En la iglesia de Brangues, Antoine Berthet permaneció en pie. Los testigos repararían en ello más tarde: mientras los demás fieles seguían el curso de la misa, él no se arrodillaba. A escasos pasos, la señora Michoud ocupaba su sitio junto a sus hijos, uno de los cuales había sido alumno suyo. Berthet había frecuentado su casa, gozado de su confianza y educado a aquella familia antes de convertirla en escenario de su rencor.
Los disparos resonaron en el momento de la comunión, aquel 22 de julio de 1827. La señora Michoud cayó herida; Berthet volvió el arma contra sí mismo. El cirujano Morin, que bajó de la tribuna al estruendo de la primera detonación, socorrió primero al joven y luego fue requerido junto a la mujer, trasladada ya a su domicilio. Ambos sobrevivirían. La precisión reviste importancia: la causa que serviría de sustancia a Rojo y negro fue una tentativa de asesinato, no el homicidio consumado que ciertas memorias le han atribuido erróneamente.
El hijo del herrador
Berthet procedía de una familia de artesanos. Su padre forjaba el hierro en Brangues; él, en cambio, parecía endeble, despierto, poco dotado para las fatigas del taller. Un párroco reparó en sus aptitudes y costeó sus estudios. El seminario brindaba por entonces a ciertos muchachos humildes una senda hacia el saber y un rango social que su cuna jamás les habría concedido.
Aquel amparo no entrañaba la promesa de una ascensión ilimitada. Berthet descubriría pronto que el talento reconocido por un benefactor no se impone por sí solo ante aquellos de quienes depende el curso de una carrera. La enfermedad interrumpió su formación; regresó a la aldea y entró luego al servicio de los Michoud en calidad de preceptor. Halló allí acomodo, consideración y un trato cotidiano con una dama cuya reputación, según subraya la crónica judicial, permanecía hasta entonces intachable.
¿Qué sucedió entre ambos? Los relatos posteriores han resuelto con frecuencia el enigma en detrimento del sumario, tomando prestada de la novela de Stendhal una certeza de la que la historia carece. En la vista oral, la acusación apuntó a un amor adúltero desdeñado; Berthet invocó el ardor amoroso y los celos. Tales palabras expresan únicamente la versión con que pretendió justificar su delito. Por sí solas, no prueban en modo alguno la existencia de una relación correspondida.
Fue despedido. Aquella primera ruptura bien pudo haber quedado reducida a un lance amargo; en su mente, no obstante, se erigió en el origen funesto al que remitiría todos los fracasos venideros.
Las puertas cerradas
Berthet reanudó el camino de los establecimientos eclesiásticos sin lograr afianzarse en ninguno. De Belley a Grenoble, los trámites solo acumularon negativas. Obtuvo luego un nuevo puesto de preceptor en casa de la familia de Cordon, que también hubo de abandonar por motivos que la Gazette refiere con cautela. Vuelto de nuevo hacia la vocación eclesiástica, solicitó admisiones que le fueron denegadas sin excepción.
El matrimonio Michoud encarnó a los culpables designados para aquella sucesión de desengaños. Sin embargo, conforme a lo expuesto en la audiencia, el señor Michoud aún procuraba socorrerlo: intercedió ante diversos seminarios y colaboró en la búsqueda de un empleo para el joven. Tal contraste torna el caso más punzante que una mera historia de persecución: el hombre que pugnaba por abrirle una puerta era tenido por quien se las cerraba todas.
Berthet comenzó a escribir. Las súplicas se tiñeron de reproches; los reproches mudaron en amenazas abiertas. Confió a varios conocidos su resolución de matar a la señora Michoud antes de quitarse la vida. Apenas se concedió crédito a tales avisos, acaso porque semejante violencia parecía inconciliable con el recuerdo que se guardaba del joven preceptor. Ocurre a veces que la propia desmesura de una amenaza le sirve de escudo: se la juzga demasiado atroz para ser cierta.
Había entrado a trabajar en el despacho del notario Trolliet, en Morestel. Aquello no le bastaba. Decíase hastiado de una condición subalterna y persistía en añorar la existencia que juzgaba injustamente arrebatada.
