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Justicia y escándalos · Francia

Los seis pliegos de la viuda

París, 1812. Una patrona de hospedaje es asesinada y su hija sobrevive a una agresión. Junto al cadáver, el inventario de un hotel conduce a los pesquisas hacia un yerno abrumado por las deudas.

Junto al cadáver de la viuda Barberis se halló un inventario de muebles. Seis pliegos manuscritos de puño y letra de su yerno: las camas, los enseres, cuanto debía otorgar su justo valor a una casa de huéspedes. Aquel legajo había llegado por un asunto de dinero. Al amanecer, se transformaba en una pieza de convicción en una causa por asesinato. Louis Lomont podía explicar los motivos que le habían llevado a entregarlo; mucho más arduo le resultaría hacer coincidir la hora de su visita con las que recordaban los demás moradores de la casa.

La viuda Barberis regentaba una casa de pupilaje y una herboristería en la calle de Verneuil. Una de sus hijas había contraído matrimonio con Lomont. Tras convivir algún tiempo con ella, los cónyuges habían adquirido, hacia 1809, el fondo de comercio del hotel de Russie, en la calle Tiquetonne. Para consumar dicha compra, Lomont había tomado a préstamo ocho mil francos, constituyéndose su suegra en fianza. El reintegro vencía indefectiblemente el 15 de julio de 1812. Sin embargo, el negocio declinaba y el término expiraba. La deuda tenía una fecha perentoria; las esperanzas de saldarla, en cambio, se habían desvanecido.

La suegra había accedido a buscar un comprador. Demandaba para ello una relación detallada del ajuar del establecimiento, a fin de que las gestiones pudieran encauzarse. Champagnac conjetura que tal vez acariciaba la idea de adquirirlo ella misma; nada en el texto original, con todo, eleva tal posibilidad a designio firme. En cualquier caso, ansiaba disponer del documento prometido. El inventario, por ende, no era un papel extraviado por azar en el aposento de una parienta; formaba parte de la diligencia enderezada a conjurar una obligación inminente y a aliviar tanto a la fiadora como al deudor.

La víspera del hallazgo, Louise Barberis, la otra hija, regresó a casa cerca de las diez de la noche. Su madre le inquirió si traía consigo el inventario recogido de manos de su cuñado. No lo había hecho. Se convino que se encargaría de ello a la jornada siguiente. Louise subió a acostarse al tercer piso en compañía de la sirvienta Esther Cassaude. Esta última descendió poco después para cenar con otra doméstica. Cuando ambas criadas se retiraron a descansar, la viuda permanecía en la planta baja y debía echar el cerrojo a la entrada. Aquellas rutinas domésticas acabarían tejiendo la trama de las declaraciones judiciales.

Hacia las once y media de la noche, Louise se despertó sobresaltada por violentos golpes. Clamó auxilio; acudieron los vecinos y hallaron expedita la puerta de su alcoba, sin vestigio alguno de fractura. No había logrado vislumbrar a su agresor. Pese a la gravedad de sus heridas, descendió hacia donde reposaba su madre, que dormía en la planta baja, y la encontró malherida en la trastienda. Se recabó la presencia de un oficial de sanidad y se personó el comisario de policía. La viuda expiró poco después. Louise, por su parte, lograría sobrevivir a sus lesiones. La instrucción dispondría así de una víctima capaz de deponer, pero incapaz de identificar al brazo ejecutor.

No se descubrió arma alguna ni rastro de expolio aparente. En cambio, los seis pliegos reposaban sobre una mesa, a escasa distancia de la difunta. La sospecha recayó sobre Lomont: su comparecencia en el lugar podía acreditarse, sus apuros pecuniarios eran notorios y la desaparición simultánea de su suegra y de su cuñada habría convertido a su esposa en heredera universal. Tal fue el móvil articulado por la acusación pública. La apremiante necesidad de enjugar una deuda y el señuelo de una sucesión conferían coherencia al doble atentado; no suplían, sin embargo, la prueba irrebatible de su autoría.

