La caja llevaba la dirección de Benoît de Lyon. Había pasado por las manos de su hermano Étienne, acompañada de una carta en la que se le rogaba que la transmitiera sin abrirla. Cuando Benoît levantó la tapa, la explosión llenó la estancia de humo y lo hirió de gravedad. Étienne acudió de inmediato, mostró la nota y se reprochó haber hecho llevar el paquete. Muy pronto se le reprocharía algo mucho más grave. El hermano que había recibido la caja se convertiría en el acusado; aquel a quien casi había matado asumiría su defensa.
Antes del atentado, habían mediado cuentas de familia. Su padre, Claude-Henri de Lyon, era comerciante en dicha ciudad. En 1752, había deseado traspasar su negocio al primogénito, Benoît, con ocasión de un matrimonio que este último no había anhelado. Aquella alianza prometía reunir un establecimiento, un patrimonio y un hogar. Benoît amaba en otra parte; su padre examinaba las cláusulas del contrato. Veinte mil libras debían corresponder al hijo, junto con la perspectiva de asumir la dirección de los negocios. Nada de aquello ocurrió según lo previsto.
El padre se vio obligado a continuar con su comercio. En lugar de desembolsar de inmediato la suma prometida, utilizó la dote de su nuera para subvenir a las necesidades de sus propios negocios. El matrimonio se deshizo con presteza. Se restituyó la dote y Benoît recibió su parte en mercancías; las malgastó, se endeudó y partió después hacia Turín. A medida que cambiaban los arreglos, las sumas conservaban en la familia una existencia obstinada. Cuanto se había prometido, entregado, retirado o anticipado no se borraba jamás por completo. Cada cual podía calcular de modo distinto lo que el otro había recibido.
En aquel período adverso, Étienne sostuvo a su hermano mayor. Le escribió, le prestó dinero y lo ayudó a subsistir en el Piamonte. Cuando Benoît regresó a Lyon, hacia finales de 1758, su padre se negó a recibirlo. El hermano menor lo hospedó, procuró una reconciliación y, más tarde, le halló un refugio en Saint-Chamond, en casa de la familia de su esposa, cuando los acreedores advirtieron su presencia. Negoció con ellos. Se obtuvieron plazos y, finalmente, un acuerdo permitió que Benoît volviera a comerciar bajo su propio nombre.
Étienne había restituido así a Benoît algo sumamente tangible: la facultad de firmar, de negociar, de presentarse en público sin buscar al punto dónde esconderse. Las sumas concertadas con los acreedores no constituían tan solo una columna de guarismos. Decidían el lugar que un hombre podía volver a ocupar en su ciudad. Para un hermano que había conocido el extravío y la errancia, semejante auxilio valía mucho más que un favor pasajero. Otorgaba al recuerdo de su concordia una solidez que las desavenencias posteriores no habían destruido por entero.
No debe imaginarse a dos hermanos que hubiesen sido enemigos desde siempre. Uno había servido de intermediario, de prestamista y de protector del otro. Semejante pasado tornaría la acusación más dolorosa y proporcionaría a Benoît un motivo para impugnarla. Mas no impidió su discordia. A finales de 1762, el padre consintió en volver a ver al primogénito y dispuso una partición anticipada de bienes. Deseaba, en particular, favorecer las empresas de Étienne. Benoît se consideró perjudicado. Siguieron altercados, luego amenazas; estuvieron a punto de batirse en duelo.
Intervinieron amigos comunes. Unos árbitros prepararon una transacción amistosa. El 23 de junio de 1763, Benoît partió al campo con el hombre en cuya casa se alojaba, conviniendo en que el acuerdo se firmaría a su regreso. Aquella partida no se asemejaba, pues, a una ruptura definitiva: se había fijado una fecha para restablecer el orden en las relaciones fraternales. Durante su ausencia, un joven desconocido vestido con una casaca gris acudió varias veces a preguntar por él. Luego se presentó en casa de Étienne, portando la caja y la carta.
