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Venenos y herencias · Francia

La casa donde se aguardaban las viudeces

Una cena regada con exceso de vino conduce a la policía hasta una casa donde se comercia con las esperanzas. La clientela de la Voisin descubrirá que una consulta puede trocarse en pieza de convicción.

Las primeras palabras que pusieron a la policía sobre la pista se pronunciaron a la mesa. Una mujer había bebido; se jactó de conocer medios expeditivos para hacer fortuna. Bastaban unos pocos envenenamientos más, a juzgar por sus dichos, para que sus días ancianos quedasen asegurados. Hallóse entre los comensales un hombre a quien no agradaba semejante aritmética. El abogado Perrin fue a buscar a Desgrez. Aquella cena, consignada en los archivos exhumados por Funck-Brentano, abriría muchas puertas y cerraría tras sus dueños las de Vincennes.

La indiscreta se llamaba Marie Bosse. Para poner a prueba sus intenciones, la policía le envió a la mujer de un arquero, con el encargo de fingirse una esposa desgraciada. En la segunda entrevista, una redoma pasó de las manos de la adivina a las de su supuesta clienta. La celada había producido algo mejor que una confidencia de sobremesa. El 4 de enero de 1679, Bosse fue arrestada; la Vigoureux, en cuya casa se había celebrado la cena, corrió la misma suerte. Pocas semanas después, los informes recabados condujeron hacia otra mujer, de un asiento muy distinto en su oficio.

El 12 de marzo, Catherine Deshayes, esposa de Montvoisin, fue prendida al salir de Notre-Dame-de-Bonne-Nouvelle. París la conocía por un apelativo más breve: la Voisin. Salía del templo; se la llevaban para responder por asuntos en los que se mezclaban el veneno, los conjuros y los deseos menos caritativos de sus contemporáneos.

La mercader de esperanzas

Su casa de la Villeneuve-sur-Gravois apenas se parecía a la guarida que la fantasía suele atribuir a las hechiceras. Allí se aguardaba turno. Las consultas se sucedían; por las noches, podían escucharse violines. La dueña del lugar sabía recibir, beber y gastar. Para el ejercicio de su arte poseía un atuendo suntuoso, recamado de bordados. El cliente que acudía en busca de lo extraordinario debía hallarlo hasta en los ropajes de quien se lo vendía.

Ante sus jueces, explicó los comienzos de semejante profesión alegando las estrecheces de su hogar. Su marido, mercader joyero, no había prosperado en los negocios. Ella se dedicó a leer las manos y los rostros. Presentado de tal suerte, el oficio cobraba casi la modestia de un recurso doméstico: cuando la tienda no bastaba para alimentar a los suyos, el porvenir ajeno remediaba la falta.

Pero el porvenir que sus visitantes ansiaban conocer tenía una peculiaridad. Dependía con frecuencia de la desaparición de una persona bien viva. Una mujer deseaba quedar libre para desposar a su amante; un heredero juzgaba los años demasiado largos; una cortejada ansiaba retener a un caballero cuyas epístolas se enfriaban. La Voisin afirmaba haber respondido que los fallecimientos pertenecían a Dios. Semejante reserva, de haberla formulado, no zanjaba siempre la consulta. Algunos visitantes exigían una fecha; otros reclamaban un medio.

No todas las operaciones revestían el mismo carácter. La historia de madame Brissart, tal como la revelan los interrogatorios, muestra a una clienta enamorada del capitán de Rubentel, a quien abastecía de dinero. El capitán tomó distancia. Se recurrió a las ceremonias y promesas del hechicero Lesage, sin lograr que volviera el fugitivo. La Voisin terminó por aconsejar a la dama que suspendiera sus mensajes y atenciones. Rubentel regresó. La clienta atribuyó aquel retorno al poder de la adivina y le pagó. En aquella humilde victoria de la magia, un hombre sólo había advertido la retirada de la mano que sostenía la bolsa.

De las consultas a las acusaciones

Lesage, antiguo tratante de lanas llamado Adam Cœuret, era uno de los auxiliares de la casa. Sabía escamotear objetos, hallarlos en otro rincón y dar a tales traslados una explicación lo bastante prodigiosa como para servir de prueba. La Voisin misma pareció impresionarse con algunas de sus suertes. El 17 de marzo de 1679 fue a sumarse a los prisioneros. En lo sucesivo, los socios relatarían por separado lo que antaño tuvieron interés en presentar de común acuerdo.

Había no obstante, tras los juegos de manos, acusaciones cuya gravedad ninguna chanza podía aminorar. La causa de la presidenta Leféron versaba sobre la muerte de su esposo, ocurrida en 1669. La viuda había contraído nupcias con el señor de Prade. La Voisin fue interrogada acerca de las redomas que habría suministrado y sobre las diligencias de aquella clienta. El expediente de madame de Dreux sacaba a la luz maquinaciones urdidas contra un marido y contra una rival. Los nombres, las visitas y las entregas de dinero se cruzaban en las declaraciones.

