Ir al contenido
Maison BeaulieuMAISON BEAULIEUAB ÉDITIONS · GASTRONOMÍA Y ARCHIVOS HISTÓRICOS
Bandidos y caminos reales · Italia

Dieciocho ahorcados en el camino de los peregrinos

El asalto a un embajador francés cerca de Viterbo desata una cacería de bandoleros. En Roma, dieciocho ejecuciones aúnan diversas causas judiciales, al tiempo que un edicto castiga colectivamente a los corsos.

Las horcas se desplomaron junto con los ajusticiados. En el puente de Sant'Angelo, en Roma, hubo que enderezar maderos y cadáveres para que los cardenales, de regreso del palacio, contemplasen el castigo en el riguroso orden dispuesto de antemano. Johannes Burckardt anota el lance con fecha del 27 de mayo de 1500, víspera de la Ascensión. Dieciocho hombres habían sido apostados a ambos lados del paso: nueve a la diestra, nueve a la siniestra. Semejante estampa pretendía demostrar que la ciudad sabía guardar a sus forasteros. Pocos días antes, unos bandoleros le habían procurado, al despojar a un embajador del rey de Francia, una razón harto enojosa para probarlo.

El viajero que encarnaba a un rey

En aquel año de jubileo, las sendas de Roma congregaban a peregrinos, pero asimismo a mercaderes, criados y legados con encomiendas de orden harto menos espiritual. La promesa del perdón plenario no aligeraba los fardos de viaje ni desarmaba a quienes acechaban el paso de las comitivas. Ya en febrero, una bula pontificia había conminado a asegurar calzadas y mesones. Las justicias locales debían velar por los parajes, atajar las celadas y responder de los perjuicios siempre que su descuido diera pie al expolio de los caminantes.

El documento transcrito por Burckardt no se contenta con exhortar a la alerta. Advierte de forma explícita a gobernadores, magnates y concejos: el agravio inferido a los viandantes les será imputado en persona y se les demandará la debida satisfacción económica. La seguridad mudaba así en una obligación civil que ascendía desde la polvareda del sendero hasta los detentadores del señorío. Ya no bastaba escudarse en la condición huidiza de los ladrones. Quien gobernase la tierra por donde medraban quedaba forzado a contribuir a su captura, so pena de ver resentidos sus propios caudales.

El 12 de mayo, René d'Agrimont, embajador de la corte de Francia, se aproximaba a Roma escoltado por sus criados, sus recuas y una comitiva ecuestre. En la comarca de Viterbo, fue asaltado por cuadrillas armadas. Burckardt cifra a los salteadores en veintidós hombres; un despacho florentino daría cuenta de una tropa aún más crecida. Difieren los testimonios en el número, mas el saldo fue incontrovertible: se desvanecieron dineros, arreos y cabalgaduras, mientras dos miembros del cortejo caían malheridos. Al digno representante de una corona se le había tratado como a cualquier transeúnte cuya bolsa supera con creces el porte de su escolta.

El despacho de Antonio Malegonnelle, remitido a Florencia e impreso por el transcriptor del diario, añade un pormenor que tornaba el asalto todavía más turbio. Al parecer, los atacantes invitaron a los caminantes italianos a proseguir su marcha, señalándoles que aquel lance nada tenía que ver con ellos. Las expresiones referidas insinúan una elección deliberada de la presa; no dilucidan quién pudo haber tramado el golpe. Empero, vedaban la posibilidad de despachar el delito, sin más trámite, como el lance ciego y fortuito entre un convoy acaudalado y unos cuantos forajidos hambrientos.

Quince cautivos para limpiar una afrenta

El embajador hizo su entrada en Roma a la jornada siguiente, privado del aparato y el fausto convenientes. Alejandro VI no demoró su cólera. Destacó de inmediato al bargello extramuros y mandó emplazamientos perentorios a cuantos detentaban términos donde pudiesen guarecerse los agresores. Fue apremiado en particular Fabrizio Colonna. Conforme a las notas de Burckardt, varios de los facinerosos procedían de feudos sujetos a su vara señorial; el pontífice exigía que los encausados fuesen conducidos a Roma. Quince sospechosos fueron puestos a buen recaudo y remitidos a la capital.

