El mozo de la tienda sabía bien que su patrona no había subido a aquel tren. Había aguardado en el andén con el único propósito de ver partir a la señora Boyer; ni ella ni Vitalis habían acudido a la cita. A la mañana siguiente, cuando este último relató con fingida soltura que la había acompañado hasta la estación, el muchacho no osó llevarle la contraria. Acababa de comprender que una broma trivial podía servir de velo para encubrir algo ante lo cual convenía no sonreír.
Léon Vitalis le había prometido gastar una chanza a su amante: dejarla instalarse en el convoy rumbo a Montpellier y escabullirse a hurtadillas antes del silbido de partida. El joven empleado, enterado de las frecuentes disputas que sacudían el hogar, creyó ver allí una ocurrencia festiva y quiso presenciar el desenlace. Aquel desplazamiento inútil mutaba de pronto en un testimonio inapelable. Al pretender fabricarse un cómplice para su supuesta jovialidad, el homicida se había procurado, sin saberlo, un testigo ocular de su propia falacia.
La madre, la hija y el librero
Tres años antes, en 1874, el fallecimiento del señor Boyer había dejado en Montpellier a una viuda, una hija apenas adolescente y un acaudalado patrimonio. El antiguo negociante había legado el grueso de sus bienes a Marie, su hija; su esposa debía administrar los cuantiosos réditos hasta la mayoría de edad de la heredera. Léon Vitalis, un modesto empleado de librería convertido en amante de la señora Boyer, frecuentaba ya los entresijos de la familia bajo la máscara complaciente de un pariente solícito y servicial.
El relato de H. B. Irving, cimentado en un folleto judicial y en las minutas de las vistas orales, ensombrece con crudeza el carácter de ambas mujeres. Pretende descubrir en la madre a una libertina descarada, en la hija a una joven egoísta, y colige de su hermosura o de su devoción religiosa deducciones morales que nada obliga a suscribir hoy en día. Los hechos desnudos bastan para esclarecer el drama: una viuda poseía la hacienda, una doncella iba a heredarla, y un advenedizo ambicionaba de forma sucesiva, y más tarde simultánea, el lecho y el caudal de la una y de la otra.
La señora Boyer no tardó en retirar a Marie del convento. Dotó de fondos el negocio de Vitalis, quien comerciaba con libros de lance al tiempo que practicaba la usura y el préstamo privado. Pronto advirtió la viuda los desvelos que el librero profesaba a su propia hija. Enviada a Lyon bajo el pretexto de continuar su educación, la joven trabó con él un clandestino e incesante intercambio epistolar. A su regreso, la rivalidad ya no admitía sospechas veladas; envenenaba las comidas familiares, las ausencias, los giros del lenguaje y hasta los silencios más elocuentes.
Una muchacha no se halla prevenida para convertirse en la rival amorosa de su madre. Ni una madre logra preservarse transformando a su estirpe en testigo directo de su intimidad. A Vitalis, por su parte, le convenía sobremanera que cada una achacara sus pesares a la conducta de la otra.
Dos tiendas para tres personas
En enero de 1876, se esfumaron del hogar de la señora Boyer valiosos títulos de crédito. Presentó una denuncia para retirarla poco después. Tiempo más tarde, reprochó agriamente a Vitalis el haberse lucrado con aquel botín. La confianza yacía quebrantada, mas la ruptura formal no llegó a consumarse. Él se marchó una temporada a París; madre e hija lamentaron su partida con idéntico fervor, y aquella espera compartida remendó lo que la ponzoña de los celos debió haber destruido para siempre.
Al llegar el otoño, ambas mujeres buscaron nuevo asiento en Marsella. La señora Boyer adquirió dos establecimientos contiguos en la rue de la République: una quesería para ella y una tienda de modas para Marie. Tras los escaparates, una sala, una cocina y una estancia lóbrega hilvanaban su vida cotidiana; bajo las baldosas de la cocina se abría un sótano. El mismo recinto concebido para garantizar su independencia mutua iba a emparedar a los tres protagonistas en un vecindario sin escapatoria.
Vitalis se unió a ellas en los primeros compases de 1877. Consiguió un poder notarial para gestionar sus caudales y negociar el traspaso de los comercios, cuyos rendimientos distaban de satisfacer las expectativas. A Marie le insinuó la promesa de una fuga compartida. No obstante, sus gestiones no lograron hallar comprador a un precio estimable, y la señora Boyer, restablecida de una repentina dolencia, resolvió expulsarlo de la casa. El aventurero perdía a la vez a su protectora, el control de los fondos y el pasaporte para llevarse consigo a la hija.
En semejante atolladero germinó la determinación criminal. La crónica de la época refiere que Marie titubeó antes de dar el pláceme al funesto designio de Vitalis. Mas resultaría ocioso trocar aquella vacilación en marchamo de inocencia: dispuso después de sobradas coyunturas para pedir auxilio, abrir de par en par las puertas y desbaratar lo que se urdía en la sombra. El ascendiente psicológico esclarece una sumisión; no extingue la responsabilidad de los actos materiales.