No poseemos, para cada una de aquellas muertes, la certidumbre demostrativa que aportaría una pesquisa contemporánea. Los peritos de aquel siglo contaban con menguados medios para hallar un veneno en un cadáver. El procedimiento descansaba en gran medida sobre las palabras de los reos, las delaciones recíprocas y los careos. Ello torna preciosas las piezas; ello veda tratar cada declaración como si el actuario hubiese presenciado el crimen por sí mismo.

Luis XIV instituyó una comisión extraordinaria. Reunida en el Arsenal a partir del 10 de abril de 1679, recibió el nombre de Cámara Ardiente. La Reynie dirigía la instrucción junto con Bezons; Boucherat la presidía. Las detenciones, los interrogatorios y los careos nutrían los informes elevados a los jueces. El acusado comparecía finalmente sobre la banqueta de los reos. La sentencia no admitía apelación.

La Voisin había escuchado durante largo tiempo los secretos ajenos en un gabinete donde cada confidencia podía transformarse en una receta. En Vincennes, sus propias palabras eran recogidas, releídas y cotejadas con las declaraciones de otra prisionera. La autoridad de quien todo lo sabía se desvanecía ante la obligación de quien debía responder. En cuanto a las clientas, descubrían que una consulta discreta podía pervivir en la memoria interesada de su consejera.

Lo que el fuego no consumió

En febrero de 1680 quedó resuelta la condena de la Voisin. La carta que madame de Sévigné dirigió a su hija el día 23 permite seguir, con las reservas debidas a las noticias que reproduce, los últimos días de la presa. Sévigné refiere sus yantares con los guardias, sus canciones, y luego el tormento y las confrontaciones. La crónica mundana conserva, aun en medio del espanto, algo del tono de una conversación; su levedad no resta pesadumbre al sufrimiento.

El jueves 22 de febrero, la condenada fue conducida de Vincennes a París. Sévigné la vio cruzar ante el palacete de Sully, vestida de blanco en el carromato, con una tea en la mano. De aquel tránsito habla la corresponsal como testigo de vista; de lo que siguió en Notre-Dame y en la plaza de Grève, transmite el relato que le llegó de terceros. Describe la resistencia de la Voisin y su agonía en la hoguera. Una mujer a quien tantos visitantes habían demandado respuestas ya no podía ofrecer ninguna.

La pesquisa, empero, no concluyó con ella. Las acusaciones más estrepitosas, aquellas que habrían de rozar el círculo íntimo del rey y el nombre de madame de Montespan, cobraron vuelo tras su muerte. La hija de la Voisin, Marguerite, el abate Guibourg y otros cautivos aportaron relatos de ritos sacrílegos. Su lectura brindó durante mucho tiempo a los historiadores cuadros ya trazados. Exige hoy mayor cautela: identificaciones discutibles, retractaciones y declaraciones arrancadas bajo el miedo no componen una certidumbre por su mera acumulación.

La Voisin había sido ejecutada. Mas en torno a los nombres que ella había conocido, la justicia continuaba avanzando con tiento. El contraste permanecía, tan visible como su saya blanca en mitad del arroyo: las viles alcahuetas se hallaban en manos de los magistrados; los valimientos de sus encumbradas clientas llevaban el proceso hasta las puertas mismas ante las cuales los jueces debían aguardar.

De este caso podría nacer un libro

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Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

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La clienta sin nombre

Una novela corta seguiría a una sirvienta de ficción que reconoce la visita de su señora en una deposición judicial, sin llegar a saber si la consultante buscaba matar o ponerse a salvo.

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Las puertas de la adivina

Una novela haría coincidir a tres mujeres de distinta cuna en un mismo gabinete: el común deseo de mudar de vida las ligaría a un proceso en el cual cada una pagaría un precio diferente.

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Aquellos a quienes la cámara oyó

Tres novelas seguirían una red imaginaria de consultas, su desmantelamiento a manos de una comisión real y, finalmente, las existencias de aquellos cuyos testimonios fueron escamoteados del juicio.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

La crónica se fundamenta en los expedientes judiciales exhumados por Funck-Brentano y en la carta de Sévigné del 23 de febrero de 1680. Las declaraciones de los presos constituyen meros testimonios, en particular cuando atañen a supuestas ceremonias mágicas o a la corte. La reseña crítica de 1899 recuerda las flaquezas de las imputaciones contra madame de Montespan. La fecha del 22 de febrero proviene del testimonio coetáneo de Sévigné; enmienda el 20 de febrero consignado por Funck-Brentano. No se ha inventado diálogo alguno.

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