Se había situado lo bastante cerca como para ver sin instrumento alguno; sin embargo, alzó sus gemelos. El viajero quería mirar con atención, no perderse nada de algo que consideraba un deber presenciar al menos una vez. Luego, sus manos comenzaron a temblar. Ante él, un hombre se negaba a tumbarse sobre la máquina que iba a quitarle la vida. La curiosidad había conducido a Lord Byron a la plaza del Popolo, en Roma, el 19 de mayo de 1817. No le había enseñado qué haría con lo que estaba a punto de ver.
Tres condenados debían morir aquel día: Giovanni Francesco Trani, Felice Rocchi y Felice De Simoni. En las notas del verdugo Giovanni Battista Bugatti, sus nombres se suceden bajo los números 195, 196 y 197. Una sola mención los congrega: decapitados en el Popolo por homicidios y robos a mano armada. La línea consigna el lugar, el día, la pena y la calificación jurídica de los delitos. No refiere los asaltos, ni las víctimas, ni las fases que condujeron a los tres hombres ante la justicia.
Los nombres y los rostros
Al otro extremo de aquella mañana habría una carta. Byron la escribiría a su editor John Murray, desde Venecia, el 30 de mayo. Entre el asiento burocrático del verdugo y el relato íntimo del viajero, las mismas muertes recibirían dos existencias radicalmente distintas. Bugatti preservaba sus nombres prescindiendo de sus gestos. Byron preservaba los gestos sin nombrar a quienes los consumaban. Así se forja a veces la memoria de una causa: un documento sabe quién, otro sabe cómo, y ninguno nos devuelve la totalidad de una vida.
El proceso había concluido cuando llegó el poeta. La plaza no le ofrecía una reanudación del juicio; mostraba su resultado. No podía examinar las pruebas con arreglo a las cuales los jueces habían dictado sentencia, interrogar a un testigo del crimen ni escuchar a la defensa. Aquellos a quienes él llama ladrones se presentaban ya con la condena adherida a sus personas. Para el espectador, todo lo precedente parecía compendiado en esa palabra. Para los hombres conducidos hacia la máquina, todo lo porvenir quedaba contenido en el artefacto.
La distinción importa incluso en los semblantes. La carta no permite determinar con certeza cuál de los tres hombres exteriorizó mayor terror. El orden de un registro custodiado por el verdugo no constituye prueba suficiente del turno de ejecución. Trani, Rocchi y De Simoni tenían cada uno un nombre; en el recuerdo de Byron se convierten en el primero, el segundo y el tercero. La cifra, sin embargo, muda de naturaleza: ya no contabiliza el historial de un ejecutor, mide el desgaste de una emoción.
La lentitud del cortejo
Lo que sobrecoge en primer término al viajero es el dispositivo ceremonial. Los religiosos con el rostro cubierto, los condenados con los ojos vendados, el crucifijo sombrío y el estandarte componen en torno al cadalso una estampa que detalla con la precisión de un hombre acostumbrado a poner por escrito cuanto contempla. Los soldados encuadran el conjunto. La procesión avanza con lentitud; la cuchilla, por el contrario, debe caer con suma rapidez. Toda la preparación dilata, pues, el tiempo que el mecanismo pretende abreviar.
El reo que opuso resistencia no quiso tenderse. La narración de Byron no le atribuye frases elocuentes, proclamas políticas ni arrepentimientos compuestos para la concurrencia. Consigna un miedo visible, una rebelión del cuerpo y, más tarde, una dificultad añadida cuando el cuello no se ajustó con facilidad a la abertura. Las exhortaciones del sacerdote adquirieron mayor volumen que los clamores a los que acompañaban. En el mismo espacio convivían las palabras de consuelo y las fuerzas de coerción; la ejecución exigía, al cabo, que el hombre quedase dispuesto en la postura prescrita.
