La lencera mandó retirar la labor. Aquel gesto, en una causa que pronto se debatiría ante los magistrados, tuvo para Louise Perthuy una consecuencia inmediata: la mujer que le proporcionaba trabajo acababa de creerla culpable. Corrió al taller. La viuda Royère quería saber qué había sido de su hijo, pues se había encontrado uno muerto sobre las murallas de Dijon. Louise respondió, se contradijo y se marchó. De aquella visita, la lencera haría una declaración judicial; la labor retirada desaparecería tras las preguntas harto más temibles a las que la obrera tendría que responder.
El caso transcurre entre finales de 1801 y comienzos de 1802. Dos gendarmes habían descubierto sobre una muralla el cuerpo de un recién nacido, envuelto en paños y rodeado de brasas. El magistrado de seguridad compareció con un oficial de salud. Este último observó lesiones que atribuyó al fuego, para luego aventurar diversas explicaciones de la muerte: la sofocación, pero también las posibles consecuencias de la falta de ligadura del cordón. Declaró que el niño era de sexo masculino, nacido a término y venido al mundo hacía menos de veinticuatro horas. Estas conclusiones formaban el primer estado de una investigación que aún buscaba a una madre.
Louise, embarazada poco tiempo antes, había sido vista pálida y demacrada. Había abandonado su vivienda. Se abrió su habitación, donde la cama, las camisas y la ropa blanca mostraban indicios de una hemorragia; junto a un saco de tela bermeja, se reparó en un pequeño montón de brasas similar a las que rodeaban el cadáver. La instrucción disponía, por tanto, de coincidencias materiales, a las que se sumaban las observaciones de las vecinas. La mujer Perrier conocía el embarazo y presumía un parto reciente. La mujer Dorey respondió de modo parecido. Ni la una ni la otra, en las declaraciones consignadas, afirmaban haber asistido al alumbramiento o haber visto morir al niño.
El cuerpo fue exhumado. El oficial de salud practicó la prueba empleada entonces para averiguar si los pulmones contenían aire: los sumergió en agua y los vio sobrenadar. De ello dedujo que el niño había respirado y nacido vivo. La fuerza que la acusación otorgaría a semejante conclusión habría de discutirse en la vista; por el momento, parecía aportar lo que faltaba a los indicios hallados en la estancia. Había habido parto, y el facultativo sostenía que hubo vida tras el nacimiento. Entre tales premisas y un homicidio voluntario, quedaban, sin embargo, hechos por acreditar.
Detenida, Louise reconoció su preñez y su alumbramiento. Pero sus respuestas variaron. Habló primero de una niña muerta a la que habría arrojado a las letrinas. Cuando se le objetó que era posible una comprobación, admitió que se trataba de un varón, nacido muerto según ella, al que había metido en un saco y luego envuelto en paños antes de llevarlo a la muralla del castillo. Afirmaba no haber anudado el cordón porque creyó a la criatura sin vida. En cuanto a las quemaduras, negó haber prendido brasas para provocarlas. La contradicción atañía al sexo del infante y al destino que dio al cadáver; el magistrado procuraba asimismo averiguar si mentía sobre el punto capital del nacimiento con vida.
La viuda Royère aportó el relato de una primera visita, anterior a la escena del establecimiento. Louise trabajaba para ella desde hacía varios años. Al sospechar el parto, la lencera se había presentado en su casa con una señorita Darbois y la había apremiado a hablar, prometiéndole socorro y amparo. Según su deposición, Louise había acabado por confesar que había dado a luz ocho días atrás. Una comadrona, cuyo nombre se negaba a revelar, se habría llevado al niño para entregarlo en el hospital. Asomaba así un tercer destino en las palabras atribuidas a la joven: tras el hospital vendrían las letrinas, y luego la muralla.
Cuando Royère supo del hallazgo del cuerpo, creyó a Louise responsable del hecho y envió a su criada a retirar el encargo encomendado. En la tienda, proseguía la patrona, la obrera había sostenido haber alumbrado un varón muerto, arrojado a las letrinas. Luego había proclamado, en el patio, que iba a quitarse la vida porque la harían perecer. Varias personas la habrían retenido; después la habían despedido con un poco de dinero y ropas entregadas por compasión. Louise negó más tarde haber anunciado tal determinación. La instrucción conservaba a la vez el testimonio de la lencera y la negativa de la acusada, sin que el lector pueda fundirlos en una única escena fidedigna.
Ante el director del jurado, Louise sostuvo que su hijo había nacido muerto. Modificó de nuevo la fecha señalada para el parto y evocó una caída ocurrida tres días antes, arguyendo que el nacimiento había sido prematuro. A esta versión se oponía el dictamen del oficial de salud. Se le recordó asimismo que había declarado ante testigos haber dado a luz a un niño vivo. No negó haber pronunciado tales palabras; replicó que había mentido, pues guardaba aún el cuerpo en su aposento y no sabía qué hacer con él. Sus mentiras reconocidas no allanaban, por descontado, la tarea de aquellos a quienes ahora pedía que le creyeran.
Explicó su silencio ante las vecinas por el temor a las consecuencias de una declaración formal. Su huida, aseguraba, nacía del miedo a ser perseguida por haber abandonado el cadáver. En su descargo, recordó por último que al nacer una hija anterior había llamado a una partera. Buscaba de este modo en una maternidad pretérita un argumento frente a la muerte que se le imputaba. Los interrogatorios volvían una y otra vez a la misma aporía: ¿cómo deslindar lo que había ocultado, lo que había urdido para encubrir otra cosa y lo que aún pudiera ser cierto en sus declaraciones?
Un jurado especial la procesó el 9 de nivoso. En el juicio, el ministerio público reunió los indicios: el embarazo público, las huellas del parto, el saco y las brasas, el hallazgo del cadáver, las declaraciones irreconciliables y las conclusiones médicas. Champagnac, que relata esta causa, describe el conjunto como abrumador. Con todo, el letrado no se limitó a replicar por separado a cada apariencia. Batió en brecha la premisa sobre la cual descansaba la acusación de infanticidio: ¿había venido al mundo con vida aquella criatura?
El defensor sostuvo también que no concurría en su patrocinada el móvil de la vergüenza, habida cuenta de que era madre por tercera vez, ni el de la miseria, pues la beneficencia y el hospital podían acoger al niño. Semejantes razones pertenecían a su alegato forense; la existencia de un amparo institucional no demuestra, por sí sola, de qué recursos disponía Louise en realidad. Mas su refutación del informe del oficial de salud tornó, según la crónica, el nacimiento con vida lo bastante dudoso como para que los jurados rehusaran concluir en la existencia de delito. Las contradicciones de la procesada permanecían. Pero no aportaban la certeza que la defensa había impugnado.
Louise Perthuy fue absuelta por sentencia del 29 de pluvioso del año X. Champagnac concluye censurando una legislación que juzga impotente y la impunidad que, a su juicio, reservaba a los culpables. Su encono no altera el veredicto, ni este permite tampoco reconstruir los últimos instantes del recién nacido. Se había juzgado la acusación; no se habían restituido todas sus horas a aquella estancia. La labor retirada por la lencera, las ropas entregadas en el patio y las palabras de Louise permanecen, en los márgenes del expediente, como los vestigios de una existencia que el proceso redujo, casi por entero, a una sola pregunta.
