La noche del 10 al 11 de septiembre de 1795, el fuego se declaró en la hacienda del campesino Häusler, en Schärtendorff, en las inmediaciones de Grüneberg. A pesar de los esfuerzos de auxilio, la vivienda principal y tres granjas colindantes quedaron reducidas a cenizas. Pereció parte del ganado, así como un muchacho de trece años que dormía en el pajar. Apenas había sofocado la aldea aquel primer siniestro cuando se desató otro, la noche siguiente, en el confín opuesto de Schärtendorff, en la propiedad del hortelano Seiffert. El Pitaval tasa en más de 1500 táleros los estragos provocados por ambos desastres. Ningún rostro sospechoso había sido sorprendido al resplandor de las llamas; ningún latrocinio apuntaba a un móvil evidente. Pronto, no obstante, los vecinos advirtieron la ausencia de un hombre a quien hasta entonces habían tenido por pacífico.
Christian Krischke no se había dejado ver ni tras el primer incendio ni después del segundo. Varios convecinos salieron en su busca por campos y matorrales, hasta hallarlo oculto entre las altas cañas de un cañamar. Mostró espanto, mas no intentó darse a la fuga. Al imputársele haber prendido fuego a las haciendas, refiere la crónica que admitió los hechos sin dilación. Disponía así la aldea de una confesión; restaba desentrañar de qué modo un sujeto reputado intachable había podido precipitarse en semejante abismo, y qué crédito merecían las explicaciones que ofreció con posterioridad.
La crónica alemana, publicada en 1860, retrata a Krischke como a un bracero estimado. Rondaba entre los cuarenta y los cincuenta años, era viudo desde hacía tres y moraba bajo el techo de su hijastro Häusler, al tiempo que se ganaba el sustento como jornalero en diversas fincas. Su pastor eclesiástico y varios de sus patronos, a decir del compilador, encomiaban su conducta y su asidua concurrencia a los oficios divinos. Esta semblanza retrospectiva dista de ser una hoja de servicios imparcial: permite al narrador remarcar el abismo existente entre la estimación del vecindario y la atrocidad del crimen admitido.
En la misma hacienda servía Elisabeth Seiffert, una joven sirvienta del lugar. Krischke se había prendado de ella y le había ofrecido las dádivas nupciales que la crónica refiere como consuetudinarias en aquella condición social. Sus esponsales debían celebrarse por San Juan; sin embargo, el padre de la moza, el hortelano Seiffert, exigió que concluyera de previo su año de servicio, postergándose la boda hasta la Navidad. El Pitaval erige esta dilación en el verdadero punto de quiebre. Krischke sospechaba de su hijastro Häusler —a la par su hospedador y patrono—, si bien nunca afirmó haberlo sorprendido en intimidad con Elisabeth. El legajo no demuestra la existencia de trato carnal alguno: consigna los celos del encausado y los rumores que terceros le habrían insuflado al oído.
La interdependencia de aquel trío gravita, en el texto, sobre cada interpretación de los hechos. Häusler encarnaba al rival supuesto, al amo de la explotación y al sostén material de Krischke; Elisabeth laboraba sometida a su autoridad patronal. Se hizo creer a Krischke, según se refiere, que el enlace lo dejaría sin techo, o que el padre de la novia terminaría por denegar su consentimiento. Llegó a sopesar la idea de partir con los cien táleros que tenía ahorrados para afincarse en otro paraje, pero desistía de su propósito cada vez que contemplaba de nuevo a Elisabeth y escuchaba la dulzura de su habla, según sus propias palabras transcritas. Escasos días antes de los siniestros, llegó a visitar con el mayordomo del dominio una parcela donde erigir una choza y vivir por su cuenta. Tales propósitos emanan de la pluma del cronista; el testimonio de Elisabeth, empero, jamás se transcribe de manera directa.
