El jinete saludó a la dama antes de arrebatarle cien libras.
El relato publicado en 1825 por George Borrow atribuye a Claude Du Vall una carta de presentación que se asemejaba menos a un asalto que a una fiesta. Por el camino, un caballero y su esposa viajaban con cuatrocientas libras en su carruaje. Du Vall no llegó solo: varios jinetes lo escoltaban. La dama, que los había avistado, sacó un caramillo y comenzó a tocar. Du Vall respondió con el suyo, se aproximó a la portezuela y pidió permiso al caballero para bailar una zarabanda con su esposa. El marido consintió. Concluida la danza, Du Vall acompañó a la joven de regreso al carruaje y exigió el precio de la música. El caballero le hizo entrega de una bolsa con cien libras. El salteador, según Borrow, se lo agradeció y le permitió continuar su viaje con las trescientas restantes.
Esta escena confiere a Du Vall el papel que cultivaría a lo largo de toda la crónica: el de un ladrón resuelto a dictar él mismo las formas del despojo. La cortesía no anulaba la amenaza; la transformaba en espectáculo. Refiere Borrow que su celebridad llegó a ser tal que encabezaba una proclama dictada contra varios salteadores de caminos. Mas antes de las cabalgadas y las suertes de destreza, la compilación le atribuye una infancia jalonada de sucesivas partidas.
Habría nacido en Normandía, en Domfront, hijo de un molinero y de una costurera. A los trece años, de acuerdo con esta biografía retrospectiva, sus padres se desentendieron de él. Marchó a Ruan y luego a París, donde unos viajeros ingleses le procuraron una plaza de mozo de recados en una posada del arrabal de Saint-Germain. Cuando Carlos II regresó a Inglaterra en 1660, Du Vall cruzó el canal de la Mancha sirviendo como lacayo a un caballero principal. Borrow atribuye sus primeros años ingleses al juego, la embriaguez y el dispendio. Terminó por buscar en los caminos el dinero que rehusaba ganar con el trabajo.
En Blackheath, la cuadrilla no siempre se conducía con semejante compostura. Otra historia refiere el asalto a un carruaje ocupado por damas y un lactante que sostenía un biberón de plata. Un secuaz de Du Vall despojó a las viajeras de alhajas, relojes y dinero, empeñándose en conservar el biberón pese a las súplicas. Al ver que el hombre demoraba la partida, Du Vall avanzó hacia él. Amenazó con dispararle si no restituía la pieza, añadiendo una mofa sobre su falta de modales. El cómplice devolvió el biberón. Du Vall se despidió de las damas; el ademán salvaguardaba al infante, mas no deshacía ninguno de los otros hurtos.
En Beaconsfield, el ardid cobró una traza más compleja. Llegado a la posada del Crown durante una fiesta, oyó a un hacendado confesar que llevaba encima cien libras. Aguardó a que este se uniera al baile. En el patio, Du Vall convino el plan con el palafrenero a cambio de dos guineas. El hombre vistió a un mastín con una piel de vaca, le fijó unos cuernos en la cabeza y lo hizo descender por la chimenea de la estancia donde danzaban los lugareños. El perro aullaba al caer; cesó la música, volcó la mesa y los convidados huyeron despavoridos hacia la escalera. En tanto el animal escapaba por el establo y el palafrenero le despojaba de la piel, Du Vall se apoderaba de la bolsa del hacendado. Partió a galope tendido hacia Londres.
Al regresar al salón, los comensales no hallaron rastro del animal ni de los dineros. Refiere Borrow que concluyeron que el demonio se había esfumado, y la pérdida se propagó como un castigo divino a la avaricia del campesino. El robo dejaba tras de sí dos explicaciones: una concernía a Du Vall y a su cómplice; la otra, a un juicio sobrenatural.
Du Vall no limitaba sus andanzas a los bailes ni a las tretas. En el bosque de Windsor sorprendió a Roper, montero mayor de Carlos II, y lo forzó a entregar una bolsa estimada por Borrow en cincuenta guineas. Ató luego a Roper y sujetó su caballo en las inmediaciones antes de huir. La proclama que ofrecía recompensa por su captura tornó Inglaterra insegura a sus ojos, por lo que se retiró a Francia.
En París dio con otro hombre a quien prometer una fortuna. La crónica señala como blanco a un jesuita, confesor del rey, acaudalado y codicioso de alquimia. Du Vall se presentó bajo los hábitos de un erudito itinerante, aseveró saber transmutar los metales en oro y persuadió al clérigo para que costease un laboratorio. Para la demostración, ocultó fragmentos de oro en una vara hueca, semejante a la mina de un lápiz. Al remover el metal fundido, dejó que el oro se disolviera en el crisol. El confesor mandó examinar el lingote y lo halló legítimo; creyó en la transmutación y facilitó a Du Vall los caudales para proseguir sus ensayos.
Apremiado por el eclesiástico para que le revelara el arcano, Du Vall fijó un día para la confidencia. Antes de la fecha señalada, se deslizó en la cámara donde se custodiaban los bienes. Cuenta Borrow que amordazó y ató al clérigo dormido, le arrebató las llaves y cargó con cuantas riquezas pudo transportar sin despertar recelos. El falso alquimista abandonó Francia de inmediato. Al igual que en las rutas inglesas, la estratagema se fundaba en la codicia de la víctima: la esperanza de la ganancia había hecho tragar una prueba trucada, aplazando el descubrimiento del despojo.
Borrow le atribuye asimismo una singular destreza en el naipe y las apuestas. A las cartas, señala, Du Vall ganaba diez, veinte, treinta y hasta cien libras, atribuyendo siempre el lance a la fortuna. Estudiaba asimismo preguntas capciosas y ganaba apuestas sobre la ubicación de un paraje o la longitud de una vara. Aquellos ardides prolongaban el mismo arte del desvío: engañar sin despertar en el burlado la certidumbre de haberlo sido.
Su captura definitiva sobrevino, a decir de Borrow, mientras se hallaba ebrio en la taberna del Hole-in-the-Wall, en Chandos Street. Trasladado a Newgate, fue juzgado, condenado y ahorcado en Tyburn el 21 de enero de 1669-1670, fecha que habitualmente se consigna como 21 de enero de 1670. La obra asevera que contaba veintisiete años, sin aportar partida bautismal alguna. Varias damas, algunas de elevada alcurnia, le visitaron en prisión e intercedieron en su favor. No pocas le acompañaron hasta el patíbulo, ocultas tras sus velos.
Consumada la ejecución, varios hombres enlutados dispusieron su cuerpo en una carroza fúnebre y lo trasladaron a una hostería de Saint Giles. Una sala entera se había revestido de paño negro; ocho cirios ardían alrededor del féretro. El velatorio congregó a una concurrencia tan desmedida que un magistrado hubo de enviar emisarios para suspenderlo. El relato concluye con esta escena, postrera escenificación de un hombre que hizo de la apariencia un instrumento delictivo y que, aun muerto, fue expuesto a los ojos del mundo como un personaje de farsa.
