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Venenos y herencias · Francia

El médico entre dos hermanos

Castaing: dos herederos, un testamento desaparecido y un veredicto que distingue entre los muertos

La hermana del enfermo se había cambiado de ropa para intentar entrar en su alcoba. Puesto que le decían que su presencia alteraría a Hippolyte, había tomado prestados los hábitos de una sirvienta; tal vez así él no la reconociera. El doctor Castaing se negó de nuevo. La señora Martignon tuvo que permanecer al lado, reducida a escuchar la voz de un hermano a quien su amigo pretendía proteger.

Esta escena, consignada en la memoria del proceso, sitúa de entrada a Castaing en el punto neurálgico del asunto: entre el enfermo y los demás. Gozaba de ese doble crédito que otorgan la amistad y la medicina. Hippolyte Ballet padecía desde hacía tiempo una afección pulmonar; tener cerca a un joven facultativo solícito constituía un consuelo. La familia no podía sospechar un crimen tras cada puerta cerrada, del mismo modo que un paciente no puede fiscalizar cada cuidado que se le prodiga.

Castaing había cursado sus estudios con brillantez y obtenido el título en 1821. Sus inicios profesionales le reportaban escasos ingresos. Una relación amorosa e hijos incrementaban sus cargas; una antigua deuda, avalada a favor de un amigo, le causaba apremiantes apuros. Su madre negociaba prórrogas con el acreedor, mientras que su padre se negaba a subsanar sus imprudencias. De pronto, en octubre de 1822, el hombre incapaz de reunir unos cientos de francos dispuso repentinamente de cien mil. Esta metamorfosis financiera adquiriría, tras una segunda muerte, un relieve que ningún encomio a su entrega profesional podría borrar.

Hippolyte y su hermano Auguste habían heredado una fortuna cada uno. El primero, enfermo y más ahorrador, se inquietaba por los dispendios del segundo. Se había considerado otorgar un testamento, acaso ya formalizado, a favor de la hermana. Cuando Hippolyte falleció, el 5 de octubre de 1822, no se halló documento alguno de tal naturaleza. La sucesión recayó en lo esencial sobre Auguste. Una autopsia, en la que intervino Castaing, dictaminó una muerte por causas naturales. Nada, en aquel momento, dio pie públicamente a una sospecha de envenenamiento.

En cambio, el dinero circuló. Auguste hizo líquidos cien mil francos y acudió al Banco de Francia junto a Castaing. Pocos días después, el doctor efectuaba una cuantiosa inversión, prestaba treinta mil francos a su madre y entregaba cuatro mil a su amante. La suma correspondía con exactitud al dinero obtenido por Auguste. Quedaba por esclarecer la causa de tal desembolso y bajo qué pretexto lo había percibido Castaing.

La acusación planteó una explicación fundada en las manifestaciones de Auguste y los testimonios de sus allegados. Castaing le habría inducido a creer que Lebret, antiguo pasante de su padre, guardaba un testamento desfavorable y que accedería a destruirlo a cambio de una suma pecuniaria. El dinero destinado a comprar dicha destrucción jamás llegó a manos de Lebret. Las pesquisas practicadas en sus cuentas no arrojaron indicio alguno; condujeron, en cambio, a las colocaciones e ingresos del médico. Lebret pasó a figurar como el intermediario ficticio de una transacción cuya existencia ignoraba por completo.

Para Castaing, aquellos cien mil francos tenían un origen distinto: Auguste habría querido respetar una disposición de última voluntad de Hippolyte en su favor. No obstante, sus versiones fluctuaban, y varios testigos referían el relato de un testamento suprimido. La desaparición del documento había procurado una ventaja temible: cualquiera podía atribuirle el contenido que conviniera a su propio relato. Lo que ya no existía gobernaba de allí en adelante los designios de los vivos.

Auguste otorgó a su vez un testamento en el que instituía a Castaing como heredero principal. La amistad, sin embargo, parecía enfriarse; Auguste gastaba sin mesura y exteriorizaba reparos hacia su compañero. A finales de mayo de 1823, el médico encomendó el testamento a su primo Malassis, oficial de notaría. Luego, ambos hombres partieron en una breve excursión. Tomaron una habitación de dos camas en la posada de la Tête-Noire, en Saint-Cloud. Auguste había salido de París con una salud tan restablecida que sus allegados habían ponderado su buen aspecto.

