Cuando el paquete fue abierto el 31 de mayo de 1776, un estampido resonó en el taller de François Meunier. El vidriero había postergado para la mañana siguiente la tarea de deshacer la caja recibida la víspera; resultó herido en las manos y en el rostro, pero sobrevivió al atentado. El mozo de cuerda que la había traído permitió seguir la pista hasta el cerrajero Nicolas Philippot. Detenido, Nérau, apodado Saint-Jean, acusó a quien lo había enviado. Tras dicha declaración, fue hallado muerto en su celda. El cronista sospecha un envenenamiento, sin que conste prueba alguna que acredite semejante causa. La instrucción aún debía deslindar las responsabilidades entre el presunto fabricante, el porteador, la esposa de Meunier y una criada involucrada en su correspondencia.
Philippot era un cerrajero de Orleans, de acreditada destreza en su oficio y allegado a François Meunier, vidriero en la misma ciudad. Meunier había acabado por recelar de las frecuentes visitas del cerrajero y le había exigido que no volviera a pisar su casa. Las visitas cesaron, pero Champagnac refiere que las relaciones entre Philippot y Élisabeth Breton, esposa de Meunier, prosiguieron en secreto gracias a la mediación de su criada, Marie-Madeleine Froc, que hacía las veces de mensajera. El marido, según la crónica, no sospechaba la existencia de este intercambio epistolar.
Cierto día de mayo de 1776, Nérau, dicho Saint-Jean, se presentó en casa de Meunier con una caja que, según afirmó, contenía estampas para enmarcar. El vidriero conocía a la persona de quien, conforme al dicho del mandadero, procedía el envío, pero se negó a aceptarlo sin una carta de aviso, por respeto a la costumbre mercantil. El jueves 30 de mayo, Nérau regresó con la misma caja, acompañada esta vez de una misiva que confirmaba tanto al remitente como el encargo. Meunier admitió el paquete y resolvió abrirlo a la mañana siguiente.
Al abrir la tienda el 31 de mayo, levantó la tapa. La explosión lo hirió y sembró el pavor en la vecindad. Los moradores del barrio acudieron presurosos y encontraron al vidriero casi desvanecido. Al inspeccionar la caja, se descubrió un dispositivo armado; los disparos salieron hacia la calle sin alcanzar a transeúnte alguno. Las dos balas fueron proyectadas en dirección a la vía pública sin causar más daño; la crónica no da cuenta de ninguna otra víctima. Meunier puso la caja y la carta en manos de la justicia e indicó que Nérau había sido el portador.
Aprehendido e interrogado, Nérau declaró que Philippot le había encomendado el paquete con destino a Meunier, junto con la carta que este último había exigido. El cerrajero le había encarecido que no revelase su nombre. Nérau añadió que, a su regreso, había dado cuenta del recado a Philippot, y que este le había abonado su salario y ofrecido un vaso de vino. Semejante deposición proporcionó a la investigación un vínculo directo entre el paquete y el taller del cerrajero.
Poco después, Nérau fue encontrado sin vida en su prisión. Escribe Champagnac que se presumió, no sin fundamento según su criterio, que el vaso de vino brindado por Philippot contenía ponzoña. Aduce el cronista que la muerte del mandadero habría podido cercenar el lazo entre el paquete y su remitente. Ahora bien, el texto no da cuenta de autopsia alguna ni de certificado médico que confirme el envenenamiento; el móvil que se atribuye a Philippot sigue siendo una mera conjetura del autor. Las palabras de Nérau, consignadas antes de expirar, ya habían señalado formalmente al cerrajero.
En cuanto supo que el comisionista se hallaba en poder de la justicia, Élisabeth Breton huyó. Philippot intentó asimismo eludir las pesquisas. Pensó en cruzar a Inglaterra, pero finalmente permaneció en suelo francés. Regresó a Orleans para recoger mudas de ropa y algunos pertrechos, antes de poner rumbo a París. En una posada de la calle de Touraine, vivió cerca de dos meses bajo el nombre de caballero de Albret, haciéndose pasar por oficial del regimiento de Conti. La mesa común del mesón era muy concurrida; su porte distinguido le servía de gran ayuda, observa Champagnac, para sostener su personaje militar. Nada en la fonda parecía delatar al prófugo de Orleans, mientras que la filiación despachada desde la ciudad donde Meunier había sido herido permitía a la policía preparar su captura.
