El 30 de mayo de 1826, Charles Thomas White elevó a 3.500 libras el importe de la póliza de seguros que cubría el mobiliario y las existencias de la casa familiar, sita en el número 265 de High Holborn. En los dos meses siguientes, el inmueble ardió. Un inquilino, el señor Lazarus, fue despertado por la alarma; muy pronto se sospechó de su criada, antes de que nuevos indicios reorientaran las pesquisas hacia White. La crónica que Camden Pelham publicó mucho después vincula tres incendios, una póliza modificada y unas antorchas que, según se afirmó, fueron adquiridas expresamente para prender las llamas.
La póliza había sido suscrita originalmente por la madre de White en septiembre de 1823. Aseguraba el ajuar por 400 libras y las mercancías por 600. El texto no ofrece motivo alguno para el aumento del 30 de mayo de 1826; se limita a situarlo con anterioridad al primer fuego descubierto. Pelham retrata a White como a un joven de buena cuna, criado en la librería que su padre regentaba en High Holborn y que su madre había mantenido a flote tras enviudar. A los veintidós años contrajo matrimonio y recibió 800 libras para establecerse por su cuenta; su esposa gozaba de una dote de 1.000 libras que rendía 65 libras anuales, y le correspondían además derechos sobre 4.000 libras al fallecimiento de su suegra. Este desglose patrimonial procede de la crónica, que presenta a renglón seguido la indemnización del seguro como el beneficio perseguido por la acusación.
La finca era lo bastante amplia como para tener una parte arrendada al señor Lazarus, quien residía allí junto a su abuela, su hermana y una sirvienta. White ocupaba la otra mitad con su esposa y una doncella llamada Catherine Taylor. Conviene no confundir a ambas domésticas. Al advertirse el primer siniestro, Lazarus halló a su propia criada en una actitud que le hizo sospechar de su complicidad; con todo, guardó para sí sus recelos iniciales. La crónica no pormenoriza los estragos de aquella primera noche, si bien precisa que fueron considerables.
En la mañana del 5 de agosto se declaró un segundo incendio en la casa. La sirvienta de Lazarus se encontraba cerca del foco, casi enteramente vestida; su amo la mandó detener. Los magistrados de Marlborough Street la interrogaron en repetidas ocasiones, mas las pruebas reunidas contra ella no bastaron para disipar las dudas, y fue puesta en libertad. Afirma Pelham que otros elementos obtenidos poco después demostraron su inocencia y la culpabilidad de White. En el texto, tal inocencia no dimana de confesión alguna de la joven: es una deducción del cronista, consignada conforme progresaba la instrucción.
Pelham sitúa este segundo conato entre la una y las dos de la madrugada. Lazarus, desvelado por una sensación de ahogo, bajó las escaleras y vio brotar llamas de un armario situado bajo el tramo que conducía al piso superior. En el exterior ya se congregaban varios serenos; gracias a su auxilio, el fuego quedó sofocado. Entre los escombros se hallaron dos antorchas consumidas a medias. White declaró a Lazarus que consideraba culpable a la sirvienta; sin embargo, tras la primera comparecencia de esta, sugirió que resultaría inútil encausarla, aduciendo no creer que ella hubiera poseído semejantes hachones. Interrogado al respecto, negó conocerlos.
Las pesquisas se encomendaron a Furzeman, funcionario a quien Pelham describe como activo y meritorio. La pista condujo al despacho de Bradford, comerciante de aceites en Broad Street, donde un individuo de gran parecido con White habría adquirido antorchas. Mientras proseguían las investigaciones, el capítulo refiere un tercer incendio en el mismo lugar, al que asigna la fecha del miércoles 4 de octubre de 1825, aun ubicándolo con posterioridad a los sucesos de 1826 descritos con anterioridad. Esta contradicción figura en la cronología impresa; el relato no permite enmendarla sin incurrir en conjeturas.