La estancia derivó pronto en enfermedad. Tras una velada en la hostería, Auguste comenzó a sufrir fuertes dolores y vómitos. Castaing se ausentó de madrugada, viajó a París, realizó compras en despachos de farmacia y regresó alegando haber dado un paseo. Las adquisiciones, entre las que se contaba un preparado a base de morfina, fueron localizadas por los investigadores. El paseo había conducido al médico ante unos mostradores cuyos boticarios bien podían recordarle. Había dejado atrás a un enfermo para regresar con un secreto; la instrucción indagaría qué mudaba semejante secreto en su papel de sanador.

Auguste reclamó la presencia de un médico local. El doctor Pigache intervino, observó una mejoría y hubo de ser llamado con urgencia al agravarse de forma súbita el cuadro del paciente. Entretanto, Castaing había mandado pedir las llaves del escritorio de Auguste. El criado Jean, desconfiado, prefirió llevarlas en persona. En la alcoba, la agonía y la herencia progresaban al unísono: se bregaba por salvar una vida mientras sus papeles ya eran objeto de diligencias.

Auguste falleció el 1 de junio. Castaing exteriorizó su pesar, mas reconoció al punto su condición de heredero. Pelletan, convocado a la cabecera del difunto, juzgó el cuadro lo bastante sospechoso como para ordenar la autopsia. El resultado no acreditó un envenenamiento: no se detectó vestigio alguno de tósigo. El doctor pudo pensar que semejante dictamen le devolvería la libertad. Quedó, sin embargo, bajo arresto. La instrucción se disponía a buscar en sus actos, sus finanzas y sus contradicciones lo que el examen cadavérico no había logrado demostrar.

La vista oral se abrió en noviembre de 1823. Tres extremos convergían en ella: la muerte de Hippolyte, la destrucción de su testamento y la muerte de Auguste. Preciso es deslindarlos, pues la notoriedad de Castaing tendió con frecuencia a confundirlos bajo la etiqueta de un doble envenenamiento. Respecto a Hippolyte, las pruebas resultaron insuficientes; este cargo fue abandonado durante los debates. En cuanto a Auguste, la ausencia de hallazgos toxicológicos se convirtió en el eje de una enconada pugna entre los peritos médicos, la acusación y la defensa.

Orfila admitió que la sintomatología podía corresponder tanto a un envenenamiento como a una patología natural. Los letrados Roussel y Berryer insistieron en esta duda razonable. El ministerio público replicó esgrimiendo el conjunto de los indicios: las compras de fármacos, las maniobras en torno al testamento, las llaves, las mendacidades y el flujo del dinero. Acudieron pacientes a deponer en favor de sus cuidados desinteresados y de su caridad. Aquellos recuerdos no zanjaban la incógnita del crimen; obligaban, cuando menos, a considerar a un hombre cuya vida no coincidía del todo con la vileza que se le imputaba.

El jurado absolvió a Castaing de la muerte de Hippolyte, lo declaró culpable de la destrucción del testamento y, por una ajustada mayoría de siete votos contra cinco, del asesinato de Auguste. Se dictó la pena de muerte. Tras ser desestimado su recurso de casación, fue guillotinado el 6 de diciembre de 1823. Las crónicas posteriores se han pronunciado a veces con una certidumbre mayor que la del propio veredicto. El caso, no obstante, conserva su complejidad: un haz de conductas sospechosas convenció a la mayoría, aun cuando la ciencia no aportara la certidumbre material anhelada.

Al principio, una hermana aguardaba tras una puerta, convencida de que se le vedaba el paso por el propio bien de su hermano. Al término del juicio, los jurados debieron dirimir qué había permitido encubrir ese mismo crédito profesional. Entre ambos extremos, los muertos habían legado sus caudales; los vivos, unas justificaciones ya irreconciliables. Y aquel documento desaparecido continuaba pesando sobre todos ellos, careciendo ya de la consistencia misma de una hoja de papel.

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Un criado acude a entregar unas llaves a la posada y comprende que se adentra en las últimas horas de un heredero. Una novela corta sobre el dilema y el deber de dar la alarma.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

Se consultó íntegramente el capítulo sobre Castaing de la obra A Book of Remarkable Criminals, publicada por H. B. Irving en 1918. El texto pormenoriza los movimientos de fondos, la estancia en Saint-Cloud y los tres cargos sometidos a deliberación del jurado. La crónica preserva la distinción esencial del fallo: absolución por la muerte de Hippolyte Ballet, condena por la destrucción del testamento y por el envenenamiento de Auguste. La ausencia de tóxico detectado en la autopsia no se transfigura en una prueba material concluyente.

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