abrió fuego contra la sede de las autoridades. En aquellos confines donde todos sabían a quién servía cada cual, vestir uniforme o desempeñar un oficio bastaba para ser señalado.

En Kellmünz, según los hechos consignados en el fallo, Hiasl aguardó a una patrulla cuya llegada le había sido advertida, en vez de emprender la fuga. El lance segó la vida de varios soldados. Más adelante, en Oberelchingen, la tropa intentó sorprender a los facinerosos congregados en la posada de la Corona. El primer tiroteo abatió a un soldado e hirió a otros tantos, de los cuales tres sucumbieron después. Los supervivientes de la banda lograron huir. Al día siguiente, su camino los conducía hacia una nueva víctima: un cazador de Holzschwang a quien despojaron de cuanto llevaba.

Las autoridades veían crecer el número de caídos en cada tentativa de captura sin lograr echar mano al prófugo. Bandos y requisitorias se multiplicaban; las lealtades clandestinas continuaban alertando a la cuadrilla. El miedo operaba a su favor con tanta eficacia como la adhesión. Quien denegaba el auxilio exigido se exponía a represalias; quien hablaba arriesgaba ver regresar a los hombres cuyo rastro había delatado.

Tres días después del asalto de Täfertingen, un oficial de Agawang, Franz Schleißheimer, fue sacado a rastras de una taberna y escarnecido en el camino de la aldea. Varios vecinos mediaron para sustraerlo a los golpes. Hiasl se revolvió entonces contra ellos y contra el párroco; la rectoral encajó disparos y destrozos. La escena quiebra el reparto maniqueo de los papeles: los aldeanos ya no resguardaban al proscrito frente al poder, sino que amparaban a la víctima frente al proscrito. La piedad no había cambiado de naturaleza; había mudado de destinatario.

Osterzell, la última posta

El 14 de enero de 1771, un contingente de soldados y monteros logró cercar a Hiasl y a los suyos en la taberna de Osterzell. Aquella vez, ni los avisos, ni la concentración de efectivos, ni la hora elegida favorecieron a los perseguidos. La resistencia se prolongó durante horas. Hubo muertos entre los asaltantes y entre las filas de la partida. Al término del combate, Klostermayr fue capturado con vida y conducido al engranaje judicial cuyos ministros tanto tiempo había burlado.

En Dillingen, sus correrías quedaron reducidas a sumario. Los parajes desfilaron por los interrogatorios; los careos confrontaron testimonios y confesiones. El texto promulgado por la autoridad asevera fundamentarse en sus declaraciones y en juramentos testificales. Le reprocha, al unísono, haber intentado mitigar su culpa: los descargos del acusado apenas perviven bajo el velo del desdén con que los jueces los desestimaron. Conocemos con harta mayor precisión los cargos que retuvieron en su contra que los términos exactos en que pretendió defenderse.

El balance final arrojó doce robos con violencia, ocho quebrantamientos de la paz pública y nueve homicidios. Este cómputo no entrañaba que hubiese asestado personalmente cada golpe: la responsabilidad del cabecilla, las violencias colectivas y la participación en las refriegas se imbricaban en la acusación. Mas la justicia de Dillingen juzgaba a alguien muy distinto de un simple cazador furtivo. Los guardas desarmados, los labriegos amenazados y los soldados muertos pesaban ya más que las crónicas sobre la caza restituida a los campesinos.

La sentencia se ejecutó el 6 de septiembre de 1771. Prescribía el suplicio de la rueda y la exposición de los restos del ajusticiado en los caminos reales. El poder pretendía perseguir tras la muerte a quien se le había escurrido en vida: a los caminantes que habían temido u oído su nombre, les imponía el espectáculo de su aniquilación. Tal desenlace pretendía clausurar la causa; no hizo sino alimentar otra historia: la del rebelde aplastado por un poder implacable.

Las canciones preservaron al montero intrépido. Los pliegos de cordel le inventaron nuevas hazañas. Entre la figura admirable que anhelaba parte del pueblo y el monstruo sin atenuantes que perfilaba el veredicto, las víctimas ordinarias corrían el peligro de desvanecerse por segunda vez. Basta con regresar a la casa de Täfertingen para reencontrarlas: una mujer tiende la mano hacia el dinero expoliado, y las bocas de fuego se vuelven contra ella. En ese instante preciso, ninguna gloria venidera del bandolero acude en su socorro.

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novela corta

La parte de la res

Un campesino ficticio que suministra víveres a unos furtivos descubre que estos planean escarmentar al guarda forestal a quien su propia hija debe la vida.

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novela

La taberna de Osterzell

Durante el asedio a una partida armada, un tabernero debe poner a salvo a sus criados mientras prófugos y soldados exigen por igual su sumisión.

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trilogía

Los caminos de Hiasl

Una saga familiar de músicos a lo largo de tres generaciones: el abuelo canta a un rebelde vivo, la hija se topa con sus víctimas y el nieto comercia con su leyenda.

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Lectura íntegra del alegato y de la sentencia impresos en Dillingen en 1771, Urgicht und Urtheil, de doce páginas, en su transcripción cotejada en Wikisource. La relación de violencias y las responsabilidades atribuidas al cabecilla proceden de esta publicación oficial; no se asume, empero, su retórica de monstruosidad ejemplarizante. Las supuestas confesiones se conocen a través de dicho impreso y no mediante acta notarial directa de los interrogatorios. Se consultó asimismo la semblanza de Hans Jürgen Rieckenberg (Neue Deutsche Biographie, 1980) para reconstruir los inicios y la fortuna literaria del personaje. El relato no inventa testigos ni parlamentos; tampoco asevera las modalidades accesorias de ejecución consignadas por tradiciones orales posteriores.

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