Ambos hombres debieron haberse odiado. Habían amado a la misma mujer; cada uno tenía motivos suficientes para creerse ofendido por el otro. Sin embargo, en el relato que Matteo Bandello legó del caso, el encuentro no se resolvió en un duelo. Hablaron. Y la conversación les reveló que Bianca Maria había pedido a cada uno dar muerte a su rival.
Esta escena posee la cruel elegancia de las novelas breves del Renacimiento. No ha llegado hasta nosotros en forma de acta judicial: Bandello narra un suceso real mediante los recursos propios de un escritor, con sus diálogos, sus predilecciones y sus prejuicios. Bajo semejante artificio literario subsisten, no obstante, nombres, víctimas y una condena. En Milán, en 1526, Ardizzino Valperga y su hermano Carlo cayeron asesinados; Bianca Maria Gaspardone, condesa de Challant, fue ejecutada como instigadora. Entre estas muertes median versiones que concuerdan en la sangre vertida, pero discrepan en el modo en que la justicia obtuvo sus pruebas.
La heredera y los dos matrimonios
Bianca Maria procedía de Casale Monferrato. Había desposado a Ermes Visconti y, tras quedar viuda, a Renato de Challant. Su fortuna convertía su enlace en una empresa cuyas ambiciones superaban con creces las de dos enamorados. Bandello evoca a los pretendientes, las mediaciones de grandes señores y los cálculos que suscitaba una rica heredera. Describe asimismo su entrada en Milán a bordo de un carruaje magníficamente ornamentado, regalo del hermano de su primer marido.
El narrador la había conocido en persona en la morada de Ippolita Sforza Bentivoglio. Recordaba a una joven esposa deseosa de acudir a los festejos y a un marido que restringía con severidad sus salidas. No obstante, aquel recuerdo, redactado tras el desenlace, arrastra ya la carga de un veredicto. Bandello concluye dando la razón al esposo celoso, cual si el crimen futuro justificase de antemano todas las desconfianzas pretéritas.
Es preciso despojarlo de otra concesión acomodaticia. La biografía establecida por Donatella Rosselli rectifica los orígenes degradantes que el autor atribuye a su protagonista: los Gaspardone habían alcanzado la nobleza y su madre pertenecía a una familia linajuda. Bianca Maria no era fruto de ese bajo nacimiento del cual el novelador pretende deducir un aciago destino. Los archivos no siempre se pliegan a la moralina de las novelas.
El segundo matrimonio apenas perduró en los hechos, si bien el vínculo sacramental no se disolvió. Bianca Maria abandonó a su esposo y se estableció en Pavía. Es allí donde Bandello sitúa la relación con Ardizzino Valperga, conde de Masino y oficial al servicio del emperador. Durante más de un año, a decir del autor, ambos amantes apenas disimularon su apego. Luego entró en escena otro caballero: Roberto Sanseverino, conde de Caiazzo.
Las confidencias que regresaban
La ruptura con Ardizzino derivó en ultraje. El antiguo amante se explayó públicamente sobre Bianca Maria; ella tuvo noticia de sus palabras. La querella dejó de circunscribirse al gabinete de los amantes: comenzó a propagarse, transmitida por quienes se complacían en difundir una ofensa mientras aseguraban deplorarla.
Bianca Maria rogó entonces a Sanseverino que hiciese desaparecer a Ardizzino. En la versión de Bandello, este prometió con creces mas nada hizo. Conocía al conde de Masino, carecía de motivos personales para arrebatarle la vida y continuó incluso frecuentándolo. La dama que aguardaba una sangrienta prueba de devoción lo veía, pues, mantener un trato cordial con la víctima designada.
Se apartó de él. El narrador describe después un acercamiento a Ardizzino, colmado de disculpas y promesas. Sin embargo, la reconciliación no clausura la trama: invierte su curso. Bianca Maria habría presentado esta vez a Sanseverino como a un enemigo resuelto a asesinar a Ardizzino, apremiando a este a conjurar el peligro asestando el primer golpe.
Ardizzino no se dejó convencer. En lugar de contratar sayones, acudió a entrevistarse con el presunto conspirador. Los dos antiguos rivales cotejaron las confidencias recibidas. Descubrieron, en la crónica de Bandello, idéntica petición formulada a ambas partes. Aquella alianza de los amantes postergados agravó las humillaciones de Bianca Maria: cuanto ella había pretendido confinar al secreto de alcoba se transformaba en una historia aireada en su contra.
No nos es dado certificar el tenor exacto de aquellos intercambios privados. Confieren, no obstante, su trabazón lógica a la versión legada por el novelador: los primeros hombres requeridos rehúsan el homicidio, se avecinan y obligan a la condesa a buscar un ejecutor más dócil. Lo sucesivo abandona el terreno de las amenazas para internarse en el de una auténtica celada.
El tercer hombre
En Milán, Bianca Maria intimó con Pietro de Cardona, bisoño oficial que disponía de hombres de armas. Bandello lo retrata como a un amante inexperto, deslumbrado al verse preferido por una dama de semejante condición. La semblanza sirve patentemente a su relato: explica el delito por la obcecación del mancebo y hace recaer sobre la condesa la plena maquinación de la culpa.
Cardona aceptó lo que los otros habían rehusado. Supo que Ardizzino cenaría fuera de su morada y dispuso una emboscada en el trayecto de regreso. El antiguo amante caminaba acompañado por su hermano Carlo y algunos criados. Los hombres de armas los aguardaban. El angosto pasaje descrito por Bandello apenas les otorgó margen para sortear la refriega. Ambos hermanos fueron muertos.
La autoridad intervino con celeridad. Carlos de Borbón, quien ostentaba el mando imperial en Milán, mandó prender a Cardona y luego a Bianca Maria. A partir de este trance, los testimonios divergen de raíz. Bandello afirma que la condesa fue delatada de inmediato por su amante. Añade que ella intentó valerse de su peculio para recobrar la libertad y que acabó ratificando en persona la acusación.
El cronista Grumello, cuya lectura expone la biografía crítica, otorga otro peso a las delaciones y al tormento infligido a las sirvientas. Los autos del proceso no se conservan. Las confesiones cobran así un sentido muy dispar según se interpreten como una confidencia inmediata o como el fruto de la violencia judicial. La condena es incontestable; no así todos los senderos que condujeron a ella.
El 20 de octubre de 1526, Bianca Maria fue degollada en el castillo de Milán. Bandello sostiene que Cardona había logrado fugarse de presidio, y remata el cuadro con una escena en la que ella aún reclama su presencia. Este último lance pertenece a su novela tanto como a la memoria histórica del suceso. Proporciona al escritor un cierre perfecto: quien había demandado muertes no puede conseguir ver de nuevo a un vivo.
La ejecución no disipó, por tanto, las contradicciones que ya cercaban a la reo en el instante postrero. Dos hermanos asesinados; una mujer condenada; relatos que erigen su conducta amorosa en la explicación absoluta de cuanto aconteció. Para reencontrar a Bianca Maria es preciso traspasar este doble recinto: los muros de la fortaleza donde expiró, y los renglones en que los hombres de su siglo la encerraron por segunda vez.
