Diez guineas, una casaca de marinero y un navío con destino a Dieppe: con tales ardides obtuvo Jeddediah West de su hermano el dinero para costear una fuga enteramente fingida. Su camarada John Dykes lo aguardaba en el punto acordado; no tardaría en ser condenado por una causa distinta: el atraco perpetrado contra Charles Wright, a quien arrebató una navaja, un sello de lacre y cinco chelines con ocho peniques.
Dykes era el primogénito de una familia de condición modesta pero acomodada. Sus padres le procuraron una educación esmerada y una indulgencia que el cronista no duda en reprocharles más tarde. El texto antiguo precisa que semejante dispendio pesó sobre el patrimonio familiar. Al llegar el momento de colocarse como aprendiz, John hallaba siempre un pretexto para eludir el trabajo. La crónica señala el juego como su inclinación dominante: frecuentaba los garitos y timbas de la ciudad con los caudales de los que disponía y, una vez en la ruina, solía cubrirse con un capote raído para disputar al chuck y al span-farthing con los golfillos de la calle. El cambio de escenario obedecía al compás de sus pérdidas: de las mesas de postín al juego de arroyo, de los tahúres adultos a los transeúntes con quienes topaba al aire libre. Llegaba a ganar lo suficiente para reintegrarse a sus antiguos círculos de jugadores, pero semejante recurso resultaba incierto. Con mayor frecuencia, a decir del cronista, recurría al carterismo.
Sus hurtos callejeros motivaron varias detenciones y encierros en la prisión de Bridewell. Sus deudos, muy en particular su padre, le advertían del final infamante al que tales prácticas habrían de arrastrarlo. Le urgían a enmendarse mientras estuviese a tiempo y a desistir de esa vida, prometiendo afanarse cuanto pudieran en su auxilio pese a los desmanes pasados. La crónica le atribuye una notable astucia y una singular destreza para el disimulo: sabía fingir ante los suyos un arrepentimiento intachable y convencerlos de su firme propósito de enmienda.
A raíz de un nuevo arresto, y tras sufrir un castigo público en un pilón, compareció ante el magistrado y fue conducido a Tothill Fields Bridewell. Allí trabó conocimiento con Jeddediah West, vástago de un cuáquero, encarcelado por bellaquerías análogas. Ambos jóvenes trabaron una estrecha camaradería. West era de mayor edad y, según consigna la crónica, más ducho en el engaño; adiestró a Dykes en el arte de aparentar una sincera contrición. Por vergüenza, West tardó dos o tres jornadas en escribir a los suyos, manteniéndose mientras tanto con el dinero que Dykes recibía del hogar paterno. Por fin, se armó de valor para redactar una epístola a su hermano, varón de destacada posición mercantil. Supo hacerle creer que su encierro obedecía a un error judicial. Esta patraña despertó la compasión fraternal y atrajo socorros monetarios; el comerciante llegó a convencerse de la absoluta inocencia de West respecto a los hechos que motivaron su arresto. Los progenitores de Dykes no dieron crédito cabal a la supuesta inocencia de su hijo, pero la afligida semblanza que éste adoptó bastó para otorgarle el perdón, acogerlo de nuevo y agasajarlo con una muda de ropa nueva, prometiendo desvivirse por él mientras perseverara en la senda de la probidad.
Los dos mozos reanudaron su correspondencia epistolar, recobraron la gracia de sus familias y volvieron a disponer de fondos. Dykes y West continuaron frecuentándose y regresaron juntos a los tapetes de juego. Durante cerca de tres semanas, la fortuna pareció sonreírles; mas pronto perdieron cuanto poseían y se quedaron sin medios para sostener su tren de vida. Desesperando de obtener un auxilio suficiente de sus allegados para costear tales dispendios, West urdió una estratagema con el fin de procurarse numerario a expensas de aquel hermano cuya confianza ya se había granjeado; acometería la empresa en solitario.
West conocía la hora aproximada en que su hermano regresaba del Royal Exchange para el almuerzo. Esta vez, el golpe se libraría en el despacho familiar. Se presentó ataviado con una casaca marinera, los cabellos cortados a la altura de las orejas, las cejas tiznadas con carbón y un pañuelo atado al cuello. Su hermano lo reconoció pese al disfraz y se pasmó al contemplarlo en semejante facha. West le relató que dos monederos falsos detenidos lo habían visto en Bridewell y lo habían denunciado junto a otros tres para prestar testimonio de la corona y salvar así sus propios cuellos. Aseguró haber expuesto su vida para implorar auxilio antes de embarcarse con la siguiente marea rumbo a Gravesend, desde donde el navío pondría proa a Dieppe.
Conmovido hondamente, el comerciante rompió en llanto y estrechó a West entre sus brazos. Le aconsejó tomar un carruaje hacia Billingsgate, le entregó diez guineas en mano y prometió honrar sus letras de cambio hasta la suma de cien libras pagaderas desde Dieppe. Creía amparar a un muchacho injustamente calumniado y forzado al destierro. Apenas hubo doblado la esquina de la calle donde moraba su hermano, West se reunió con Dykes en el sitio acordado. La crónica refiere la complacencia de ambos por el éxito de la añagaza.
Cuando el señor West descubrió la superchería, rompió todo vínculo con su hermano de forma definitiva. Poco después, Jeddediah fue prendido a causa de una deuda de doce libras contraída con su sastre. Aquel débito, ajeno a los asaltos de Dykes, lo condujo de nuevo tras las rejas. Permaneció encarcelado y desprovisto del socorro fraterno hasta después de que Dykes fuese ahorcado.
Dykes, por su parte, jamás abandonó el tapete. Cada vez que las pérdidas lo dejaban en la indigencia, se echaba a los caminos o discurría algún otro arbitrio para allegar dinero. En la parroquia de Stepney, en el camino que conducía de Mile End a Bow, asaltó a Charles Wright. Transitaba Wright por aquella vía cuando Dykes le plantó una pistola contra el pecho, intimándole a rendirse si no quería recibir un tiro.
El botín constituyó una menudencia: una navaja de bolsillo, un sello ordinario y cinco chelines con ocho peniques. Dos días más tarde, Dykes fue detenido por este asalto, conducido a Newgate y juzgado en las siguientes sesiones. El peligro al que expuso la vida de Wright resultaba desmedido frente a la insignificancia de lo robado.
La crónica describe durante su encierro una conducta desasosegada, en la cual entrevé las torturas de su conciencia. Dykes reconoció haber perpetrado numerosas fechorías. Al término de aquella espera, acató la muerte con mayor entereza de la mostrada durante su reclusión. Fue ejecutado el 23 de octubre de 1721, contando alrededor de veintitrés años de edad.