Al desatarse este tercer fuego, según Pelham, tan solo los esposos White y Catherine Taylor pernoctaban en la vivienda. La señora White, indispuesta, se había retirado temprano; Taylor fue a dormir al aposento de su señora hacia las once, mientras White se dirigía a otra estancia. Cerca de la una, la escalera se vio envuelta en llamas. La señora White propuso pedir auxilio a la calle; su marido se negó y condujo a ambas mujeres hasta una trampilla abierta al tejado de la buhardilla, por donde lograron salir. Entretanto, los vigilantes nocturnos habían forzado la puerta y extinguido el fuego. El edificio no sucumbió, pese a los materiales combustibles que la investigación descubrió dispuestos más tarde en las habitaciones inferiores.
Taylor manifestó haber encontrado, uno o dos días antes, cierta cantidad de trementina derramada sobre una alfombra de chimenea en el salón; el producto solía guardarse para su propio uso. Añade Pelham que otros pormenores desvelados durante el registro revelaron una distribución calculada de materias inflamables, concebida para consumar la ruina total del inmueble. Con posterioridad, Bradford identificó a White como el comprador de las antorchas, pues lo había visto ataviado con ropas idénticas a las del cliente que las adquirió. Se ordenó su arresto y los indicios presentados ante los magistrados motivaron su ingreso en Newgate.
En las sesiones del Old Bailey del 31 de octubre, White fue formalmente acusado de incendio intencionado. La crónica no especifica el año exacto de dicha vista en este pasaje. La defensa se redujo a negar los hechos imputados. El jurado emitió veredicto de culpabilidad. Al escuchar el fallo, apenas mostró turbación; luego, al término de las sesiones, impugnó la verosimilitud de la acusación: según su argumento, su holgada posición económica volvía inverosímil que hubiese cometido semejante crimen por mero afán de lucro. Esta alegación no modificó la condena a muerte dictada por el tribunal.
White elevó seguidamente instancias al gobierno en demanda de gracia. Se realizaron gestiones en su favor, pero la orden de ejecución, señalada para el 2 de enero de 1827, llegó a Newgate el 20 de diciembre. Refiere Pelham que su joven esposa, asidua visitante en la prisión, permaneció a su lado durante aquella espera; no se consignan sus palabras ni sus pensamientos. En un principio, White persistió en su inocencia. Más tarde reconoció haber sido justamente procesado y condenado, si bien alegó no hallarse en su sano juicio en el momento de los hechos; tal es su justificación según la recoge la crónica, y no un dictamen facultativo.
Al aproximarse el suplicio, White intentó asimismo evadirse de Newgate. Una carta interceptada despertó sospechas sobre un plan urdido con cómplices de dentro y fuera del penal. Su celda daba al muro exterior. Había trenzado con esmero una escala con hilo negro de coser y confiaba en ganar el parapeto tras desmontar los barrotes de la ventana, cosa que no logró hacer sin herramientas. Al examinarse un par de zapatos que había solicitado, se descubrieron ocultas entre las suelas varias sierras de resorte capaces de serrar el hierro sin ruido. Descubierta la trama, White admitió su propósito y, según Pelham, se vanaglorió del ingenio con que la había concebido.
En la mañana del 2 de enero, los alguaciles del sheriff lo condujeron desde el calabozo a la sala de preparación. White solicitó que le atasen los brazos con un pañuelo dispuesto por él mismo; a juicio de Pelham, abrigaba la esperanza de soltarse las manos. Los guardianes advirtieron sus maniobras y le inmovilizaron los brazos. Conducido al cadalso a las ocho y veinte, intentó una vez más desembarazarse de sus ataduras. Consigna el cronista que el forcejeo demoró la ejecución y que el verdugo hubo de colgarse de sus piernas para consumar el ahorcamiento. En estas páginas, las antorchas adquiridas en casa de Bradford y atribuidas a White, la alfombra empapada en trementina y las sierras disimuladas en el calzado componen los vestigios materiales que condujeron del fuego al cadalso.
