En Faucoucourt, lo primero que llamó la atención tras el incendio no fue una confesión, sino una pipa. Yacía en un sendero, en medio de los huertos cercados que separaban la granja de Lagneaux del edificio siniestrado. Al día siguiente, la mujer de Delplace la recogió y se la llevó a su marido. Este reconoció la forma y las pequeñas muescas de la cazoleta: aquella pipa pertenecía, según dijo, a Louis-Victor Montellier, quien acudía a menudo a cenar a su casa y se la había prestado en diversas ocasiones. El objeto, hallado en un paso accesible, se convertiría en la pieza angular en torno a la cual la acusación articularía las circunstancias de aquella noche.
La crónica de la Gazette des Tribunaux sitúa el proceso ante el tribunal de lo criminal de Aisne, en la audiencia del 7 de mayo de 1874, bajo la presidencia del señor Davost. Montellier, nacido en Faucoucourt el 22 de mayo de 1850, comparecía acusado de incendio provocado. El auto de procesamiento recordaba que el fuego se había declarado el 19 de enero, hacia las diez de la noche, en un edificio donde se almacenaban cosechas pertenecientes a la granja que habitaba Lagneaux. Las pérdidas se evaluaron en 1700 francos; una parte estaba cubierta por el seguro.
De inmediato se atribuyó el siniestro a la malevolencia. El edificio se hallaba en el huerto cercado de Nigon. Se podía acceder a él desde la granja o a través de una brecha abierta en el muro de la propiedad. Dicha abertura daba a un sendero que cruzaba asimismo el huerto de Fissiaux; la cancela de este último, situada hacia la calzada del Étang, permanecía abierta. El terreno ofrecía, pues, varios accesos. El incendio no había estallado en un lugar enteramente sustraído a las miradas de los vecinos, sino al término de un itinerario cuyas entradas y salidas se cruzaban.
Fue en ese sendero donde se descubrió la pipa. Delplace explicó que conocía el objeto porque Montellier solía ir a cenar a su casa y se lo había prestado en repetidas ocasiones. Un carpintero, de apellido Villain, declaró asimismo haberla utilizado. Estos reconocimientos otorgaban a la pipa una procedencia que la acusación juzgó indudable; pero no bastaban para determinar cuándo se había perdido ni de qué modo había llegado al jardín. Era preciso, además, situar a su propietario en las horas previas al descubrimiento del fuego.
Montellier declaró haber regresado a su domicilio hacia las siete para cenar, y haber salido después con intención de ir a casa de Delplace. Al no hallarlo allí, se habría dirigido a casa de Dérozier, donde permaneció hasta las nueve y media antes de retirarse a dormir. Sin embargo, las declaraciones recabadas durante la instrucción contradecían esta secuencia. Lévêque aseguró haberlo visto hacia las siete, en un estado de completa embriaguez. Montellier, según este testigo, pasó por delante de su casa y de la de Delplace sin detenerse, encaminándose luego hacia la calzada del Étang, precisamente donde se encontraba la entrada al huerto de Fissiaux.
Hacia las ocho entró en casa de Dérozier; más tarde, al regresar a su vivienda, en vez de acostarse, se puso el uniforme de bombero y esperó, según el auto de acusación, a que el fuego prendiera en la propiedad de Lagneaux. Poco después, Pourceau, que había descubierto el siniestro, dio la primera voz de alarma. Montellier figuró entonces entre los primeros en acudir ante el depósito de la bomba de incendios. Llevaba ya puesto el uniforme; los vecinos, que acudían a la carrera sin tomarse siquiera el tiempo de vestirse, repararon en su presencia.
El acusado ofreció otra explicación. Afirmó haber oído los gritos desde la cama y haber divisado el resplandor de las llamas. El presidente le objetó la disposición del lugar: su casa, de tres plantas, carecía de aberturas orientadas hacia la granja incendiada. Pourceau, añadió, ni siquiera había gritado aún cuando Montellier llegó junto a la bomba, y el toque de rebato tampoco había comenzado a sonar. En la audiencia, estos extremos se presentaron como incompatibles con la versión de un despertar provocado por los clamores y la luz del fuego.
