El hombre al que hubo que hacer salir de su propio proceso era sacerdote. Había matado a un arzobispo en mitad de una iglesia; y he aquí que, en otro recinto donde hombres vestidos de negro pretendían imponerle silencio, interrumpía, protestaba y arrebataba su propia causa a quienes tenían la encomienda de juzgarla. Podían expulsarlo de la sala de vistas. Lo que no podían era suprimir la cuestión que allí había traído consigo: ¿cómo había llegado un eclesiástico a perseguir a su superior hasta el fondo de un santuario para asesinarlo?
El 3 de enero de 1857, en Saint-Étienne-du-Mont, Jean-Louis Verger hirió mortalmente a Marie-Dominique-Auguste Sibour, arzobispo de París. El lugar confería al crimen una trascendencia que rebasaba a sus dos protagonistas. La ceremonia, los fieles congregados, la dignidad de la víctima hacían público, en un instante, un conflicto cuyas vicisitudes habían circulado hasta entonces entre rectorías, dependencias de policía y autoridades religiosas. El asesino no se había limitado a acercarse a un hombre; había elegido el paraje exacto donde su ministerio lo exponía a todas las miradas.
En medio del tumulto, se consignaron ciertas palabras contrarias al dogma de la Inmaculada Concepción. Habrían de brindar a los periódicos una explicación cómoda, casi un titular redactado de antemano: un sacerdote sublevado contra la Iglesia. Mas las fórmulas poseen, para quienes las estampan en el papel, la ventaja de ocupar menos espacio que una vida entera. La de Verger encerraba disputas, querellas y sanciones cuyo encadenamiento convenía examinar con detenimiento, sin convertir cada antiguo incidente en indicio forzoso del asesinato venidero.
Había recibido las sagradas órdenes y ejercido el ministerio. Su ruptura no fue, por tanto, la de un adversario que aguarda en el umbral; procedía de un hombre perteneciente a la institución, a la que aún reclamaba canonjías, medios de subsistencia y reconocimiento. El pormenor no carece de relieve. Un agravio contra un superior podía transformarse, bajo su pluma, en un auto de acusación contra el orden eclesiástico al completo; luego, el mismo individuo tornaba a impetrar la merced de ese orden, aceptaba un retiro de penitencia o parecía desdecirse de sus imputaciones. Entre el deseo de reintegrarse y la voluntad de denunciar, su trayectoria distó de seguir la línea recta que se le atribuyó tras el crimen.
La justicia guardaba en particular memoria de un memorial elevado en septiembre de 1855 contra el párroco de Saint-Germain-l’Auxerrois. Verger había sido convocado ante sus superiores e instado a una mayor moderación. Tras el magnicidio, se inquirió de modo natural si aquella diligencia no entrañaba ya una advertencia. La prensa de tribunales arguyó que de ella no se desprendía amenaza explícita de muerte. Semejante distinción parece modesta; sin embargo, deslinda el examen riguroso de los hechos de esa ciencia retrospectiva merced a la cual todo el mundo, ante una catástrofe consumada, descubre haberla previsto.
Un nuevo escándalo estalló en la Madeleine en febrero de 1856. También en esta ocasión el revuelo requirió la intervención de las autoridades. El facultativo Lassaigne reconoció a Verger, y el dictamen emitido entonces no aconsejó su internamiento. Resultaría tentador tomar aquel reconocimiento por un certificado irrefutable de cordura o, en sentido inverso, apreciar en él un error flagrante. Las actas de la época permiten únicamente constatar una resolución adoptada en aquel preciso instante. Las cuestiones de imputabilidad que suscitó ulteriormente el proceso no admiten ser zanjadas, a la distancia de los años, mediante un diagnóstico sobreañadido a la historia.
Se dispuso una vigilancia. Más tarde, los informes remitidos por la jerarquía eclesiástica parecieron augurar un apaciguamiento: Verger se había trasladado al seminario de Meaux para cumplir un retiro disciplinario. Renunciaba asimismo a un opúsculo publicado en Bélgica, Le Catholicisme régénéré, solicitando que se impidiese su difusión. El movimiento semejaba una vuelta al redil. Se le encomendó una vicaría en Serris; mas el destino no puso fin a las dificultades. Con posterioridad le fueron retiradas las licencias ministeriales, y su paso por los arreglos administrativos de la Iglesia concluyó con una nueva partida.
