El 5 de octubre de 1789, las mujeres de París marcharon hasta Versalles para exigir pan; al día siguiente, los guardias de corps combatían alrededor del palacio y la familia real emprendía el camino de regreso a París.
La escasez de harina pesaba sobre la capital. El 4 de octubre, la agitación ya había crecido en torno a los debates de la Asamblea y al rumor según el cual el rey podría partir hacia Metz. Se exigía ir a buscar al rey a Versalles y se reclamaba pan. Bailly y Necker, relata Champagnac, habían ordenado traerlo en abundancia; sin embargo, las dificultades del transporte, los saqueos en los caminos y las trabas del comercio impedían que el abastecimiento respondiera a las necesidades. La noche del 4 al 5 había sido relativamente tranquila, pero las concentraciones se reanudaron por la mañana.
Las mujeres se pusieron al frente del movimiento. El cronista afirma que los instigadores las hicieron empezar a ellas porque la guardia dudaría antes de repelerlas con las armas. Las describe corriendo por las calles para anunciar que los panaderos ya no tenían pan, y convergiendo luego hacia la plaza del Hôtel-de-Ville. Algunos hombres quisieron unirse a ellas; las mujeres los apartaron, diciéndoles que no sabían cómo actuar.
En la plaza, las mujeres arremetieron contra un batallón de la guardia nacional. Lo hicieron retroceder a pedradas; luego forzaron una puerta y la multitud entró en el Hôtel-de-Ville. Hombres armados con picas se sumaron a las mujeres; algunos quisieron prender fuego al edificio. Fueron rechazados, pero lograron acceder a la campana mayor e hicieron sonar a rebato. Los arrabales se pusieron entonces en movimiento. La crisis había desbordado la plaza del Hôtel-de-Ville para convertirse en un llamamiento a toda la ciudad.
Stanislas Maillard tomó un tambor y propuso reunir a las mujeres para conducirlas hacia Versalles. Según Champagnac, su intención inicial era arrastrarlas sin llegar a llevarlas allí; no obstante, se vio obligado a seguir su marcha. Avanzó por el muelle y el Louvre, y luego a través de las Tullerías hasta los Campos Elíseos. Allí se reafirmó la decisión: había que marchar a Versalles. Las mujeres llevaban palos, mangos de escoba, fusiles y machetes. Un testigo presencial citado por el cronista describe una marcha bajo una lluvia torrencial, en la que mujeres pálidas y transidas de frío avanzaban con hombres armados mezclados en sus filas.
A su llegada a Versalles, la multitud se topó con varios guardias de corps. Se lanzaron improperios y luego se dispararon tiros de fusil contra los soldados; ninguno de ellos, dice Champagnac, fue alcanzado en este primer ataque. Una delegación de doce mujeres fue admitida en los aposentos del rey, al mismo tiempo que una diputación de la Asamblea Nacional. Una de ellas, Louise Chabry, portaba la súplica de sus compañeras. Al ver al rey, quedó turbada, apenas pudo pedir pan y se desmayó. Cuando recobró el sentido y quiso besar la mano del monarca, este la abrazó. Le pidió que transmitiera a la multitud que se darían órdenes para hacer llegar grano desde Senlis y Lagny y eliminar los obstáculos a su llegada.
Las delegadas partieron con esta promesa. Fueron recibidas con gritos de «¡Viva el rey!», pero otras mujeres exigieron compromisos más firmes que su mero relato. Algunas las acusaron de haberse dejado seducir y quisieron castigarlas. Los guardias de corps, dirigidos por el conde de Guiche, acudieron a rescatar a estas mujeres. Se cruzaron disparos desde ambos lados; dos guardias cayeron y varias mujeres resultaron heridas. El cronista no permite reconstruir la sucesión exacta de cada disparo. Relata, paralelamente, que un hombre, seguido por varias mujeres, cruzó las filas de los batallones hasta la verja del palacio; el señor de Savonnières se lanzó en su persecución y recibió un balazo que le fracturó el brazo.