Una noche, de vuelta de un paseo por la feria de Saint-Ovide, regresó cerca de medianoche. Varios agentes de policía lo rodearon al pie del umbral; un comisario aguardaba desde hacía dos horas con refuerzos. Philippot intentó darse a la fuga, pero los agentes comprobaron que respondía a las señas remitidas desde Orleans y lo sujetaron. Un registro domiciliario, practicado en su presencia, sacó a la luz carbón, matrices de barro para acuñar moneda y piezas de plomo a medio desbastar. Estos enseres alimentaron otra rama de la instrucción penal; el capítulo no los presenta como pruebas del atentado contra Meunier.
Philippot fue conducido al Grand Châtelet y trasladado más tarde a las cárceles de Orleans. La causa involucró asimismo a la mujer de Meunier, sospechosa de complicidad, y a Marie-Madeleine Froc, que había llevado y traído las cartas y mensajes entre ella y el cerrajero. El lugar que una y otra ocuparon en el sumario no fue idéntico: Froc fue finalmente absuelta de toda queja y acusación, mientras que la causa contra la mujer de Meunier quedó en suspenso tras la sentencia dictada contra Philippot.
El 11 de enero de 1777, el tribunal declaró la rebeldía de Élisabeth Breton en debida forma de derecho y condenó a Philippot por haber intentado acabar con la vida de Meunier mediante dicho artefacto. La sentencia, ratificada el 25 de febrero, imponía la pena capital. Sometido a la cuestión de tormento, Philippot no confesó y sostuvo su inocencia. Relata Champagnac que la vista de los instrumentos del suplicio pareció conmoverlo hondamente; le atribuye entonces una reflexión sobre el amor a las mujeres, de la que el cronista no reproduce las palabras exactas. Philippot fue ejecutado en la plaza del Martroy, en Orleans, el 28 de febrero de 1777.
Froc, por su parte, fue exonerada de todo cargo y puesta en libertad. El tribunal no pronunció en aquel momento un fallo definitivo de culpabilidad contra la mujer de Meunier. Tras la ejecución de Philippot, dictó una ampliación de sumario. El propio Champagnac admite la posibilidad de que ella no hubiese tomado parte en el atentado; estima probable que el cerrajero no le hubiese revelado su designio, si bien censura su conducta y su huida. Estas apreciaciones morales corresponden enteramente al autor de la crónica. El fallo judicial documentado resulta mucho más cauto: una causa pendiente de mayores averiguaciones, y en modo alguno una condena de la esposa como cómplice.
El proceso deja, por tanto, diversos grados de certidumbre. La explosión hirió a Meunier; las pesquisas atribuyeron el paquete a Philippot gracias a la declaración de Nérau; Philippot fue condenado por el atentado y ejecutado. El fallecimiento del comisionista en su celda fue considerado por el cronista como un posible envenenamiento, pero el texto no documenta medicamente tal desenlace. En cuanto a la mujer de Meunier, su fuga alimentó las sospechas sin que el tribunal resolviese su suerte; la providencia de más amplios informes mantenía abierta la causa. Froc, cuyo papel de emisaria quedó acreditado en autos, recuperó la libertad.
Resulta tentador, tras una explosión, una captura nocturna y un cadalso, englobar a todos los implicados en una única culpabilidad. La administración de justicia no obró así. Philippot fue ajusticiado; Froc, absuelta; Breton permaneció encausada, sin que conste veredicto definitivo. El porteador pereció entre rejas en circunstancias que Champagnac interpreta sin pruebas al alcance del lector. El caso se clausura, pues, no con una certidumbre incontestable, sino con destinos desiguales: la justicia castiga al artífice a quien considera convicto, exonera a una recadera y deja sin zanjar el enigma de la complicidad de la esposa.