A ojos de un salteador de caminos, la raya divisoria de una jurisdicción representa un sagrado amparo. A ojos de quien le da caza, deviene un requerimiento dirigido a un señor, un mandamiento por hacer valer, una carga política que imponer. La correspondencia febril cruzada tras el asalto revela con nitidez esta geografía del mando. La justicia no marchaba sólo tras el rastro de las herraduras; debía alcanzar a individuos amparados por el aislamiento montaraz, por la complicidad comarcal o por las calculadas vacilaciones de quienes allí dictaban ley.

El rumor público, en cambio, salvaba sin dificultad los lindes de los fueros. Se culpaba de consuno a desterrados de Todi, a vecinos de Viterbo, a gentes corsas y a secuaces afines a los Colonna. Malegonnelle desglosa tales sospechas sin dejar de prevenir que la autoría distaba de fijarse en una sola facción reconocible. Repara asimismo en el destino que fue tomando el botín y en los recelos consecuentes. Entre tanto, las detenciones iniciales procuraban al gobierno curial la ocasión de exhibir bien pronto un escarmiento ante la opinión pública.

Semejante desenlace rebasaría con mucho la suerte de los reos encadenados. El 24 de mayo se hizo pregonar un bando implacable contra los corsos avecindados en tierras de la Iglesia. Varones y hembras, ordenados y seglares recibían orden perentoria de marchar con sus casas en el plazo fatal de diez días. El tenor literal de la ordenanza confundía a una comunidad entera con la amenaza atribuida a un puñado de sus miembros. La persecución de un robo de caminos mutaba en una expatriación forzosa y general, acompañada de secuestro de bienes, penas aflictivas y albricias prometidas a delatores o a quienes redujeran a los remisos.

A los señores y a los cabildos se les prohibió terminantemente brindarles acogida. Los patrones de naves quedaron asimismo sujetos al entredicho; las escasas excepciones mercantiles demandaban asiento registral y estrecho escrutinio. Se advierte en aquellas prolijas disposiciones la firme voluntad de clausurar, paso por paso, cualquier salida: la calzada, la aldea solariega, el techo tutelar y, por último, la carena de la barca. El pillaje brindaba el pretexto inmediato. Quienes se veían forzados a malvender su ajuar y desamparar sus lares jamás habían comparecido ante un juez por el asalto del diplomático.

El galeno entre los dieciocho

Tres jornadas después de promulgado el edicto, dieciocho hombres pendían de la cuerda al filo del mediodía. Burckardt vincula a trece de ellos a la gavilla que esquilmó al francés. Los cinco restantes procedían de causas ajenas. Cuatro apenas merecen en su crónica una somera mención de sus latrocinios. El último, por contra, despierta la viva curiosidad del cronista en razón de su estado: ejercía de médico y cirujano en el hospital de San Juan de Letrán.

El prelado le acusa de salir al alba pertrechado con una ballesta, con sayo corto, para dar muerte y despojar a cuantos viandantes pudiera acometer con ventaja. El sobrecogedor contraste entre su ministerio de salud y los actos que se le achacan basta para conferir al personaje un perfil ominoso. Un hombre llamado al socorro de los cuerpos habría tramado sus rondas matinales al acecho de almas que desvalijar. Mas Burckardt no aporta en este punto gracia ni apellido, ni sumario de declaraciones, ni autos detallados de su captura. La estampa es nítida; la causa judicial permanece oculta a nuestros ojos.

El diarista recoge todavía una imputación más tétrica, que introduce expresamente a título de especie vulgar. Afirmábase que el confesor del hospital avisaba al facultativo cuando algún doliente confesaba tener hacienda oculta; una pócima dispuesta para precipitar el tránsito habría servido seguidamente para que ambos cómplices partiesen los caudales. Semejante relato muda el sacramento de la penitencia y la medicina en un lazo de muerte. Corrían tales voces por Roma. Su mención en el diario basta para atestiguar el eco de la infamia, mas no para dar por probada la siniestra conjura ni para suplir conjeturalmente los nombres o los lamentos de sus supuestas víctimas.

