Había abandonado a su marido y encontrado una puerta que se abría. En la noche del 6 al 7 de abril de 1832, en Aix-en-Othe, aquella puerta ya no protegió a nadie: el tejado de la casa donde la habían acogido prendió fuego y las llamas alcanzaron luego las viviendas contiguas. Una mujer había buscado refugio en casa de Simonnin para escapar de los malos tratos de Alexis Michaud. Al amanecer, dieciséis hogares habían perdido el suyo.
En el patio de una de las casas destruidas, una vecina recogió una cuchara ennegrecida. La frotó con el pulgar, reconoció una marca y se quedó después turbada por sostener un objeto que aún le pertenecía, mientras la mesa sobre la que lo apoyaba la víspera ya no existía. A su alrededor se alzaban voces, se apartaban escombros, se buscaba lo que hubiera podido resistir. Había mucho trabajo en aquel desastre, y ninguna de aquellas labores permitía volver a casa. La vecina se deslizó la cuchara en el bolsillo. Ahora debía encontrar dónde pasar la noche siguiente.
Michaud figuraba entre los damnificados. Aquel detalle conferiría a sus explicaciones una ironía terrible: al prender fuego a la morada de quien había recibido a su mujer, creyó preservar su propia casa. Había confiado en el viento.
El tejado del refugio
Pocos días antes, en la noche del 28 al 29 de marzo, el molino de Pichot había ardido. El agua lo rodeaba; mas no impidió su destrucción. El pueblo había buscado una causa. Se habló de malquerencia, de imprudencia y aun de un maleficio, pues las desgracias de Pichot se les antojaban a algunos demasiado pertinaces para deberse únicamente a los hombres. Las explicaciones circulaban mejor que los medios para verificarlas. Unos albergaban sus sospechas, otros sus creencias; todos podían contemplar el molino perdido.
Aix-en-Othe poseía, no obstante, rentas que el corresponsal de la Gazette juzgaba considerables. El municipio había guarecido sus bombas contra incendios en un edificio porticado, pero muchas casas seguían cubiertas de paja. El monumento prometía que se había pensado en combatir el fuego; las techumbres ofrecían, ante la primera chispa, con qué poner a prueba semejante promesa. En una villa, los dispendios se exhiben de buen grado ante quienes pasan. Las precauciones, en cambio, deben servir aún a quienes duermen.
Hacia las diez de la noche, un resplandor asomó en la esquina del tejado de Simonnin. Lo que pudo parecer una luz aislada se trocó en la llamarada del tejado entero. Llegaron los socorros, pero el fuego ya había encontrado otros asideros. La noche ya no albergaba una sola casa en peligro: se llenaba de clamores surgidos de varios umbrales, de muebles que se intentaba salvar, de gentes que ya no sabían si debían acarrear agua o ponerse a salvo con sus enseres.
La vecina regresó una vez hasta su puerta. Había dejado dentro un fardo de ropa, algunas cosas preparadas con excesiva lentitud y que aún quería creer accesibles. El calor la rechazó. Otra mano la retuvo; retrocedió mirando aquel fardo que ya no alcanzaba a ver. Más tarde, ante las ruinas, se reprocharía haber olvidado tal o cual objeto. En aquel instante, no cupo sino resignarse a no entrar.
Catorce casas fueron destruidas en este segundo incendio. El aislamiento del barrio contuvo el desastre: las llamas acabaron por carecer de materia que devorar. La mujer de Michaud había visto arder su refugio; otras familias se habían visto arrastradas a una venganza de la que no eran destinatarias.
Las palabras entre los testigos
La instrucción comenzó sobre el terreno. Se tomó declaración a los vecinos afectados por el fuego, y Michaud fue llamado entre ellos. Podía hablar de una casa perdida, igual que sus vecinos. Se le preguntaba qué había visto, a qué hora, por qué lado habían comenzado las llamas; el incendio debía convertirse en una serie ordenada de hechos, lo bastante hilvanada para que la justicia remontase hasta su origen.
Luego se refirió lo que su mujer le había dicho durante el siniestro: le había reprochado no haber adelantado gran cosa con aquello. Aquellas palabras, trasladadas al magistrado, hicieron converger bruscamente las sospechas. No constituían por sí solas la prueba del crimen. Para unos hombres que habían perdido su morada, cobraron, sin embargo, la fuerza de una acusación. Quien permanecía junto a ellos, quien podía reclamar la misma piedad, habría provocado, pues, su ruina.