El rey, advertido del peligro, mandó ordenar a sus guardias que no disparasen y que regresaran a su cuartel. Durante su retirada, se cruzaron disparos de fusil entre ellos y la guardia nacional de Versalles. La fuente precisa que no se supo de qué bando partió el primer tiro.
La noche transcurrió con relativa calma. La llegada de la guardia nacional parisina, comandada por Lafayette, tranquilizó a quienes creían que la jornada no volvería a encenderse en violencia. Sin embargo, a las cinco de la mañana siguiente, la multitud que había marchado desde París comenzaba a despertar. Fue entonces cuando un mozo de cuadra, que defendía los caballos de los guardias de corps, escapó por poco de la horca. El grito de «¡A los guardias de corps!» interrumpió su suplicio: sus perseguidores abandonaron a la víctima para correr hacia los soldados.
La multitud procedía ya tanto de París como de Versalles. Champagnac ya no presenta la escena como un tumulto meramente grotesco; describe a guardias de corps huyendo, perseguidos y heridos, y relata después que pronto se exhibieron dos cabezas clavadas en sendas picas. Lafayette llegó con sus guardias nacionales y tomó a los militares bajo su protección, expulsando a los hombres armados que habían penetrado en el palacio. Caballos escapados de las caballerizas corrían por las avenidas, montados por individuos que se habían apoderado de ellos y no lograban sujetarlos.
La reina se hallaba en su lecho cuando el combate alcanzó sus aposentos. Un guardia de corps, relata Champagnac, fue degollado mientras defendía el pasaje que conducía a ellos. La reina solo tuvo tiempo de llegar a la alcoba del rey, a medio vestir. Los asaltantes, al no encontrarla ya en su cama, la acribillaron a golpes de pica y puñal.
Los antiguos guardias franceses, apostados cerca del palacio, acudieron y dispersaron a parte de los asaltantes. Se presentaron luego ante las puertas donde los guardias de corps se habían atrincherado y les recordaron que en Fontenoy habían salvado a su regimiento. Champagnac afirma que todas las facciones elogiaban la abnegación y la serenidad de Lafayette, quien arriesgó varias veces la vida al organizar los auxilios. Madame Adélaïde, tía del rey, lo estrechó entre sus brazos y le agradeció haber salvado a la familia real.
Dos jóvenes, de entre doce y quince años, se llevaron hacia París las cabezas de dos guardias de corps, a quienes el capítulo identifica como Deshuttes y Varicourt. Este último había perecido defendiendo los aposentos de la reina. La crónica recoge que llevaron las cabezas a un peluquero y lo forzaron a rizarles los cabellos aún manchados de sangre. El cronista relata esta escena sin nombrar a su testigo. El general hizo que un destacamento siguiera a aquellas bandas para impedirles desandar el camino, y dio orden de desarmar a quienes portaban las cabezas. Hizo retirar aquel trofeo. El autor niega expresamente que precediera a la carroza del rey durante el regreso a París.
El regreso del rey fue la consecuencia de la insurrección. En el Hôtel-de-Ville, Bailly lo recibió en medio de una gran multitud. Las mujeres que la víspera habían ido a pedir pan marchaban a la cabeza con ramas; la vanguardia cantaba victoria y proclamaba traer de vuelta al panadero, a la panadera y al aprendiz de panadero, nombres que designaban al rey, a la reina y al delfín. El monarca declaró que regresaba con confianza en medio de su pueblo de París, según Champagnac. Bailly repitió la frase; la reina le advirtió que había omitido la palabra «confianza», y el alcalde respondió que el rey era más afortunado que si la hubiera pronunciado él mismo. La familia real se instaló a continuación en las Tullerías, morada que no había sido habitada desde hacía un siglo.
El rey se encontraba ya en París. Las mujeres habían obtenido más que una promesa de trigo: traían consigo a aquel de quien esperaban el pan. Tras este regreso triunfal, Versalles conservaba sus muertos y sus heridos. Louise Chabry había llevado una súplica; el mozo de cuadra había defendido unos caballos; los guardias habían sostenido las puertas. En la crónica, la gran jornada política transcurre también a través de estos gestos y de las vidas que estuvo a punto de segar, o que terminó cobrándose.
