El 15 de mayo de 1800, el tiro resonó en el instante preciso en que Jorge III asomaba al palco del teatro de Drury Lane. En el foso de la orquesta, Joseph Calkin vio a un hombre que destacaba por encima de los demás, con una pistola apuntando hacia el monarca. Estalló la detonación. Quienes se hallaban cerca se abalanzaron sobre él y lo arrastraron por encima de la balaustrada. Lo condujeron a la sala de música, bajo el escenario. Allí, al ver entrar al duque de York, lo saludó como a un antiguo camarada de armas. Luego le dijo: «Esto aún no es lo peor».
La pistola había sido cargada con postas. Se hallaron dos proyectiles: uno en el palco de lady Milner, situado bajo el del rey, y el otro en la orquesta. El duque de York aseguró que una posta había impactado contra una pilastra, a unos treinta y cinco centímetros por encima de la cabeza del soberano. James Hadfield quedaba ya en manos de la justicia, pero aquellos primeros instantes distaban de esclarecer los motivos de su acción. Había disparado hacia el palco real; en la sala de música, reconocía al príncipe bajo cuyo mando había servido y le hablaba como un soldado.
Seis semanas más tarde, compareció ante el Tribunal del Banco del Rey, acusado de alta traición. El pliego le imputaba haber maquinado la muerte del monarca y pormenorizaba los actos en que dicha intención se habría materializado: proveerse de armas y pólvora, acudir armado al teatro y abrir fuego. La acusación no ponía en duda que el arma se hubiese disparado; le correspondía convencer al jurado de que el gesto respondía a una voluntad criminal, mientras que Thomas Erskine, designado para defender a Hadfield, sostenía que sus facultades mentales estaban profundamente perturbadas.
Los testigos evocaron primero la velada de autos. John Holroyd se había sentado junto a Hadfield en el patio de butacas, tres cuartos de hora antes de la entrada del rey. No lo vio inquietarse ni le oyó hablar de plan alguno. Tan solo había reparado, en su semblante, en las marcas de las heridas recibidas en la guerra. Al llegar el soberano, Holroyd divisó una pistola dirigida hacia el palco, sin llegar a distinguir el rostro de quien la empuñaba. Jeremiah Parkinson, músico de la orquesta, vio a Hadfield de pie sobre un banco, con el brazo extendido, y presenció luego el fogonazo. A su juicio, no habría podido escoger mejor postura para hacer puntería.
Wright, sentado en la primera fila junto a la orquesta, oyó la detonación y agarró a Hadfield por el cuello. Una joven le señaló después el arma caída en el suelo. Elizabeth Ormeston, presente durante la escena, no acertó a decir si el tiro se produjo al primer saludo del rey o al segundo. El pavor había nublado su memoria del instante exacto; recordaba, empero, que Hadfield había arrojado la pistola tras el disparo. Las declaraciones coincidían en el ademán y en la dirección del arma, pero discrepaban en los pormenores del segundo mismo en que se produjo el fuego.
En la estancia situada bajo el escenario, el duque de York reconoció a un antiguo miembro de sus tropas, un hombre que había sido su asistente o servido en su guardia personal, en particular en Famars. Hadfield le manifestó que sabía perdida su vida. Añadió que estaba cansado de vivir y que solo lamentaba el destino de su esposa, que pronto quedaría viuda. Habló de nuevo de lo «peor», que aún estaba por llegar. Sin embargo, Joseph Richardson, presente durante el interrogatorio, refirió otra declaración: Hadfield habría negado haber querido matar al rey, sosteniendo que buscaba morir por otra vía y sabiendo que una tentativa bastaría para llevarlo al cadalso. En el tribunal, la imagen de un hombre sereno o enajenado dependía del testigo que lo describiera y del instante preciso que hubiese observado.
