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Bandidos y caminos reales · Italia

El rey que solo tenía caminos

Angelo Duca entra en las aldeas entre aclamaciones mientras los soldados le pisan los talones. Tras la leyenda del bandolero generoso, las extorsiones, los combates y una traición conducen a una ejecución sin el juicio esperado.

En Rionero, el bandolero entró como un personaje al que se aguardaba. Su caballo lucía cintas de colores; a su alrededor, la multitud se agolpaba para estrecharle la mano, abrazarlo, acogerlo. Pasquale Fortunato, que residía allí y habría de relatar sus andanzas sin escatimarle reproches, contempló aquel espectáculo con un estupor del que su poema guardó memoria. El hombre perseguido por las autoridades hallaba a plena luz del día lo que a tantas personas honradas les costaba alcanzar: viandas generosas, amigos numerosos y la certeza de ser bien recibido.

Se llamaba Angelo Duca. Le decían Angiolillo. Por los caminos de la Basilicata, aquel diminutivo familiar bastaba para hacer abrir una bolsa o una puerta; en ocasiones, ambas cosas. Todavía no era el nombre de un cantar de gesta. Era el de un hombre armado.

Un disparo en el origen

Procedía de San Gregorio Magno, en las tierras montaraces de Salerno. Nacido en 1734, según la partida admitida por Benedetto Croce, había vivido largo tiempo del trabajo del campo antes de convertirse en prófugo. Nada en su infancia presagiaba fatalmente lo venidero; los relatos que le atribuyeron desde la cuna el ascendiente de un cabecilla fueron urdidos después de que este hiciera propicios tales augurios.

En el origen de su ruptura con la ley, las distintas versiones sitúan una disputa en las tierras del duque de Martina. Un sobrino suyo habría llevado a pacer ganado donde no debía; un guarda lo habría maltratado; Angelo habría intervenido disparando su arma. El caballo del guarda resultó herido. Acerca del agresor inicial y de las circunstancias exactas, las tradiciones difieren. Subsiste, empero, ese tránsito brusco de un litigio de pastos a un lance donde quedaba comprometida la autoridad de un gran hacendado.

Angelo no compareció ante la justicia. Las montañas que tan bien conocía le ofrecieron otro amparo. Se unió a los hombres de Tommaso Preda y pronto asumió un papel preponderante en la cuadrilla. Su carrera de bandolero parece haber comenzado hacia 1782 o 1783: fue breve. La fama, que viaja más aprisa que los rebaños, no tardó en conferirle las dimensiones de un largo reinado.

La partida contaba con una veintena de hombres antes que con un ejército. Costantino Rocco aportaba su experiencia; Giuseppe Russo, llamado Peppe, su violencia; otros procedían de las aldeas comarcanas. Recorrían un territorio cuyos desniveles, distancias y escasos caminos reales complicaban la vigilancia. Para la tropa lanzada en su persecución, descubrir dónde habían pernoctado no bastaba: era preciso llegar antes del aviso que les enviaba cualquier vecino.

La cortesía de la escopeta

Angiolillo sabía exigir el dinero guardando las formas. Las cartas de rescate excusaban a veces la necesidad de una emboscada; una firma bien conocida hacía el oficio de un hombre apostado en la encrucijada. El propio Fortunato recibió una petición de cuatrocientos ducados. Se las ingenió para no pagar. El futuro cronista del forajido tuvo así ocasión de formarse un juicio propio sobre su generosidad.

Pues aquel dinero mudaba de sentido según las manos por las que pasaba. Arrebatado al terrateniente, sustentaba a los compañeros; repartido entre los desvalidos, se trocaba en merced; entregado a una institución religiosa, en ofrenda. Relatos de la época y tradiciones locales le atribuyen compras de grano para los menesterosos, socorros para doncellas sin dote y amparo frente a ciertos desmanes. La exactitud de tales anécdotas no siempre puede comprobarse, pero su concordancia explica buena parte de su predicamento. Quienes recibían no contemplaban necesariamente el mismo hecho que quienes se habían visto compelidos a entregar sus caudales.

El dinero mantenía asimismo una hospitalidad muy tangible. En el monasterio de San Michele, cerca de Rionero, los forajidos hallaban mesa y reposo. Angiolillo encargaba ropas, hacía oficiar misas y recibía a curiosos y allegados. Las cintas de su montura pregonaban casi una pequeña corte. El apodo de rey de los campos le venía de suyo: no poseía palacio duradero, pero disponía de los caminos que conducían a las casas.

Semejante fervor popular no abolía, con todo, la violencia. En Muro, sus hombres secuestraron y dieron muerte a un esbirro llamado Ciulietto. En Montemarano, Giovanni Gallo quiso cobrarse venganza de un anciano médico, Giuseppe Ioni. En la relación transmitida por Fortunato, Angiolillo propuso primero una extorsión, pero luego dejó obrar a su camarada. El médico fue abatido a tiros; sus allegados hubieron de aguardar la partida de los hombres armados para recuperar el cadáver. El cantar del protector de los débiles se aviene mal con este episodio. Y, sin embargo, pertenece al mismo legajo.