En el puente, no obstante, las fronteras entre las distintas causas quedaron abolidas. El galeno, los salteadores capturados a raíz de la afrenta regia y los otros cuatro sentenciados compartieron una misma arquitectura de escarnio. La rigurosa simetría de los nueve cuerpos a cada lado convertía procesos de diversa índole en una única demostración de soberanía. Poco proclamaba de lo ventilado en las vistas y mucho de lo que convenía grabar en el ánimo de la muchedumbre: la potestad castigaba con mano de hierro, y los caminos hallaban por fin sus muertos aleccionadores.

Restituir el teatro

De pronto, las traviesas no soportaron el peso. El cronista no se demora en consignar los clamores ni los ademanes del gentío congregado; da cuenta escueta del desplome y del pronto alzamiento de las horcas con sus cuerpos ajusticiados. Ante los ojos de los purpurados que regresasen de San Pedro, la totalidad de los reos debía presentarse debidamente suspendida. El percance técnico amenazaba quebrar la lección pública. Hubo de aderezarse el tinglado sin tardanza.

Burckardt reanuda acto seguido el minucioso registro ceremonial: las vísperas, una visita de protocolo, la solemnidad del día siguiente. La frialdad de esta ilación estremece. Lo que para dieciocho desdichados clausuraba cualquier destino terrenal se reduce, en la pluma de un maestro de ceremonias pontificio, a una jornada más del calendario, con su tropiezo material hábilmente subsanado antes del desfile de los príncipes de la Iglesia. El robo en los confines de Viterbo había ultrajado a Roma; los patíbulos debían restaurar su crédito temporal. Entre ambos hitos, los heridos del séquito, los galeotes y las familias condenadas al destierro habían sufrido unos quebrantos que el orden geométrico del puente era incapaz de suturar.

La marcha hacia la Ciudad Santa no se interrumpió. Los peregrinos que arribaban a las cercanías de San Pedro topaban a partir de entonces con el testimonio más palpable de la seguridad que se les prometía. A ellos les tocaba, en adelante, desfilar entre los muertos.

De este caso podría nacer un libro

Ayúdenos a elegir nuestro próximo libro

Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

novela corta

El caballo ausente

Una novela corta seguiría a un mozo de cuadras ficticio que reconoce la montura robada a un embajador en el patio de un comisionado encargado de prender a los ladrones.

Cargando votos…

novela

Los diez días de Roma

Una novela recrearía el plazo de expulsión sufrido por una familia corsa inventada: para enajenar su casa y dar con el paradero de un hijo desaparecido, deberá plantar cara a quienes medran con su ruina.

Cargando votos…

trilogía

Los caminos del jubileo

Tres volúmenes acompañarían a una estirpe ficticia de venteros entre romerías sagradas, guerras de Italia y negocios diplomáticos, cuando el rastro de un botín compromete mucho más que la codicia de una cuadrilla de forajidos.

Cargando votos…

Un voto por caso en este navegador, modificable en cualquier momento. Los proyectos más apoyados orientarán nuestras próximas ediciones. Cómo se conservan sus votos.

Ver los demás proyectos en el Salón →
El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

Las noticias y documentos de Johannes Burckardt han sido consultados en el tomo III del Diarium, edición de Louis Thuasne, 1885: páginas 16–18 en lo tocante a la salvaguarda de los peregrinos, página 39 sobre el asalto del 12 de mayo y las capturas consiguientes, páginas 42–45 sobre el edicto y las ejecuciones, así como el despacho de Malegonnelle transcrito en nota a la página 45. El diario constituye un testimonio de corte contemporáneo a los hechos, no el sumario judicial estricto. Consigna veintidós asaltantes, quince presos y trece ejecutados por el asalto diplomático de entre los dieciocho ajusticiados; las restantes causas aparecen diferenciadas. La imputación contra el médico y el confesor se introduce explícitamente a título de rumor en el texto latino. No se ha fabulado nombre alguno que faltase, ni diálogos, interrogatorios o sentencias pormenorizadas. El bando de expulsión colectiva se expone sin refrendar sus acusaciones como una caracterización intrínseca de la comunidad corsa.

← Todos los 1.003 casos del Gabinete