El último plazo concedido
La mañana del 19 de marzo de 1877, la señora Boyer salió para asistir a los oficios divinos. Había advertido de manera tajante a Vitalis de que no toleraría hallarlo en el inmueble a su regreso. Mas cuando volvió, él continuaba allí. El mozo fue despedido apresuradamente con el pretexto de ventilar una grave disputa de familia. La socorrida excusa, de tan trivial que no despertaba recelo alguno, facilitó el manto de silencio imprescindible.
Vitalis se abalanzó sobre la señora Boyer en el salón. Ella gritó pidiendo socorro a su hija. Marie no acudió a auxiliarla: trancó las puertas de las tiendas y prestó su concurso al homicidio. Huelga relatar con crudeza la pugna; basta consignar que la víctima ofreció feroz resistencia, que el verdugo precisó de ayuda exterior y que dicho auxilio le fue suministrado puntualmente por aquella a quien la agonizante imploraba.
Ocultaron el cadáver en las profundidades del sótano. Al retorno del sirviente, Vitalis urdió la fábula del viaje a Montpellier y la pretendida burla en la estación. Los dos cómplices disponían ahora de la noche entera; mas no disponían de la tierra blanda que contaban con remover. Bajo el piso del sótano, la roca viva frustró la sepultura. La propia vivienda denegaba físicamente el secreto que sus moradores pretendían confiarle.
Resolvieron entonces transportar los despojos extramuros. La dársena del puerto ofrecía excesivo tránsito; a la jornada siguiente, cargaron dos bultos informes en una carreta. Un oficial de aduanas los interceptó al paso. Vitalis alegó con aplomo que conducía equipajes ordinarios. Sobresaltados por aquel encuentro fortuito, concluyeron su trayecto arrojando la macabra carga en una zanja, donde la recubrieron a la ventura con piedras y arena.
La tienda bajo sospecha
Desde su infructuosa vigilia en los andenes, el mozo vigilaba los movimientos de la casa. No se le escapó la partida furtiva con la carreta al amparo de las sombras. Paralelamente, una vecina del barrio había advertido detalles anómalos que suscitaban su desconfianza. Cruzaron sus impresiones y acudieron al despacho del comisario. Aquello desbordaba la simple maledicencia de portalada: diversas circunstancias inconexas confluían inexorablemente en una misma y enigmática ausencia.
En el instante preciso en que el comisario prometía iniciar las pesquisas, llegó la noticia del hallazgo de los fardos. Hizo comparecer de inmediato al mozo, quien reconoció a su patrona merced a las prendas de vestir. Los desesperados manejos ejecutados para hacer el cadáver inidentificable no habían logrado borrar todo lo que la mirada cotidiana de un criado podía distinguir en la persona a la que trataba a diario.
Vitalis y Marie fueron apresados cuando ultimaban los preparativos de la fuga definitiva. En un primer término sostuvieron la patraña de que la señora Boyer había marchado por su propio pie, para terminar confesando la verdad ante el juez de instrucción Proal. La mentira del tren, el traslado de los fardos, el desenterramiento del cuerpo y sus propias declaraciones conformaban en adelante un relato cuyo desenlace ya no les pertenecía dominar.
Dos sentencias dispares
El juicio oral dio comienzo en Aix a primeros de julio de 1877. El ascendiente de Vitalis sobre Marie parecía aún tan determinante que se dispuso apartar al acusado durante parte del interrogatorio de la joven. El tribunal de jurados reconoció en favor de la muchacha circunstancias atenuantes: fue sentenciada a la pena de trabajos forzados a perpetuidad. Sobre Vitalis cayó el castigo capital, siendo guillotinado el 17 de agosto. Irving señala en sus páginas que Marie obtuvo la libertad en 1892, tras acreditar una conducta penitenciaria irreprochable.
La disparidad de los fallos no traza una línea divisoria tajante entre un cerebro criminal y una marioneta sometida. Denota únicamente el modo en que la administración de justicia calibró sus respectivas culpas. La señora Boyer jamás regresó a las dos tiendas de la rue de la République. La herencia que había transformado a su hija en codiciado botín para Vitalis no llegó a franquearle a esta última ninguna de las luminosas puertas prometidas.
En el origen de la trama, cada cual había pretendido señorear el porvenir: la viuda reteniendo al amante, el seductor usurpando el patrimonio y la doncella emprendiendo con él una nueva vida. Al término de la tragedia, no quedó sino un asiento desierto en un vagón y un muchacho que había acudido a contemplarlo por simple pasatiempo. El crimen fracasó en su anhelo de disolución porque alguien había aguardado en vano a una mujer que ya no podía acudir.
