El 21 de noviembre de 1769, un comerciante de lienzos de Lyon regresó a su casa y constató que su dinero, sus papeles y sus efectos habían desaparecido. Esa misma noche, se separó de su mujer. Él presentó una querella por robo; ella promovió una demanda de separación, acusándolo de sevicias. El matrimonio pasó de este modo de la mesa común a dos procedimientos encontrados. Cuando el consejo superior de Lyon dictó sentencia en 1773, la contienda había arrastrado al pleito conyugal a una hija ausente, un nacimiento clandestino y una acusación de incesto.
El comerciante no aparece en la obra de Champagnac más que bajo el nombre abreviado de Dub… Antiguo cochero, había reunido ciertos ahorros y poseía ajuar cuando desposó, en 1763, a una viuda madre de dos hijas. La mayor estaba casada en Lyon; la menor se aproximaba a la mayoría de edad. La dote comprendía dos casas cuyo valor conjunto se estimaba en trece mil libras, pero que se hallaban gravadas con hipotecas. He aquí los bienes en torno a los cuales habría de trabarse la disputa: dos fincas urbanas, sus deudas, sus alquileres y el afán invertido para tornarlas más lucrativas.
A tenor de la crónica, la unión transcurrió en sosiego durante seis años. Dub administró las casas, elevó las rentas y redimió los inmuebles de sus cargas hipotecarias. Ciertas operaciones con vinos contribuyeron a tal bonanza. Champagnac atribuye después a la esposa y a su primogénita el propósito de reservarse en exclusiva el provecho de dicha gestión. Esta es la explicación que ofrece de la ruptura; relata el caso desde la perspectiva del marido, con una severidad hacia la mujer que acompaña cada uno de sus actos. Tras este retrato adverso, las piezas procesales permiten seguir con mayor rigor cómo una reclamación pecuniaria y de separación derivó en causa criminal.
La menor guardaba un secreto. Había sostenido relaciones con un oficial vinagrero, fallecido antes de desposarla, y esperaba una criatura. Hizo partícipe de su estado a una lavandera, quien le facilitó un aposento para alumbrar. Confió asimismo el trance a su padrastro. La crónica describe la conducta de Dub como el auxilio dispensado a una joven desamparada en coyuntura tan aflictiva; este ocultó el suceso a su consorte. Tras el parto, el recién nacido fue llevado a la inclusa del hospital. La joven madre retornó a la casa, tras cuatro o cinco días de ausencia justificados mediante un embuste, y permaneció allí todavía cuatro años.
En septiembre de 1769, su madre la arrojó de la vivienda. Al mes siguiente, estalló una riña entre inquilinos a propósito de una puerta franca. Llegaron a las manos; la esposa de Dub recibió varios golpes. Según Champagnac, ella atribuyó más tarde tales marcas a su marido. El 18 de octubre, se sometió al reconocimiento del médico y de los cirujanos de la policía. El 28, interpuso querella contra Dub por malos tratos y reclamó un nuevo examen corporal, amén de un lugar de asilo. Esto último le fue concedido, si bien no llegó a aprovecharlo. Continuó morando bajo el techo conyugal; los facultativos, por su parte, habían dejado constancia de las contusiones.
Cuando el dinero y los efectos faltaron el 21 de noviembre, Dub ignoraba, según refiere la crónica, semejantes diligencias previas. Él formuló su propia denuncia, en la cual las declaraciones testificales incriminaron a su mujer. Se le ordenó comparecer a ella. La demandada replicó instando el curso de su acción de separación, sustentada en los informes médicos ya practicados. El litigio entrañaba en lo sucesivo unas lesiones acreditadas, una controversia sobre la autoría de las mismas y una masa de bienes cuya restitución exigía el marido. Las actuaciones no versaban sobre un objeto idéntico, mas cada parte pretendía servirse de ellas para apuntalar su respectiva versión de los hechos conyugales.
La esposa agregó luego una imputación de tentativa de envenenamiento. Dub la rechazó con la misma firmeza con que negaba las sevicias atribuidas. Se fijaron alimentos provisionales en favor de la mujer; Champagnac anota que esta cesó a partir de entonces de impulsar el pleito, sin articular testigos ni aportar probanzas sobre los extremos alegados. El litigio quedó estancado de ese modo durante dos años, hasta que reapareció el secreto de la hija menor. Aquello que se había encubierto para tapar una preñez pasaría a presentarse como el vestigio de un delito perpetrado en el seno del hogar.
El 25 de octubre de 1771, la esposa acusó a su marido y a su hija menor de haber mantenido un trato incestuoso en 1764. Les achacó el abandono de la criatura nacida de dicha unión el 25 de marzo de 1765. La acusación señalaba, pues, con precisión un acontecimiento pretérito que el relato de la lavandera y el vinagrero explicaba de muy distinta suerte. La hija, tras su expulsión, se había recogido en el hospital de una pequeña villa para cuidar enfermos. Hallándose ausente, se la emplazó a son de trompeta. El marido fue prendido, interrogado y restituido provisionalmente a la libertad.
La demandante solicitó que el juicio de separación se acumulara a la causa criminal. Una primera resolución le otorgó la posesión de las rentas de las casas y emplazó a las partes a quince días sobre el fondo. Otra sentencia posterior decretó la separación de cuerpos. Dub apeló de ambos fallos ante el consejo superior de Lyon. La cuestión de los alquileres, presente desde los albores de la discordia, permanecía en el nudo de sus consecuencias: en tanto el marido rebatía los cargos, las rentas se adjudicaban a quien los sostenía.
El letrado defensor impugnó la tramitación y la consistencia de las inculpaciones. Champagnac da cuenta de la vehemencia de su informe en estrados y refiere a renglón seguido el desenlace de la alzada. En 1773, la sentencia declaró inadmisible la prueba del incesto, declaró nulo el proceso seguido ante el juez de primera instancia y desestimó la demanda de separación, absolviendo de la misma en la instancia a las partes. Ordenó asimismo que la esposa se recogiera durante dos años en un convento. El cronista juzgaba excesivamente benigna tal disposición; suya es semejante indignación. El fallo reseñado basta para calibrar el desmoronamiento de los pronunciamientos que la esposa había obtenido hasta entonces.
La reseña no sigue los pasos de la hija menor, ni el destino de la criatura, ni la suerte ulterior del matrimonio tras esta resolución. Concluye con una censura moral contra la acusadora. Con todo, la causa conserva otro centro de gravedad: un parto silenciado, unas lesiones de autoría controvertida, rentas de inmuebles y una acumulación sucesiva de denuncias. Para Dub, recurrir aquellas sentencias entrañaba restituir cada uno de estos extremos a su cauce. El pleito se había originado por unos enseres desaparecidos; concluyó con la invalidación de una causa que pretendía sentar juicio sobre la vida entera de una familia.
