El 15 de junio de 1724, Peter Curtis compareció ante la muerte presentándose como el hombre que había rehusado provocar un incendio. Una mujer lo había instigado a robar la vajilla de la casa donde trabajaba y a prenderle fuego para que los objetos sustraídos se diesen por consumidos entre las llamas. Curtis sostuvo que se había negado a quemar la vivienda. Con todo, se había apoderado de una considerable cantidad de platería, lo bastante para que las pesquisas diesen con él y condujeran a su condena. Al pie del patíbulo, declaró ante la multitud que quienes habían planeado abrasar la morada y a sus moradores quedaban libres de castigo, mientras que él perecía por el hurto.
Curtis, también apodado Friend, había nacido en el campo, de padres honrados y laboriosos. Le procuraron una plaza de aprendiz junto a un carpintero de ribera, con la esperanza de abrirle un porvenir más holgado de lo que osaban esperar. Peter detestó el oficio desde el primer día. Se hizo a la mar con su maestro en una o dos ocasiones, antes de aprovechar la primera oportunidad para fugarse. Ansiaba entregarse a los placeres y no toleraba nada que le recordara la fatiga del trabajo. Más tarde reconoció que la Providencia le había impedido hallar en esa vida la holgura ambicionada; le resultó, a la postre, más penosa que el oficio abandonado.
Entró al servicio de varios caballeros principales, conservando durante años una reputación decorosa. Cuando resolvió volver al mar, prefirió el puesto de trompeta a su antiguo quehacer de carpintero, tras haber aprendido a tocar dicho instrumento en casa de un antiguo señor. Se enroló en el Salisbury durante la expedición de sir George Byng hacia el estrecho de Mesina, donde la escuadra española fue atacada y deshecha. Curtis escapó sin heridas, a pesar de las muertes y mutilaciones sufridas por la tripulación de su navío. Sirvió después en un regimiento de dragones y logró ahorrar ochenta libras. Pudo haber empleado esa suma en forjarse un nuevo destino; el cronista anota que fue apartado de ello por una mujer con quien se avecindó y convivió algún tiempo maritalmente.
Curtis había salido asimismo fiador de una cuantiosa deuda contraída por un camarada que lo dejó desamparado frente a los pagos. El acreedor supo que preparaba su embarque y quiso retenerlo. Al no lograr su arresto por la vía de los apremios por deuda, urdió, según la crónica, una querella criminal. Curtis fue conducido a la prisión del Poultry Compter. Un magistrado acabó disponiendo su libertad, pero el acreedor hizo que lo apresaran de inmediato por la deuda civil. El encierro, la falta de vituallas y la ausencia de horizontes lo sumieron en el desaliento. La crónica atribuye a los reclusos que frecuentó en aquella casa de detención un influjo decisivo: Curtis habría comenzado a persuadirse de que era lícito enriquecerse a expensas ajenas.
Tras alcanzar un concierto con su acreedor, abandonó la prisión y halló acomodo junto al señor Fluellen Aspley, reputado mercader de porcelana radicado cerca de Stocks Market. La mujer que había convivido con él continuaba instándole a despojar a su amo. Sostenía que, merced a sus contactos en las zonas rurales, podría dar salida a mercancías de porcelana por valor de hasta mil libras. Curtis vacilaba; preguntó de qué modo obrar sin levantar recelos. Ella replicó que debía fiarse de su juicio y le expuso que, tras franquearle la entrada al mozo y entregarle las piezas, podía provocar un incendio para fingir que los géneros habían sucumbido al fuego.
La idea de calcinar la casa se le antojó tan aterradora que rechazó esa parte de la trama. Aceptó, no obstante, sustraer un lote considerable de vajilla de plata y se lo confió a la mujer. Cuando esta intentó venderlo, fue aprehendida y el robo quedó al descubierto. Las autoridades carecían al principio de indicios directos contra Curtis, por lo que fue puesto en libertad bajo sospecha. El propio señor Aspley intercedió en su favor. Poco después, nuevos testimonios e indicios lo señalaron como el autor principal de la sustracción. Fue detenido una vez más, juzgado en la sesión penal inmediata y sentenciado a muerte.
Bajo condena capital, Curtis dio al principio muestras de piedad. Rezaba con fervor, confesó largamente sus culpas y realizaba cuanto, a juicio del cronista, pudiera persuadir a los demás de un sincero arrepentimiento. El relator acabó, no obstante, juzgando fingida dicha conducta. Curtis y otros reos confiaban en obtener el perdón o en quebrantar la prisión. Habían aflojado sus grilletes y preparado una evasión que, según la relación de los hechos, se habría cobrado la vida de los guardianes. La conjura fue descubierta el sábado previo a la ejecución. Al percatarse de que su anhelo de gracia no se cumpliría, el texto lo describe al fin compungido, aunque apenas mediaba ya tiempo antes de la muerte.
Frente a la multitud congregada, se mostró sereno y de templado ánimo. Dirigió la palabra a los curiosos para evocar de nuevo la propuesta de incendio formulada por su compañera. Declaró que aquellos que concibieron prender fuego a la morada y a cuantos moraban en ella andaban libres, mientras que él expiraba sin haber consentido semejante atrocidad. Tal aseveración procedía de sus propios labios; en nada mitigó la sentencia que pesaba sobre él por el hurto de la platería. Tampoco desvelaba los nombres de las personas aludidas ni la suerte procesal que cupo a estas.
Fue asimismo interrogado acerca de una maleta de viaje y de unas mil cuatrocientas libras que habrían sido ocultadas. Curtis no negó haberlas escondido. Manifestó que se hallaban en Finchley Common y que había tomado por señas de un embajador un escudo de armas con un águila exployada. Era igualmente sabido que lucía un anillo con un brillante engarzado. Al inquirírsele sobre su procedencia, eludió responder con franqueza y se mostró contrariado por ser importunado a las puertas de la muerte. La crónica preserva tales indicaciones sin determinar a quién pertenecían dichos caudales ni por qué medios se habían obtenido.
Curtis murió a la edad de unos treinta años. Su peripecia enlaza una condena por robo con sucesivas decisiones adoptadas bajo el ascendiente de terceros: el acoso del acreedor para verlo entre rejas, la porfía de su concubina para expoliar a Aspley y el plan de fuga que la crónica le achaca. No fue encausado por haber prendido fuego a la casa; juró haberlo rehusado. Fue, sin embargo, ajusticiado por el despojo que a todas luces perpetró y sobre el cual los nuevos datos procesales habían asentado su culpabilidad. Su última arenga no borraba el delito cometido, sino que desahogaba su rencor contra quienes consideraba instigadores de una felonía mucho más sangrienta.