Estallaron las amenazas. Algunos querían arrojar a Michaud a las llamas; otros reclamaban una cuerda, piedras o sus fusiles. En el mismo lugar adonde se había acudido a declarar, la muchedumbre empezaba a dictar y a preparar su propio castigo. El magistrado tenía ante sí más que una nueva deposición: debía impedir que las víctimas añadieran un acto irreparable a cuanto habían padecido.
Michaud se hirió de gravedad ante ellos. Los gritos mudaron de naturaleza. Un médico estimó que todo socorro sería vano; el cirujano Mittot intervino, sin embargo, y lo atendió pese a su resistencia. El hombre a quien se deseaba ver muerto se convertía en un herido cuya vida alguien se obstinaba en conservar. La sangre calmó a la multitud, según el relato del periódico. Hizo falta aquella violencia sobrevenida para suspender la que amenazaba con desencadenarse.
Trasladaron a Michaud a un lecho. Los damnificados se quedaron con sus pérdidas, y los investigadores con sus preguntas. El cirujano había hecho cuanto estaba en su mano; la justicia podía reanudar lo que las amenazas habían interrumpido.
El viento debía obedecer
Al día siguiente, Michaud pudo ser interrogado. Reconoció haber prendido fuego en casa de Simonnin. Su mujer, cansada de sus malos tratos, se había refugiado allí. Aquel traslado, que le había permitido salir del hogar conyugal, había bastado para señalar la casa contra la cual dirigiría su cólera. Ya no podía imponer su presencia a quien se había marchado; alcanzaría a quien le había brindado asilo.
El periódico da cuenta de una velada de resentimiento, ante la cena y el lecho en adelante solitarios, y luego del ademán incendiario. No nos corresponde hacer de aquella soledad una excusa. Era la consecuencia del peligro que él había impuesto en su morada, y del cual su mujer había intentado sustraerse. Había respondido a su partida llevando ese peligro a las casas ajenas.
Pretendía haber calculado la dirección del viento. El norte, pensaba, lo protegería. Podría volver a acostarse mientras ardiera la casa de Simonnin. En aquel cálculo, la suerte de los vecinos apenas parece haber contado; solo la suya debía permanecer al abrigo. Pero el viento cambió. La destrucción regresó hacia quien había creído asignarle un camino. Michaud engrosó la nómina de familias arruinadas por su propia mano.
El recuerdo del molino de Pichot cobró entonces otro matiz. Michaud había servido allí como mozo; al ser reemplazado, habría proferido amenazas. Se evocó asimismo contra él una antigua tentativa de violencia. Aquellos rumores acrecentaban la inquietud de la población, sin eximir a la instrucción de acreditar cada hecho. La confesión relativa a Simonnin no zanjaba por sí sola la causa del primer incendio. En un pueblo conmocionado, todas las desgracias podían, no obstante, comenzar a buscar al mismo autor.
Un hombre en el carruaje
El 8 de abril se dispuso el traslado de Michaud. Gendarmes y guardias nacionales rodeaban el carruaje. Había sobrevivido a su herida y declarado ante la justicia; aún debía atravesar la ira de los vecinos. Antes de la partida, un rumor amenazante llegó hasta él. Una multitud lo aguardaba a su paso.
El magistrado permaneció junto al carruaje. Su presencia, sus exhortaciones y su firmeza contribuyeron a contener a quienes habrían querido apoderarse del reo. No les devolvía ni sus casas ni sus bienes; tan solo mantenía ese límite necesario entre el derecho a pedir justicia y el poder de matar a aquel de quien se aguarda. El carruaje pudo abandonar Aix-en-Othe. El hombre que había prendido el fuego continuaba vivo y puesto a disposición de los tribunales.
El despacho fechado el 9 de abril se detiene en este traslado. No nos ofrece el fallo contra Michaud. En la aldea, el asunto acarreaba ya una consecuencia que ninguna vista judicial habría de confirmar: dieciséis hogares debían reconstruir su existencia. La vecina volvió a encontrar la cuchara en el fondo del bolsillo, en casa de quienes le daban cobijo. Preguntó dónde dejarla. Por primera vez en mucho tiempo, aquel gesto ordinario exigía el permiso de otra persona.