El 10 de septiembre, Krischke estuvo ocupado en labores de huerta en un molino. Regresó hacia las ocho de la tarde; la dueña de la casa y sus hijos se hallaban en la estancia común, al tiempo que Elisabeth y otros criados permanecían todavía en las faenas agrícolas. Volvió a salir con dirección a casa de un destilador y bebió primero un vasito de aguardiente. La conversación trabada con un tratante de ganado atrajo nuevas libaciones: la crónica computa tres medidas, seguidas de otras tres apuradas de una redoma que ocultaba bajo el capote. No retornó a la granja hasta las diez de la noche, cuando los moradores ya se habían recogido.
Penetró a través del establo contiguo a la recámara de Elisabeth y golpeó el delgado tabique. Inquirió si dormía ya; ella le replicó que era hora de entregarse al reposo y que debía dejarla en paz. El compilador se interroga sobre qué aguardaba Krischke de aquella respuesta, mas confiesa ignorarlo. Solo consigna que, tras encenderse en cólera, el jornalero se replegó hacia su camastro. Cuando se disponía a acostarse, declaró haber escuchado una voz que le intimaba prender fuego.
La crónica no precisa la modulación ni el tenor exacto de aquellas palabras; no da fe de aparición ni de destello alguno. Krischke sostuvo haber percibido una voz, sin ofrecer de inmediato un sentido nítido de la misma. Se vistió de nuevo, saltó por la ventana de su aposento para eludir la estancia común y trancó por fuera la puerta principal de la casa. Empuñó el eslabón, el pedernal, la yesca y una mecha de azufre que había llevado consigo por la mañana para encender lumbre en el campo. Valiéndose de la yesca encendida, arrimó el fuego al alero inferior de la techumbre de paja y huyó a campo traviesa en demanda del bosque.
El Pitaval no reconstituye los pasos ni los remordimientos del reo a lo largo de las horas subsiguientes. Se limita a señalar que anduvo veinticuatro horas vagando en soledad entre rastrojos y zarzales, sin más alimento que el aguardiente remanente en su frasco. La noche venidera, al tenor de las declaraciones de Krischke recogidas en la obra, confirió una nueva lectura al mandato escuchado: la voz no le había señalado dónde prender la llama; tal vez el castigo debía enderezarse contra el padre de Elisabeth, causante de la postergación de sus bodas. Hacia las tres de la madrugada, desanduvo el camino hacia la aldea e incendió la vivienda del hortelano Seiffert empleando idéntico procedimiento. En esta ocasión, los auxilios acudieron con mayor presteza y las llamas no lograron propagarse a las granjas vecinas.
Consumado este segundo estrago, Krischke se arrojó a un estanque con el designio confesado de perecer ahogado; no logrando mantener la cabeza bajo el agua, salió del cenagal y reanudó su errancia entre los sembrados. Fue descubierto en el cañamar. El texto subraya la reaparición de su conciencia moral tras el delirio y su anhelo de purgar las consecuencias del crimen, si bien no disponemos de otra versión que la trasladada por el compilador. Lo que queda fijado en el relato es una sucesión estricta: un primer incendio, una jornada de deambulación errática, una segunda hoguera, una tentativa de suicidio por inmersión y, por último, el arresto seguido de la confesión judicial.
La instrucción sumarial, anota el Pitaval, no ofreció tropiezo alguno merced al allanamiento y reconocimiento explícito del inculpado. La sentencia fue pronunciada el 25 de marzo de 1796: pena de muerte en la hoguera. El volumen no reproduce el auto de acusación ni las minutas del tribunal; hilvana el relato procesal intercalándolo con las pláticas espirituales sostenidas en prisión. Krischke confiaba en un principio en ser decapitado antes de que su cadáver fuese pasto de las llamas. Tras reiteradas visitas, el pastor de almas le habría hecho ver que, habida cuenta de la atrocidad de su delito, debía ser quemado vivo. El violento contraste entre semejante expectativa y la severidad del fallo atribuido al tribunal confiere una sombría gravedad al pasaje, sin que nos sea factible compulsar la providencia original.