A primera hora de la mañana, se despachó a Esther en busca de Lomont, con la consigna estricta de no revelarle lo acaecido. La crónica concede singular relieve a la turbación de este, a las preguntas que formuló y a aquellas que omitió pronunciar. Regresó a la sazón acompañado de su esposa. Interrogado sobre el empleo de su velada, admitió haber llevado el memorial de los muebles, mas aseveró haberse presentado hacia las diez, no haber permanecido sino unos breves minutos y haber alcanzado su domicilio al filo de las once. Dispuestas de tal guisa, las horas le permitían confesar la visita eludiendo situarse en el inmueble en el instante de la agresión.

Las declaraciones testimoniales desbarataron este artificio. A las diez de la noche, la viuda aguardaba aún el inventario, habida cuenta de que Louise se había comprometido a procurárselo. Las sirvientas, recogidas más tarde, declararon no haber visto a Lomont. Otros indicios situaban su regreso a la calle Tiquetonne entre la medianoche y la una de la madrugada. Su propia esposa, tras haber corroborado en un principio las once, mudó su versión para afirmar que no había cruzado el umbral hasta las doce y media pasadas. Lo describió lívido, descompuesto y presa del insomnio. Aunque en un primer momento recayeron sospechas sobre ella, fue puesta en libertad al no consolidarse cargo alguno en su contra.

La rectificación de aquel testimonio comprometía a dos personas a la vez. Al marido le arrebataba el sostén del horario que había invocado. A la esposa le permitía que los magistrados deslindaran su primera respuesta equívoca de la complicidad criminal que habían barajado. Su exculpación no restaba peso a la herencia en el móvil del crimen; sencillamente, impedía transformar ese hipotético beneficio en prueba de su propio concurso.

Los pesquisas examinaron las prendas del sospechoso. Eran ostensibles diversas manchas en el redingote, en el pantalón y en uno de los zapatos que había calzado aquella noche. Los peritos consultados dictaminaron que se trataba de sangre. Cierto cerco en el interior de la prenda parecía haber sido lavado; el forro presentaba un desgarro. Lomont ofreció diversas explicaciones, aduciendo en particular una antigua sangría con sanguijuelas. El juez instructor le objetó que tal cura se remontaba al invierno y que por entonces guardaba cama sin el redingote puesto. Aquellos rastros no revelaban el nombre de una víctima, mas el descargo del reo no lograba reconducirlos a la circunstancia alegada.

Seguía faltando el instrumento del delito. Por la naturaleza de las heridas, los cirujanos se inclinaban hacia un objeto a la vez cortante y contundente, compatible con un hacha de mano. Lomont reconoció haber poseído una; los registros no habían permitido dar con ella. Se incautaron dos cartas dirigidas a su madre, en las que le encarecía que sostuviera haber llevado dicha herramienta al campo meses atrás. En un sumario donde ya urgía dilucidar la hora exacta de una visita, se hacía indispensable verificar asimismo el rastro de un objeto ausente.

Las pesquisas se trasladaron al cauce del Sena, toda vez que Lomont afirmaba haber tomado el puente de las Tullerías al despedirse de su suegra. Los buzos dragaron el fondo sin éxito. Se vació igualmente el pozo ciego de la vivienda de la víctima, en vano. Por fin, el 15 de agosto, se descubrió el hacha en una tinaja de gres de la cocina del propio Lomont. El reo la reconoció. La crónica de su careo con la pieza subraya una reacción elocuente: al notificársele que había sido hallada sumergida en agua, intentó desviar la atención hacia el aguador antes de que se le hubiera precisado en qué vasija yacía.

Aquel desliz fue esgrimido en su contra. La inspección pericial aportó nuevos elementos: el filo había sido amolado y provisto de un astil reciente; los cirujanos juzgaron que bien pudo haber causado las lesiones descritas. El análisis de las materias recogidas en la herramienta y en la vasija delató una sustancia animal análoga a la sangre. No mediaba en ello una individualización forense de la víctima. La acusación hilvanaba estas observaciones con el cotejo de las vestiduras, el inventario, los horarios controvertidos y las cartas remitidas a su madre. La fuerza probatoria que el ministerio fiscal les confería dimanaba de su incontestable acumulación.