Étienne, que salía a atender sus asuntos, recibió aquel extraño envío. Las señas de su hermano figuraban sobre la madera; el mensaje se limitaba a rogarle que lo remitiera a su destino. Según la declaración que prestó, creyó que se trataba de una chanza de amigos. El desconocido se negó a llevar él mismo el paquete hasta su destinatario y se marchó con premura. Étienne buscó entonces a un mozo de cuerda. La caja acabó por llegar a la morada de Benoît. Aquel trayecto se tornaría capital: cada persona que la hubiera sostenido, visto o entregado podía aproximar la acusación a un nombre.
A su vuelta, Benoît quiso descubrir qué le habían enviado. Se dispuso a abrir el paquete junto a una ventana, con la ayuda de un joven criado. La detonación los hirió a ambos; los demás presentes huyeron despavoridos. No era una pesada broma de mal gusto. El bulto había sido dispuesto para estallar al abrirse. En medio del desconcierto, Étienne se presentó con la carta que explicaba de qué suerte había llegado el objeto a sus manos. Su aflicción y los reproches que se dirigía a sí mismo no se interpretaron al principio como la confesión de un atentado.
Las primeras sospechas recayeron sobre una comedianta con la que Benoît había convivido. Detenida e interrogada, afirmó que los enemigos de este se hallaban en su propia familia y señaló a su hermano. La reciente disputa otorgó verosimilitud a sus palabras. Étienne fue prendido a su vez. Una muchacha declaró reconocer en él al hombre que le había propuesto transportar la caja. Varios peritos calígrafos emitieron un dictamen que le resultaba adverso. La nota que él mismo había exhibido para justificarse figuraba ya entre las piezas de convicción que lo incriminaban.
La senescalía de Lyon lo condenó a muerte por haber atentado contra la vida de su hermano. El relato de un hombre generoso trocado en fratricida por envidia podía seducir tanto como su reverso: el de un hermano bienhechor acusado tras haber transmitido inocentemente un paquete. Benoît no consintió en que los jueces hablaran en su nombre. Mandó imprimir un alegato judicial para defender a Étienne. La víctima se reincorporaba así al procedimiento con una voz que la acusación no podía simplemente anexionarse. Había resultado herido; mas se negaba a que su herida bastase para justificar la perdición de su hermano menor.
Su memorial rebatía el interés que Étienne hubiera podido tener en matarlo. Proponía, asimismo, otra pista: una rivalidad entre fabricantes. El menor había fundado una manufactura y empleaba a un químico cuyos conocimientos eran codiciados. Un competidor establecido en Saboya habría intentado seducir a dicho artífice, quien se había marchado para luego regresar. Benoît atribuía a aquel adversario amenazas contra su familia y señalaba su supuesta presencia en Lyon. Se trataba de una hipótesis de la defensa, sustentada en noticias que rogaba a los magistrados examinar; no de la condena firme de otro autor del atentado.
La apelación fue elevada ante el Parlamento de París. Étienne soportó el tormento sin confesar. El 12 de enero de 1765, los jueces lo condenaron a galeras perpetuas, previa pena corporal y marca infamante, así como al pago de una multa. La muerte decretada en Lyon ya no constituía la pena impuesta; mas la acusación no había quedado desvirtuada. La defensa publicada por Benoît no había logrado la libertad de su hermano. Permanecía en los autos como la voz singular de una víctima que rehusaba reconocerse en la venganza judicial ejercida en su nombre.
La causa deja fijada esta estampa sin llegar a resolverla: dos hermanos a quienes el dinero había enemistado, reunidos de nuevo por un atentado que debió haber consumado su separación. Benoît podía mostrar sus cicatrices; Étienne solo podía oponer sus negativas, los recuerdos de su auxilio y una lectura distinta del itinerario que siguió la caja. El alegato del primero no devolvió al segundo su condición de comerciante. Mas impidió que la historia quedara reducida a una vulgar querella testamentaria y al nombre de un hermano cómodamente señalado por quien había sido interrogada antes que él.
