El comerciante se negó a vender sus caballos. Jasper Hanebuth había ofrecido un precio tan irrisorio que la compra semejaba ya una confiscación; ante la negativa, anunció que a la mañana siguiente las bestias ya no pertenecerían a su dueño. Amenazó asimismo a la esposa: la casa bien podría arder, y con ella cuanto albergaba. En esta ocasión, las palabras toparon con alguien que no estaba dispuesto a esperar su cumplimiento.
Medefeld, el comerciante, interpuso una querella ante el concejo de Hannover. El 14 de noviembre de 1652, Hanebuth fue arrestado. La relación publicada en el siglo XIX por Rudolf Hartmann otorga a esta denuncia un papel decisivo. El hombre a quien se acabaría imputando diecinueve asesinatos no fue apresado tras una gran batida por los bosques. Era bien conocido en la ciudad; a ella acudía, en ella vendía y en ella bebía. Una amenaza vertida sobre unos caballos transformó aquella presencia familiar en la ocasión propicia para prenderlo.
Un hombre que volvía para vender
Hanebuth era oriundo de Groß-Buchholz, cerca de Hannover. La guerra de los Treinta Años había atravesado su existencia. Las antiguas crónicas lo sitúan sirviendo entre la soldadesca y entrelazan sus desplazamientos militares con una sucesión de violencias cuya cronología no siempre resulta fácil de fijar. Con la paz, no emergía, pues, de una tierra remota: los contornos de la ciudad, los caminos y las aldeas le eran familiares.
Se dedicaba al comercio de caballos. Entre un animal conducido al mercado y el relato que su vendedor ofrece sobre su procedencia, se abre un espacio propicio para disimular el robo. Hanebuth frecuentaba las casas de Hannover, ofrecía cabalgaduras, hallaba compradores. El botín no permanecía oculto bajo la espesura de los árboles; entraba en el tráfico mercantil ordinario, y semejante circulación exigía menos una guarida legendaria que una serie de transacciones cuyo origen nadie se apresuraba a inquirir.
Los hechos recopilados por Hartmann poseen una aspereza desprovista de toda grandeza. Cerca de Celle, un mercader llegado de Uelzen habría sido asesinado por una prenda de seda y unos pocos táleros. En otro paraje, un hombre que vestía un buen traje fue abatido de un disparo; las ropas despojadas resultaron estar tan infestadas de parásitos que el homicida no obtuvo de ellas la ganancia esperada. En este último lance, el fracaso del robo no atenúa la muerte: vuelve su móvil todavía más desolador.
Estos episodios proceden de la tradición judicial recogida por el historiador. En ella, las víctimas comparecen a menudo bajo la designación de un oficio, un origen o un simple objeto, a falta de un nombre conservado en las actas. El buhonero se convierte en aquel que llevaba unas monedas; el soldado, en aquel cuyo atuendo se codiciaba. Una vida entera queda así reducida, tras el crimen, a aquello que el homicida había esperado arrebatarle.
Los caminos de la venta
Hanebuth no actuaba siempre en solitario. Hans Stille y otros individuos figuran a su lado en diversas causas. Hartmann refiere, en particular, el asesinato de un compinche cuyas indiscreciones temían. En el reparto de los peligros como en el de las ganancias, aquel que sabía demasiado podía convertirse a su vez en aquel de quien convenía deshacerse. La violencia no se detenía en las lindes del grupo.
En 1647, un trompeta que se dirigía hacia Burgdorf habría sido muerto en el bosque de Misburg. Los asaltantes se apoderaron de su arma y de su sayo, en cuyo interior se hallaba un recibo, para luego arrojar el cadáver a una zanja. Al año siguiente, dos soldados fueron apartados del camino hacia la maleza y despojados de sus vestiduras tras ser degollados. No portaban dinero alguno. Del beneficio pretendido no quedó, pues, más que lo que aquellos hombres llevaban sobre sus espaldas.
Otro episodio afectó a un vivandero y a su mozo, cerca de List. Los caballos sustraídos fueron guardados, según Hartmann, durante varios días en una casa de Hannover antes de su venta. El detalle reviste importancia: confiere a la huida una dirección concreta, al botín un tiempo de estancia y a las operaciones un vínculo con los vecinos. Mientras un cuerpo yacía apartado en el olvido, los animales robados podían ser examinados y negociados como en cualquier otra transacción mercantil.
En 1651, un pastor habría sido obligado a descender a una hondonada, cerca de Seelze, antes de ser ejecutado. La crónica menciona nueve groschen y un lienzo de tela como botín. Esta última presa guardaba escasa proporción con el aura de un hombre a quien la leyenda pretendió entronizar en el bosque con la potestad de un soberano. El menguado valor de los enseres no mitigaba los actos; mostraba en qué podía convertirse un caminante cuando quien salía a su encuentro ya no veía en él más que sus faltriqueras y su fardo.
Hartmann vincula la prolongada impunidad de Hanebuth a los hábitos de violencia arraigados por la guerra y al silencio de cuantos le temían. Su explicación pertenece al juicio del historiador; no permite desentrañar lo que cada vecino sabía en verdad. La querella de Medefeld supuso, cuando menos, una quiebra tangible. Un hombre señalado, una amenaza concreta y una diligencia ante el concejo ponían en adelante a Hanebuth en manos de la justicia.
Lo que confesó
Los interrogatorios hicieron aflorar hechos de mucha mayor gravedad que la bravata inicial. Hartmann contabiliza cinco sesiones y precisa que la segunda tuvo lugar en la sala de tormento. Describe el recurso al pavor del suplicio para impedir, según el léxico de los magistrados, que el reo persistiera en sus negativas. Las confesiones que arrojó la causa deben contemplarse siempre al trasluz de tales métodos. La cifra de diecinueve muertes es la que se retuvo en su contra; no se convierte, por su sola reiteración, en diecinueve expedientes esclarecidos con idéntico rigor.
La relación le atribuye incluso dificultades para recordar la totalidad de sus desmanes. Los jueces solicitaron dictámenes jurídicos a tres facultades antes de decantarse por el suplicio de la rueda. La instrucción había transformado, de este modo, un arresto local en un proceso de gran envergadura, cuyos autos y consultas debían cimentar un castigo irrevocable.
Entretanto, el recluso padecía frío. Las cuentas municipales reproducidas por August Jugler conservan una partida con fecha del 22 de diciembre de 1652: le fueron entregadas unas medias a causa de la rigurosa helada. Otros asientos consignan una camisa de noche de lienzo y paja para su yacija. El reo cuyos crímenes se sustanciaban seguía siendo también, para la ciudad que lo custodiaba, un cuerpo al que era preciso vestir y mantener con vida hasta el pronunciamiento del fallo.
El 4 de febrero de 1653 se ejecutó la sentencia extramuros de la puerta de Steintor. El tribunal se había reunido bajo los soportales de la casa consistorial; acto seguido, el condenado fue conducido al cadalso. Se le había concedido vino, cuyo gasto registran los libros para una sopa y durante el trayecto. En ellos consta asimismo el pago de la rueda.
Consumada la ejecución, los jueces, magistrados y pastores recibieron las raciones de vino prescritas por la costumbre. En el mismo libro mayor, la paja del recluso, las medias concedidas por piedad y el instrumento de suplicio encontraban, cada cual, su precio exacto. La ciudad podía saldar aquellos desembolsos. Lo que no podía liquidar de igual modo eran las ausencias sembradas en los caminos, ni restituir el nombre a cuantos la crónica ya solo designaba por un sayo, un recibo o unas míseras monedas.