Regresó a París a finales de diciembre de 1856. La urbe donde ya había atizado el escándalo lo hallaba de nuevo en una situación precaria, abrumado de quejas y apartado del ejercicio regular de su sacerdocio. Se le vio frecuentar las bibliotecas. Este dato, espigado a posteriori, no demuestra propósito delictivo alguno por sí mismo; recuerda tan sólo hasta qué punto la existencia cotidiana continúa prestando sus ademanes a los acontecimientos más extraordinarios. Un hombre solicita un libro. Pocas jornadas más tarde, los mismos testigos releen esa visita como si hubiesen columbrado un arma entre las páginas.
El asesinato del 3 de enero clausuró de manera abrupta el tiempo de las mediaciones y las medidas disciplinarias. Verger fue detenido; la instrucción debió fijar la materialidad de un hecho cuya autoría no ofrecía duda, para determinar seguidamente su grado de responsabilidad y el alcance de las manifestaciones que lo acompañaron. Su condición clerical exponía la causa a dos simplificaciones contrapuestas: presentarlo como el fruto inevitable de una institución aborrecida o no ver en él más que una monstruosidad carente de historia. Ni la una ni la otra daban cuenta cabal de las gestiones, los repliegues y las fracturas documentadas con anterioridad al crimen.
El juicio se celebró el 17 de enero. La defensa articuló la cuestión del estado mental del procesado. Este, empero, no se avenía con facilidad a ser defendido: reclamaba sus legajos, afeaba al ministerio fiscal no haber citado a todos los testigos propuestos y solicitaba un aplazamiento. Sus intervenciones entreveraban tan precisas objeciones con proclamas religiosas, disputando a los magistrados la dirección de los debates. Terminó por ser expulsado. Tal medida restableció el orden material en la sala; mas engendró asimismo una singularísima escena procesal, pues el hombre cuya vida se ventilaba ya no permanecía ante quienes debían disponer de ella.
Pronunciada la condena a muerte, el secretario judicial Commerson acudió a la Conciergerie para darle lectura del curso posterior de los debates y del veredicto. Fue menester hacer llegar la voz del tribunal hasta el presidiario a quien ese mismo tribunal había apartado de su presencia. La Gazette describe entonces a un recluso sujeto a una estrecha custodia, embutido en una camisa de fuerza, a quien se desataban brevemente las manos con el único fin de permitirle estampar su firma. Bajo la grandilocuencia del aparato judicial asomaba esa dependencia palmaria: hasta la interposición de un recurso pendía de la merced de sostener una pluma.
Verger formalizó recurso de casación. En los días subsiguientes, su disposición para con el capellán de prisiones mudó; la crónica lo retrata acogiendo unas veces los auxilios de la religión y rechazándolos otras por temor a que doblegasen su entereza. No procede deducir de tales oscilaciones una postrera confesión de la que carecemos. Baste señalar que revelan la honda zozobra de un hombre que había pretendido alzar la voz contra sus jerarcas y se veía reducido a aguardar el fallo de otros hombres, al tiempo que cada movimiento en el interior de su celda suministraba pasto a la imprenta.
La ejecución tuvo lugar el 30 de enero de 1857. Menos de un mes mediaba entre el crimen y el cadalso. La celeridad de este desenlace satisfizo la exigencia pública de un castigo ejemplar; no despejó, sin embargo, las incógnitas relativas a las alertas pretéritas, las flaquezas de la vigilancia ni el modo en que un conflicto íntimo y religioso había desembocado en la violencia homicida. Sibour yacía muerto. Verger murió a su vez. Entre ambas desapariciones quedaba un haz de quejas y resoluciones oficiales de las cuales ninguna, considerada de forma aislada, daba razón de la causa entera.
Se había comenzado escuchando un grito en un templo; se concluyó examinando aquellas palabras a las que nadie confirió en su hora semejante poder. Es ahí donde este episodio preserva toda su gravedad. No exige tomar partido entre la exculpación y el espanto, sino seguir hasta el final los jalones de una ruptura, con sus vacilaciones, sus yerros verosímiles y esa linde irreparable: el instante en que el hombre que ansiaba ser escuchado arrebató la vida a un semejante.
