Lo primero que asoma del agua es la punta de una bota. Un vecino engancha el cuero con una pértiga y descubre una media escarlata, para luego sacar a la luz el cadáver de Oliver Norris en la zanja de Santa Catalina, cerca del Támesis. Tiene la garganta seccionada; su casaca y su chaleco han desaparecido. La víspera había sido visto en la casa de Michael y Katherine Van Berghen. En el juicio, los indicios conducen a dicha morada, pero la confesión que debería esclarecerlo todo no concuerda con los vestigios descritos por los testigos.
El 24 de junio de 1700, Michael Van Berghen, su esposa Katherine y el criado de ambos, Gerrard Dromelius, comparecen ante el tribunal de Old Bailey acusados del robo y asesinato de Norris. Los vecinos declaran haber oído ruidos en la casa durante la noche. Al amanecer, algunos vieron a Michael y a Dromelius regresar desde la dirección de la zanja; una luz se desplazaba de una estancia a otra. Cuando registran la vivienda, apenas hallan nada: una pequeña mancha de sangre tras una puerta, en una alcoba que parece haber sido fregada hace poco.
La pista de Dromelius conduce a la otra orilla del río. Un barquero lo trasladó hacia Rotherhithe con un cesto. Los hombres que registran su alojamiento encuentran allí un sombrero, una peluca, una casaca y un chaleco pertenecientes a Norris, todos manchados de sangre. El hallazgo transforma una desaparición en una causa por asesinato: las vestiduras de la víctima fueron sustraídas, ocultas en un cesto y luego abandonadas en otra casa.
La criada de los Van Berghen describe la última velada de Norris. Entró en la casa ebrio y bebió vino. Hacia las once de la noche quiso marcharse. Katherine ordenó a la sirvienta buscar un carruaje, al tiempo que le susurraba que no trajera ninguno. Al regresar la muchacha sin coche, Norris se dispuso a partir a pie, pero volvió sobre sus pasos acusando a la casa de haberle despojado de su dinero. Levantó la voz y exigió satisfacción. Katherine le propuso pasar a una habitación para resolver la disputa. El marido, su esposa y Dromelius entraron con él. A la criada se le ordenó irse a la cama.
Una vez en su lecho, la joven oyó un gran alboroto en la planta baja. Katherine pasó más tarde con una vela y tomó un cesto. La sirvienta quiso levantarse, pero su ama le mandó seguir acostada. Por la mañana, la estancia donde había dejado a Norris había sido lavada, circunstancia del todo insólita. Katherine le ordenó a su vez fregar un banco cercano a la puerta, donde la muchacha advirtió restos de sangre. Al preguntar por el paradero de Norris y de Dromelius, se le conminó a callar: sus vidas dependían de su silencio.
Estos elementos convencieron al jurado, que declaró a los tres acusados culpables de homicidio premeditado. Al principio negaron el crimen. En los días que precedieron a la ejecución, Dromelius acabó por declarar que había dado muerte a Norris en solitario. Relató que lo acompañaba hacia la posada donde se alojaba la víctima y que Norris se desvió hacia un edificio colindante, intentando desenvainar su espada contra él. Dromelius afirmó haberlo apuñalado con dicha arma y luego haberlo degollado para acallar sus quejidos y evitar que lo oyera el sereno.
El relato de la confesión no disipó, sin embargo, las contradicciones. El capellán de la prisión, que asistía a los condenados, le señaló que aquella noche había llovido: si hubiesen luchado en el lugar indicado, sus ropas habrían quedado cubiertas de lodo. Las heridas de Norris no atravesaban sus vestiduras, lo que hacía pensar que había sido despojado de ellas antes de recibir los golpes. Dromelius respondió que sí hubo sangre, pero que nadie la vio, y que taponó las heridas con la camisa. Semejante explicación contradecía a los testigos, que no hallaron rastro alguno cerca del sitio donde se rescató el cuerpo.
Dromelius persistió en atribuirse el crimen en exclusiva. El capellán le preguntó qué pretendía salvar ya con tal relato: sus amos estaban condenados al igual que él. Insinuó entonces su íntima familiaridad con Katherine y le advirtió de la condenación eterna que acarrearía sostener una falsedad a las puertas de la muerte. Según la crónica, el criado prorrumpió en llanto, gimió, reconoció dicha intimidad y suplicó más tiempo de vida. Pese a todo, no mudó su versión. El eclesiástico que buscaba su confesión bien podía apelar a la salvación del alma; jamás obtuvo las palabras que aguardaba.
Michael, que apenas dominaba el inglés, respondió en latín y negó que la muerte se hubiera perpetrado en su morada. Declaró que Dromelius lo despertó tras el hecho, afirmando haber herido a un hombre y pidiendo socorro para huir. Michael sostuvo haberle entregado dinero para perseguir al homicida. La relación de Borrow pone en duda esta versión: de haber sido formulada durante el juicio, habría podido favorecer a Michael. Mas la observación pertenece al cronista; el lector carece de las actas procesales independientes que permitirían comprobarlo.
Katherine sostuvo asimismo que el asesinato no aconteció bajo su techo y que nada supo antes de consumarse. Reconoció, no obstante, que Dromelius subió a su aposento para anunciar que había matado a Norris, y que ella bajó a buscar el cesto para guardar las ropas ensangrentadas y ayudarle a escapar. Alegó haber obrado como se acostumbraba en su tierra natal. Esta admisión la incriminaba en el encubrimiento, pero dejaba sin resolver qué sabía ella antes de que Norris pereciera.
En el cadalso, levantado cerca de la cervecería Hartshorn en East Smithfield, los Van Berghen oraron e imploraron el auxilio de los pastores de su país. Se interrogó de nuevo a Dromelius. Reiteró que había matado a Norris él solo y exhortó a los presentes a refrenar las pasiones violentas. Los tres fueron ejecutados; los restos de los dos varones quedaron expuestos en cadenas entre Mile End y Bow, mientras que Katherine recibió sepultura. La sirvienta había relatado el lavado de una estancia y una orden tajante de silencio. Ante la última pregunta formulada antes de morir, el criado mantuvo un relato que dejaba ambos extremos sin explicación.