Los preparativos de aquella jornada podían parecer metódicos. William Harman declaró que Hadfield le había mostrado dos pistolas, compradas para su «joven amo», alegando que obtendría un beneficio tras limpiarlas. Había dejado una de ellas en el taller, según dijo, para no atemorizar a su esposa. La otra permanecía en su poder. El señor Dick, empleador de Harman, confirmó la compra y lo encontró sosegado, si bien con un ánimo más sombrío que de costumbre. George Webb recordó haberle vendido una onza de pólvora fina. Sus compañeros Punter y Bagenall lo vieron beber un vaso de coñac con agua antes de marchar a un asunto particular; también ellos lo hallaron dueño de sí. Unos apreciaban una cadena de actos premeditados; otros no acertaban a ver sino la conducta habitual de un hombre al que conocían.
Erskine trasladó el núcleo de la vista hacia los años precedentes. Hadfield había recibido varios sablazos en la cabeza durante una batalla cerca de Lille, en 1794, tras lo cual se le dio por muerto, arguyó su letrado. La defensa vinculaba a aquellas heridas los episodios de desvarío referidos por sus antiguos camaradas. Charles Price, que intentó socorrerlo en combate, relató que en 1796, en Croydon, Hadfield estuvo a punto de atravesarlo con una bayoneta durante un ataque de locura. En Bruselas, en un hospital militar, John Laine lo había oído proclamar que era el rey Jorge y buscar la corona sobre su cabeza.
El abogado desgranó asimismo una lógica aterradora: Hadfield, persuadido de que su muerte era necesaria, habría buscado un modo de perecer que no constituyese un suicidio. Fue Erskine quien afirmó que había intentado matar a su hijo, de ocho meses de edad, impulsado por un delirio que le hacía creer que no debía dejarlo desamparado tras su partida. Esgrimía tal episodio como prueba de su demencia, y no como un cargo de crueldad. Sostenía asimismo que Hadfield guardaba lealtad al monarca; disparar hacia el palco debía acarrear su propia muerte, no saciar un rencor político. Otros testigos de la defensa declararon sobre sus heridas, su conducta pretérita y sus ideas delirantes. La crónica de Borrow menciona a varios médicos convocados para examinar su estado, pero concluye sin reproducir sus dictámenes.
Elizabeth Roberts ofreció uno de los testimonios más minuciosos acerca de sus visiones. Había visto a Hadfield hablar unas veces como un príncipe y otras como Jesucristo o Dios. La mañana del atentado, afirmaba haber visto a Dios durante la noche; su carruaje estaba dispuesto y había cenado con el rey. Hablaba de partir de nuevo a combatir a los franceses y ensalzaba al soberano, a quien atribuía su pensión militar. Deseaba ir a tomar el té y reunirse con un club de Odd Fellows. Su esposa había alentado tal propósito, creyendo que la hermandad podría mantenerlo ocupado y despejar su mente. Estas palabras evocadas no borraban la nitidez del acto en el teatro, pero brindaban a los miembros del jurado otra forma de entender lo «peor» que había anunciado al duque de York.
Lord Kenyon interrumpió las deliberaciones y preguntó si procedía proseguir con la instrucción. A su juicio, las declaraciones no dejaban margen de duda sobre el trastorno de Hadfield en el instante del disparo. No obstante, se negaba a colegir de ello motivo alguno para ponerlo en libertad. Garrow solicitó que constara un veredicto en las actas para la posteridad. Sin levantarse de sus asientos, los miembros del jurado declararon a Hadfield no culpable por razón de su estado mental. La absolución, con todo, no le franqueó las puertas de la calle. Borrow relata que fue devuelto de inmediato a Newgate y trasladado luego a Bethlem. La reseña del Royal College of Psychiatrists precisa los hechos ulteriores: tras una evasión, pasó algún tiempo en Newgate antes de regresar al manicomio, donde falleció en 1841. Aquel hombre que, según sus palabras en el teatro, había pretendido hacerse condenar a muerte sobrevivió más de cuarenta años a su disparo. El rey había salido indemne del proyectil; su antiguo soldado esquivaba la pena que había perseguido, sin llegar jamás a recobrar la libertad.