Lomont compareció ante la audiencia de lo criminal del departamento del Sena, bajo la defensa del letrado Maugeret. Champagnac pondera la destreza del jurisconsulto sin pormenorizar los extremos de su alegato; presenta los cargos como abrumadores. Su crónica responde al pulso de un narrador persuadido, no al registro ecuánime de todos los alegatos forenses. El jurado declaró culpable al reo y, el 12 de octubre de 1812, el tribunal lo condenó a la última pena. El relato concluye con el fallo judicial y nada refiere sobre su ejecución. Louise había sobrevivido; su madre yacía en la tumba. Los seis pliegos concebidos para formalizar el traspaso de un hotel pasaban a engrosar para siempre las piezas de convicción que habían conducido a un hombre al cadalso.

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Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

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El inventario que faltaba

Una novela corta de ficción seguiría los pasos de una joven empleada encargada de inventariar el ajuar de una posada tras la muerte de su dueña. Una misma cama figura anotada por duplicado en dos estancias distintas, y ese error ampara a la persona que la recogió en su niñez. Dispondría de una sola noche para desentrañar el sentido de ese traslado antes de la almoneda de los muebles. Los personajes y el desenlace serían enteramente inventados. ¿Le gustaría leer esta nouvelle donde una lista en apariencia anodina se erige en el último testimonio de una mujer, y donde rectificar un renglón obliga a dirimir entre la gratitud filial y la propia libertad?

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El hotel en venta

Una novela original tendría por protagonista a la hermana superviviente, que toma las riendas de una casa de huéspedes con el propósito de extinguir sus deudas. Entre los pupilos, cada cual guarda un recuerdo discordante sobre la última velada de su madre. Entretanto, un comprador apremiante pretende dispersar el mobiliario antes de que puedan registrarse sus escondrijos. Ella deberá mantener abierta la casa mientras averigua quién tiene interés en arruinar su clientela. La trama y los personajes serían ficticios. ¿Desearía sumergirse en esta novela donde regentar un establecimiento deviene pesquisa cotidiana y donde los testigos continúan cenando a la misma mesa?

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Las alcobas heredadas

Una trilogía de ficción recorrería el devenir de una casa de pupilos a través de las mujeres que la heredan sucesivamente. La primera investigaría una desaparición al hilo de un traspaso; la segunda exhumaría un contrato oculto durante unas obras de albañilería; la tercera defendería a una huésped procesada gracias a un viejo libro de registro. Cada época contaría con su propio enigma y su desenlace, con personajes inventados. ¿Le interesaría esta trilogía donde las alcobas mudan de moradores mientras las deudas perduran, y donde el legado más preciado no es el inmueble ni su ajuar, sino la potestad de desvelar por fin cuanto aconteció entre sus muros?

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

Fuente retrospectiva de 1833, marcadamente hostil al reo; se han omitido los antecedentes delictivos y las teorías sobre la criminalidad hereditaria. La indicación del domingo 11 de julio de 1812 resulta discordante con el calendario de la época (que correspondía a sábado): no se consigna, pues, ni el día de la semana ni la fecha exacta de la noche de autos. La puntuación de la página 281 parece atribuir el nombre de pila Louise a la esposa de Lomont, pero el texto designa inequívocamente a Louise Barberis como la cuñada superviviente: se prescinde por tanto del nombre de pila de la cónyuge. La proyectada compra del inmueble por parte de la madre constituye mera conjetura de la fuente. Los peritos químicos dictaminaron sangre en las ropas; en el hacha y en el agua solo se detectó materia animal análoga a la sangre, sin identificación pericial de la víctima. El arma resultaba compatible, no prueba única concluyente. Madame Lomont fue excarcelada sin cargos. El último extremo documentado es la condena a muerte dictada el 12 de octubre de 1812; la ejecución capital no se halla documentada en la fuente y no se da por sentada.

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