Nueve años antes de pedir a Henry Angelo unos chelines para calentarse, Semple había escrito a su antiguo anfitrión a fin de protestar por una ofensa. No podía tolerar, aseguraba, semejante afrenta sin réplica. Después llegó la carta de febrero: aquel hombre que antaño firmaba como «capitán» aseguraba hallarse sin lumbre ni camisa. Angelo le envió una corona. Estas dos cartas revelan los dos rostros de una existencia hecha de partidas, arrestos, retornos y nuevos arbitrios. El mayor Semple había sido soldado, convicto, deportado a los antípodas y devuelto una y otra vez ante las puertas londinenses.
La última carta parece una simple llamada de socorro. En el caso de Semple, se erige en el término provisional de una sucesión de desterramientos: de los regimientos a los pontones flotantes, de las mesas ajenas a las casas donde solicitaba limosna.
Del regimiento a los pontones
En su juventud, Semple sirvió bajo bandera. Griffiths lo describe como herido y hecho prisionero durante la guerra de Independencia de los Estados Unidos; al ser liberado, habría recibido una pensión y contraído matrimonio con una dama de buena cuna. El enlace no tarda en desvanecerse de la crónica. Semple pasa luego a formar parte del séquito de miss Chudleigh, quien se convertiría en duquesa de Kingston y marcharía a San Petersburgo para fundar una destilería de aguardiente.
En San Petersburgo obtuvo, según Griffiths, una patente de capitán en un regimiento ruso y participó en varias campañas. Aquel rango bien pudo haberlo afianzado. En 1784, tras años apartado de Inglaterra, dimitió y regresó. El retorno fue rápido; el dinero, en cambio, pronto escaseó. Alquiló una silla de posta y la vendió. Semple sostuvo que se trataba de un mero quebrantamiento de contrato, pero la justicia vio en ello un delito de robo. Fue condenado a siete años de deportación penal.
Sus relaciones le consiguieron primero una conmutación de la pena. Aguardó en los pontones de Woolwich, entre los presidiarios destinados a Botany Bay, antes de recibir el indulto con una sola condición: abandonar el país de inmediato. La Francia revolucionaria le brindó un nuevo refugio. Griffiths afirma que trató con Pétion, Roland y otros protagonistas de la época, y que asistió al juicio del rey. Denunciado como espía, burló la guillotina y no tardó en reanudar la carrera militar, esta vez en las filas de los ejércitos aliados contra la República.
Esta segunda carrera tampoco fue duradera. Arrestado en Augsburgo, Semple abandonó apresuradamente el ejército austríaco. Griffiths ignora la razón exacta de aquella detención; sospecha de una conducta turbia. Semple reapareció en Londres. Había perdido el uniforme, mas conservaba la costumbre de presentarse allí donde pudieran ofrecerle un asiento, un cubierto o crédito.
El huésped que se invitaba a sí mismo
Hacia 1795, Semple se introdujo en casa de Henry Angelo con el pretexto de tomar lecciones de esgrima. Angelo recordaba a un visitante que los acompañaba hasta el zaguán, entraba con ellos y se demoraba hasta la hora de cenar. Semple aseguraba tener ya un compromiso; de inmediato lo posponía y aceptaba la invitación. Por la noche, seguía a la familia en sus salidas. Angelo acabó por hacerle comprender que no podía pernoctar bajo su techo: todas las habitaciones estaban ocupadas, salvo la de su padre, que permanecía cerrada bajo llave en su ausencia.
Aquel trato se prolongó cerca de tres meses. Semple desapareció sin pagar las lecciones. La escena tiene la mezquindad de una deuda doméstica, pero también el relieve de una costumbre inveterada: el antiguo oficial sabía transformar a un conocido en anfitrión, y convertir la hospitalidad ajena en un recurso de subsistencia. Tres meses de invitaciones repetidas bastaron para que la familia reconociera la estratagema: una visita, una cena aceptada a pesar de un supuesto compromiso previo y una salida en la que Semple se sumaba a la comitiva. Angelo no describe un favor aislado; evoca una presencia que devino rutina. Poco después, volvió a ser condenado a siete años de deportación. Griffiths refiere que fue hallado culpable de haberse procurado una camisa y varias varas de calicó mediante falsas pretensiones. Las gestiones para sortear el castigo fracasaron; Semple fue embarcado rumbo a Botany Bay.
El buque era el Lady Shore. En agosto de 1797 estalló un motín a bordo. El diario del carpintero Thomas Millard, según lo presenta la State Library of New South Wales, consigna que unas dos semanas después los amotinados arrojaron a la deriva a veintinueve personas en una chalupa. Entre ellas se contaban oficiales y soldados del New South Wales Corps, sus esposas y sus hijos, miembros de la marinería y cuatro convictos. Semple era uno de esos cuatro. Su dominio del francés le sirvió para actuar como intérprete ante los insurrectos. Embarcado como presidiario, se vio así en la chalupa junto a otros tres condenados.
Tras dos días en alta mar, la chalupa arribó a Río Grande, en Brasil, según el sumario de la State Library of New South Wales basado en el diario de Millard. No deben confundirse estos veintinueve náufragos con quienes permanecieron a bordo del Lady Shore, navío que prosiguió su singladura. En cuanto a Semple, Griffiths retoma su rastro más tarde en Lisboa: detenido a petición del ministro británico, es enviado a Gibraltar y luego a Tánger. El compilador da cuenta, por último, de su regreso a Inglaterra, sin pormenorizar las etapas.
Una última súplica
Semple sobrevivió al destierro y regresó. El mayor que reaparece en las memorias de Angelo ya no se nos presenta como un soldado en campaña, sino como un individuo que araña unas monedas redactando cartas de súplica. Angelo conservó dos de aquellas misivas. La primera censuraba a su antiguo anfitrión el haberlo esquivado y expuesto a la irrisión pública. Semple se declaraba ofendido y daba a entender que no toleraría semejante ultraje.
Transcurrieron nueve años. En un mes de febrero, otra carta describía una situación desesperada: Semple aseguraba hallarse sin fuego, sin camisa y sin recursos. Angelo dudaba de la absoluta veracidad de aquel cuadro, pero aun así le remitió una corona. No por ello borró el recuerdo de las visitas impertinentes ni de las lecciones jamás abonadas. La piedad no disolvía en él la desconfianza; adoptaba la modesta forma de una moneda entregada a un hombre al que se conocía demasiado bien como para otorgar fe a cada una de sus palabras.
No hay en estas memorias reconciliación alguna calculada. Hay dos cartas separadas por nueve años: primero, la protesta de un hombre convencido de haber sido insultado; luego, el ruego de quien afirma no poder ya calentarse. Al enviar este último clamor, Semple había atravesado ejércitos, prisiones y el océano; sin embargo, su postrer recurso consistió en llamar a la puerta de una casa en cuya mesa se había sentado antaño sin pagar sus lecciones. La primera carta exigía el cese de la burla; la última suplicaba con qué pasar el invierno. En ambos casos apelaba al mismo viejo vínculo, pero Angelo ya no respondía del mismo modo: desconfiaba todavía y, no obstante, daba.
Semple había sabido arrogarse títulos, granjearse protectores y rehacer su vida en otras tierras, mas siempre regresaba a la servidumbre del crédito ajeno. Cuando el mayor pidió aquellos pocos chelines, su antiguo anfitrión no le devolvió ni la confianza ni la amistad; le envió de qué salir indemne de un día gélido. Era poca cosa, pero constituía el último gesto de aquella dilatada sucesión de puertas entreabiertas.