La máquina funcionó. Byron observó un movimiento de repliegue en el último instante y las consecuencias de tal ademán en el golpe. Su insistencia en la presteza del corte no suprime lo que lo antecedió. El tiempo de la cuchilla fue breve; el del pavor había dispuesto de margen suficiente para adueñarse de toda la escena. Para el testigo, ese desajuste devino la experiencia capital: cabía anunciar una muerte fulminante y concederle, con todo, un prolongado preámbulo.
Sintió calor, sed y tembló hasta el extremo de apenas sostener los gemelos. Son los síntomas que él mismo relata, no los que un biógrafo le atribuye a posteriori. La mirada que pretendía señorear la escena se había transformado en un cuerpo subyugado por su propia reacción. Había resuelto asistir al suplicio; no había resuelto el efecto que este causaría en su ánimo. Los gemelos, instrumento de una observación deliberada, delataban ahora esa derrota por su vacilación en la mano.
Luego llegaron los otros dos
Los dos hombres siguientes parecieron más sosegados. La carta no deja entrever qué entrañaba ese sosiego: resignación, entereza, agotamiento o mera disparidad en los movimientos perceptibles. Un rostro menos convulso no autoriza a colegir un sufrimiento menor. Byron describe lo que se ofrece ante su vista. La segunda y la tercera ejecución se desarrollaron sin las mismas trabas aparentes; los tres condenados yacían muertos cuando el ceremonial alcanzó su término.
Mas la mudanza que Byron confiesa con mayor crudeza sobrevino en su propio fuero interno. Las últimas muertes no suscitaron ya el mismo horror. Sintió vergüenza de ello. No sostenía haber empezado a aprobarlas; escribía incluso que los habría salvado de haber estado en su mano. Lo que le inquietaba era la celeridad de la costumbre: escasos minutos habían bastado para que la repetición embotase un estremecimiento que hubiese juzgado duradero.
Tal confidencia vuelve su epístola más perturbadora que cualquier relato en el que el espectador preservase hasta el final una sensibilidad intachable. No se arroga el papel lucido del testigo perpetuamente conmovido. Descubre que aún puede mirar, y que seguir mirando ya no significa sentir lo mismo. La ceremonia, concebida para surtir un efecto ejemplarizante, había engendrado asimismo una rutina. El tercer hombre no tenía menos vida que perder que el primero; la atención del público, sin embargo, podía concederle menos.
Lo que uno se lleva de Roma
Byron compara la guillotina con los métodos de ajusticiamiento ingleses y con otros usos punitivos. Su relativa preferencia por la presteza del mecanismo no constituye un baremo del dolor experimentado por los condenados; habla desde el mirador del testigo, con sus impresiones y los juicios propios de su época. Advierte una eficacia material y reconoce, acto seguido, el espanto de los preparativos. Lo uno no le autoriza a desmentir lo otro.
Abandonó Roma al día siguiente. El viaje prosiguió, y con él las cartas, con sus manuscritos, sus envíos esperados y sus contrariedades editoriales. En la misiva dirigida a Murray, los muertos del Popolo conviven con estas cuitas cotidianas. Semejante vecindad no los torna insignificantes: evidencia cómo un suceso atroz se inserta en una existencia que le sobrevive. El testigo debía aún escribir, viajar, despachar sus negocios. Los hombres del cadalso, en cambio, carecían ya de mañanas que mezclar con el recuerdo.
La posteridad conoce mejor la mano que temblaba sobre los gemelos que los tres nombres asentados en el registro. Su expediente criminal permanece aquí incompleto; su muerte halló un escritor. Por eso conviene nombrarlos una vez más: Giovanni Francesco Trani, Felice Rocchi, Felice De Simoni. El último interrogante que legó aquella mañana no atañe únicamente a la máquina ni al coraje de los ajusticiados. Permanece entre los dedos del espectador, cuando repara en que es capaz, a partir de entonces, de sostener su instrumento con mayor firmeza.