Los soldados y las aldeas

La persecución cobró al principio los tintes de una sucesión de contratiempos. Cerca de Bella, el teniente Giacomo Lupo marchó con sus hombres hacia un refugio delatado. Angiolillo había sido advertido; sus compañeros tomaron posiciones tras los árboles y los accidentes del terreno. Lupo cayó herido y su tropa hubo de retroceder. El informe que debía guiar a los soldados hasta el bandolero los había llevado de lleno a la línea de tiro de este.

En Calitri, la partida llevó la iniciativa. Varios fusileros fueron desarmados en mitad de su yantar; se trabó luego un combate junto a su cuartel. Hubo muertos y heridos en ambos bandos, y los bandidos se retiraron cargando con uno de los suyos. El suceso fue plasmado más tarde en un estandarte donde Angiolillo figuraba como un caudillo victorioso. La pintura ofrecía una ventaja de la que carecía la refriega: permitía decretar para siempre quién batía en retirada.

El poder acabó por transformar su táctica de acoso. El juez Vincenzo Paternò, llegado de Nápoles, acopió los informes y coordinó los destacamentos. Se apostaron guardias en los caminos y se vigilaron los parajes frecuentados. Lo que varias patrullas dispersas habían intentado sin concierto se transformó en una tenaza constante. El forajido aún lograba desbaratar una celada, pero cada vez le resultaba más penoso asegurarse, tras cada huida, una semana de sosiego.

Los lances desgastaron a la cuadrilla. Un sobrino de Angiolillo pereció cerca de Lucera; Peppe Russo cayó enfermo. Durante un nuevo choque, Angelo sufrió una herida en el pulgar. En adelante le era forzoso cuidar de un compañero postrado y atender su propia mano. La comarca donde parecía reinar a sus anchas se encogía hasta el angosto espacio de una estancia donde cobrar fuerzas.

El último escondrijo

Ambos hombres buscaron asilo en un convento de Muro. Un compañero, Ciccio Zuccarino, reveló su paradero tras asegurarse promesas de indulto. Fortunato atribuye la traición a una disputa de juego y a una humillación; semejante móvil otorga a la caída la mezquindad cotidiana de tantos desastres. El gobierno ansiaba un triunfo, el delator una salida para su propia existencia: sus conveniencias vinieron a coincidir ante la misma puerta.

La soldadesca cercó el edificio. La crónica antigua describe a los fugitivos ocultos bajo el tejado, a los frailes encañonados y el posterior empleo del fuego para obligarlos a salir. Russo fue apresado. Angelo logró encaramarse a las techumbres e intentó aún ganar la huida; reconocido junto a un canalón de desagüe, fue alcanzado y aherrojado. Los pormenores de esta captura nos llegan a través de relatos que dramatizan de buen grado el postrer esfuerzo del héroe. Su desenlace, en cambio, no suscita duda alguna: los dos hombres quedaron en manos de la justicia.

Fueron trasladados a Salerno. Todo parecía indicar que se abriría una causa; se emprendieron gestiones para que la defensa pudiera ser oída. La relación diplomática sarda citada por Croce da fe de esa expectativa y de las súplicas elevadas al monarca. Muestra asimismo por qué la popularidad de Angiolillo, hasta entonces su mejor coraza, se trocaba ahora en una amenaza temible: una vista pública podía brindarle un nuevo estrado.

Una orden real zanjó la cuestión hurtándole el proceso esperado. Angelo Duca fue ahorcado en 1784; el cadáver de Russo, fallecido entretanto en prisión, fue asimismo expuesto en el patíbulo. Los despojos fueron descuartizados y remitidos a los parajes donde la partida había impuesto su ley. El poder restituía los caminos al rey sembrándolos con los restos de quien se había proclamado su señor.

Las gentes, sin embargo, no lo olvidaron. Corrieron las coplas, se abultaron las hazañas y las violencias incómodas fueron cayendo en sordina. Muy pronto no quedó en muchas memorias sino la estampa de un varón generoso hostigado por los poderosos. Pero junto al nombre de Angiolillo perduran también el del médico de Montemarano, los de los soldados caídos y los de cuantos se vieron forzados a pagar. El cantar había encontrado a su héroe; el proceso judicial, por su parte, conservaba múltiples voces.

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Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

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El estandarte de Calitri

Una novela corta que pondría en boca de un pintor ficticio el encargo de una victoria: un herido le exigiría retratar en el lienzo a aquel a quien el cabecilla pretende borrar de la memoria.

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El precio del perdón

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

La principal fuente consultada es el estudio de Benedetto Croce, Angiolillo, publicado en 1892: pasajes biográficos, composición y métodos de la partida, combates, persecución y captura, ejecución y primeras tradiciones orales. Croce cita en su obra el poema coetáneo de Pasquale Fortunato, las memorias recogidas por Bartels en 1786 y una relación diplomática sarda. Dichos testimonios no han sido examinados en sus manuscritos originales. Sus pasajes legendarios quedan advertidos y no se asumen los juicios benévolos de Croce respecto a los actos de violencia. Se adopta el año 1784; dado que Croce no pudo precisar el día del fallecimiento, no se consigna aquí. La reyerta inicial y ciertos detalles del apresamiento dependen de narraciones discrepantes. No se ha inventado ningún diálogo.

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