El camino hacia el templo
En el mes de julio se procuró armas de fuego. Los actos preparatorios, la correspondencia y las advertencias previas cobrarían en el juicio un peso capital: permitían acreditar la premeditación, por encima del extravío interior que el reo alegaría más tarde. Llegado el domingo, partió de Morestel hacia Brangues, pasó por la morada de su hermana y se dirigió a la iglesia.
La Gazette reseña la espera tras el banco de la señora Michoud. Conviene no atribuir a la escena pensamientos que ningún testigo pudo haber escuchado. El hecho desnudo encierra ya bastante gravedad: permaneció allí durante el oficio divino, pertrechado con las armas que portaba ocultas. Ella se hallaba acompañada por sus hijos. Ante sus ojos se encontraba, antes de apretar el gatillo, algo mucho más concreto que una perseguidora imaginaria: la mujer a quien culpaba de su infortunio y los niños en cuyas almas su arrebato sembraría el espanto.
El cirujano dio fe de la naturaleza de las heridas y de los primeros auxilios prestados. Berthet preguntó con viva inquietud por la suerte de la señora Michoud. Dicho ademán constó en las actas de la vista, pero no borraba el disparo consumado. El remordimiento pertenece al instante posterior, cuando el cuerpo ajeno padece ya las consecuencias de lo resuelto contra él.
La razón ante el jurado
En diciembre de 1827, el tribunal de lo criminal de Isère asumió la causa. Apenas cabía dilucidar la autoría del atentado: el acusado admitía los hechos, la tenencia de las armas y su presencia en el lugar. Restaba determinar en qué estado mental concibió y ejecutó el designio, y si su alteración aminoraba su grado de culpabilidad.
La crónica del 28 de diciembre revela bien dicha pugna. El ministerio fiscal interrogó a Berthet acerca del itinerario seguido, de sus impresiones y de los instantes en que pudo haber desistido. El reo describió una honda turbación, unos celos que lo cegaban y la oscilación constante entre el deseo de morir a solas y el de arrastrar consigo a la señora Michoud. No obstante, las preguntas de la sala reconducían de continuo aquel torbellino interior a los rigurosos preparativos concertados con antelación.
Las actuaciones judiciales no autorizan hoy un diagnóstico retrospectivo cómodo. Es posible conmoverse ante la angustia del acusado sin dar por probada cada una de sus justificaciones; cabe asimismo constatar la frialdad de los preparativos sin presumir el conocimiento cabal de su fuero interno. Al jurado le correspondió fallar allí donde el lector, dos siglos más tarde, conserva aún la libertad de deslindar los hechos probados de su interpretación.
Berthet fue sentenciado a la última pena y ejecutado en Grenoble en febrero de 1828. La señora Michoud sobrevivió. Su existencia ulterior no se agota en el papel que la historia de las letras acabaría por depararle.
La novela no amortigua los disparos
Stendhal halló en la causa materia prima para Rojo y negro. Con todo, Julien Sorel no es Berthet bajo otro nombre, del mismo modo que madame de Rênal no constituye una declaración tardía sobre la señora Michoud. La ficción transfigura los vínculos, proyecta luces inéditas e inventa voces y destinos. La fuerza de una obra de arte no convalida la verdad documental de aquello que toma en préstamo.
Antes de producirse tal metamorfosis, lo que perdura en el archivo es un joven instruido gracias a la benevolencia ajena, una serie de puestos perdidos, unas amenazas desatendidas, una dama herida en un templo y dos niños presentes en la nave. No hallamos aquí la leyenda de un advenedizo castigado por desear encumbrarse, ni la demostración de que la pasión arrastra fatalmente al crimen. Se trata, en rigor, del instante en que un hombre resolvió que sus agravios le otorgaban derecho sobre la vida de otra persona.
Los libros han preservado para la posteridad su afán de ascenso. Conviene preservar asimismo la memoria del banco de Brangues: la señora Michoud había acudido allí para oír misa, no para convertirse en comparsa de la fatalidad de su antiguo preceptor.