La pipa constituyó un segundo motivo de controversia. Montellier negó ser su dueño, pese a que Delplace y Villain aseguraron haberla reconocido. La acusación sostuvo que la había extraviado al cruzar el jardín en el que presuntamente prendió fuego. Los testigos no describieron un hallazgo aislado: vincularon el objeto a las costumbres del acusado en casa de Delplace, a su supuesto paso por el sendero y a su comparecencia de uniforme en los primeros instantes del auxilio. Tomados por separado, cada uno de estos hechos exigía una explicación; reunidos por el ministerio público, formaban una cronología incriminatoria.
El auto de acusación invocaba asimismo los antecedentes de Montellier. Hacía constar que a los once años había sido condenado a una multa por un incendio causado por imprudencia, y que con posterioridad había recaído sobre él una condena por hurto. En la vista, el presidente rememoró su infancia y su temprana inclinación por el fuego: tras el episodio de la parva de colza, otro siniestro imputado a su negligencia habría provocado más de 19 000 francos en pérdidas. El periódico refiere estos hechos como elementos expuestos ante el tribunal; no sustituían a la prueba del incendio de enero, pero pesaron con fuerza en el retrato que la acusación trazó del procesado.
Montellier respondió que jamás había tenido desavenencias con Lagneaux. Su padre y él habían abandonado la granja, según alegó, porque el jornal no les bastaba, lo cual no le proporcionaba motivo alguno para incendiar un edificio de su antiguo patrón. Explicó también que guardaba siempre a mano el uniforme de bombero, circunstancia que justificaba, a su juicio, la celeridad con que acudió al lugar del suceso. Lagneaux, no obstante, declaró que temía al acusado, cuyo padre le habría proferido amenazas. En el pueblo, añadió, la opinión pública señalaba a Montellier como el autor del fuego; este parecer correspondía a un testimonio indirecto y no a una comprobación material independiente.
Las restantes deposiciones hicieron más denso el cuadro sin llegar a conferirle uniformidad. Pourceau relató cómo dio la alarma. Charpentier y Villain manifestaron su sorpresa al encontrar a Montellier pertrechado de antemano para el servicio de extinción. El teniente de zapadores bomberos y otro testigo declararon que, al día siguiente, Montellier, ebrio, cayó entre las brasas y fue preciso levantarlo y conducirlo a su casa. Añadieron que se había afanado con gran empeño en las tareas de extinción. El socorro prestado no fue, por tanto, puesto en duda; la acusación centró más bien sus cargos en la hora de su llegada, en el uniforme y en el camino que había tomado con anterioridad.
Los diecinueve testigos citados por el ministerio público no pretendían, según el resumen publicado, haber visto a Montellier prender fuego al edificio. El brigada de la gendarmería coordinó las comprobaciones de la investigación y las declaraciones recabadas; su relato cotejaba los indicios de lugar, tiempo y objeto, sin resolver por ello la incógnita esencial: en esta crónica no se menciona a ningún testigo presencial del inicio de las llamas. El señor de Namuroy sostuvo la acusación y el señor Godfrain defendió a Montellier. La reseña periodística no pormenoriza los alegatos esgrimidos en sus discursos. Señala únicamente que el jurado declaró culpable al acusado concediéndole circunstancias atenuantes. El tribunal lo condenó a quince años de trabajos forzados y a diez años de vigilancia. El texto impreso consigna el desenlace, pero no permite dilucidar el valor exacto que los jurados otorgaron a cada uno de los indicios.
De este modo, la pipa solo habla por boca de quienes la identificaron, y el uniforme solo prueba una premeditación a la luz de las horas que los testigos lograron reconstruir. Fue la justicia la que, tras los debates, transformó este haz de presunciones en una declaración de culpabilidad con atenuantes. Conviene distinguir con rigor las distintas etapas: el fuego del 19 de enero, el objeto hallado al día siguiente, las versiones encontradas sobre los desplazamientos de Montellier y, finalmente, el veredicto. La crónica judicial nada gana con confundir la sospecha, los argumentos de la acusación y la deliberación del jurado.