La voz misteriosa volvió a ser objeto de examen en los coloquios con el clérigo. Este procuró persuadir a Krischke de que no había escuchado sino el eco de su propia voz interior, espoleada por los vapores del alcohol y el furor de la ira, percibida como si procediese de un tercero. Krischke adujo que no reconoció al emisor al momento de arrimar la lumbre a la techumbre. Solo a posteriori, tras meditar en su fuga, dio en creer que se trataba de la voz del Altísimo, que demandaba escarmiento primero sobre Häusler y más tarde sobre Seiffert. Jamás invocó el influjo del demonio ni la instigación de cómplice terreno alguno. Esta interpretación sobrevenida, transmitida por el pastor y perpetuada por el Pitaval, no acredita providencia divina ni diagnóstico clínico moderno; evidencia únicamente cómo el encausado, el ministro de la fe y el compilador dotaron de sentidos divergentes a un mismo relato de hechos.
El 2 de abril se le notificó formalmente el fallo condenatorio. Krischke manifestó de inicio su voluntad de apelar, mas desistió de manera voluntaria a los pocos días, suscribiendo de su puño y letra la aceptación de la condena comunicada. La crónica hace constar el acompañamiento de dos pastores y sus continuas muestras de contrición. El 4 de junio se le anunció que la ejecución del suplicio tendría lugar el día 10. Los propios vecinos habían asumido su custodia sin percibir emolumento alguno; según el autor, el reo suplicó que cuatro de los ciudadanos que lo habían custodiado tuvieran a bien escoltarlo hasta el lugar del patíbulo.
En la mañana del 9 de junio fue trasladado a Schärtendorff, donde demandó el perdón de Häusler y Seiffert; Elisabeth acudió asimismo a su requerimiento, según refiere el cronista. Al amanecer del día siguiente, 10 de junio, la curia criminal constituyó tribunal a cielo abierto en las afueras de la aldea. La crónica da cuenta de dos cercos concéntricos: uno destinado a los jueces y magistrados, otro reservado al concurso del pueblo, todo ello resguardado por un considerable despliegue de fuerza pública: doscientos milicianos de Grüneberg, cincuenta mozos del pueblo y doscientos dragones de caballería. El juez formuló breves preguntas sobre los extremos capitales de la causa. Krischke respondió asintiendo con la cabeza y con un hilo de voz. Inquirido sobre si había prendido fuego deliberadamente por espíritu de venganza, se limitó a encogerse de hombros mientras elevaba los ojos con ademán penitente. Leída la sentencia, se procedió a quebrar la vara blanca de la justicia y se dio por levantada la sesión.
El suplicio se verificó en un paraje inmediato. Hacia las ocho y media de la mañana, Krischke fue entregado a los verdugos y atado a la picota sobre la pira; el testimonio judicial consigna que el cuerpo quedó reducido a cenizas antes del mediodía. El compilador aventura luego, huérfano de prueba documental alguna, la conjetura de que se le suministró pólvora oculta para acortar su agonía: conjetura pura, distanciada de todo hecho probado. Alude, por último, a una supuesta oleada de incendios provocados que asoló por entonces Silesia, juicio de orden general propio del autor del Pitaval antes que estadística debidamente acreditada.
Las dos noches aciagas de Schärtendorff quedan así clausuradas en la forma de un cuadro ejemplarizante donde el compilador articula despecho, embriaguez, confesión y rigor punitivo. El texto no restituye los autos originales ni consiente verificar cada palabra atribuida a los intervinientes. Revela, con todo, la superposición de diversos relatos: la aldea que descubre el fuego, el culpable que asume su falta, el teólogo que desentraña el origen de una voz y el memorialista que ensambla tales piezas para destilar una advertencia moral. Aquella voz permanece en el centro del misterio judicial, sin que la letra archivada permita dirimir jamás su verdadera procedencia.
