Cuando los periódicos y los tribunales terminaron por hablar de Annie Frost, aquella mujer ya había vivido bajo múltiples identidades y recorrido más de un país. Arthur Griffiths la hace comparecer primero bajo el nombre de Mary Ann Sutherland Bruce, luego bajo el de Mrs. Ogilvie White, antes de que el apellido Gordon-Baillie le confiriese la apostura de una aventurera de alto copete. Tras estas identidades, su crónica persigue una misma empresa: obtener bienes y dinero persuadiendo a quienes la rodeaban de que pertenecía a un mundo mucho más opulento e influyente de lo que en verdad era.
El capítulo de Griffiths es un retrato policial publicado retrospectivamente, no el acta fidedigna ni íntegra de las actuaciones judiciales. Entrelaza episodios procesales, mudanzas y relatos públicos sin fechar sistemáticamente cada causa. El hito más nítido es el año 1886, cuando Gordon-Baillie se dio a conocer en Escocia por su defensa de los crofters de Skye. La condena definitiva, consignada por el autor, fue pronunciada bajo el nombre de Annie Frost; el relato no permite confundir las sucesivas acusaciones con un único fallo judicial.
Las primeras estancias
Nacida en Peterhead de padres modestos —madre sirvienta y padre pequeño arrendatario—, llevaba por entonces su patronímico de cuna, Mary Ann Sutherland Bruce. Griffiths indica que su carrera criminal ya se había inaugurado con una estancia en la prisión general de Perth. Hacia 1872, se hizo notar en Dundee obteniendo mercancías mediante falsos pretextos y alquilando una villa que hizo amueblar por completo antes de dejar las facturas sin liquidar. Son negocios modestos tan solo en comparación con la leyenda que luego habría de labrarse. El principio rector ya se vislumbra con claridad: adoptar la apariencia de una clienta respetable, cerrar una transacción basada en la confianza y abandonar luego a propietarios o comerciantes a la amarga sorpresa de constatar que la promesa de pago jamás se cumplirá.
Tras su puesta en libertad, reanudó sus fraudes en Edimburgo, de donde hubo de huir precipitadamente, para peregrinar luego de una ciudad a otra, recalando en Londres y el continente. El desplazamiento no constituía una mera evasión; le permitía volver a empezar antes de que las denuncias, las filiaciones y las deudas convergieran sobre ella. Allí donde un tendero había visto a una compradora solvente, otro trataba con una dama presentada bajo un nuevo nombre, en ocasiones amparada en una posición social que parecía corroborar las pretensiones de la anterior. El capítulo atribuye a esta movilidad una parte fundamental de su éxito, sin aportar las fechas exactas ni los sumarios correspondientes a cada una de estas operaciones.
El nombre de Ogilvie White le sirvió para barnizar aquella existencia con una pátina de respetabilidad. Se presentaba ora como Miss, ora como Mrs. Ogilvie White, según requiriesen las circunstancias. En un universo donde el estado conyugal, el acento y los modales funcionaban como credenciales sociales incontestables, la identidad podía improvisarse con mayor desenvoltura que los patrimonios destinados a sustentarla. Griffiths no la retrata como a una ladrona vulgar y violenta, sino como a una mujer capaz de convertir su mera persona en un pagaré viviente de solvencia crediticia.
Una baronesa de conveniencia
Hacia 1885, su existencia cobró un tinte más teatral. Trató con familiaridad a un viejo baronet —sobre el cual Griffiths omite aquí pormenores exhaustivos— y adoptó el apellido Gordon-Baillie. El autor refiere que habría obtenido sumas considerables, en particular mediante letras de cambio y pagarés, aventurando un total próximo a las dieciocho mil libras. Esta cifra emana exclusivamente de la narración de Griffiths; a falta de un examen pericial completo en el capítulo, no debe tomarse por la liquidación fehaciente de cada acreencia ni por el monto acreditado en sede judicial.
El capital circulaba mediante compromisos de pago cuyo valor dependía enteramente del prestigio de quien los rubricaba. Gordon-Baillie poseía el arte de hacer creer que el abono provendría de un opulento patrimonio familiar o de una valedora influyente. El título que usurpaba nada probaba en términos de derecho, pero en los salones y comercios bastaba para acallar cualquier recelo. Los proveedores veían en ella a una dama circundada de insignias de alcurnia; quienes le adelantaban fondos imaginaban a sus espaldas unas rentas que rara vez se molestaban en verificar.
En aquella época, su vida privada se entrelazó con estas encarnaciones públicas. Contrajo matrimonio en secreto con Richard Percival Bodeley Frost, hombre a quien el texto vincula a su itinerario sin relatar con precisión las circunstancias de su enlace. Griffiths recalca ante todo el modo en que terminó convirtiéndose en Annie Frost ante los tribunales. Esta dispersión de nombres enmaraña el examen de los hechos, pero impone asimismo una prudencia ineludible: la identidad adoptada en una transacción mercantil no constituye, por sí sola, prueba concluyente de que todos los cargos atribuidos a otra persona queden formalmente establecidos.
Skye, 1886
Al año siguiente, Gordon-Baillie compareció en un escenario bien apartado de los salones londinenses. En 1886, se trasladó a la isla de Skye, donde las revueltas agrarias y la precaria suerte de los crofters concitaban la atención de la opinión pública. Se erigió en celosa adalid de su causa y recaudó, a decir de Griffiths, unas setenta libras destinadas a un fondo de resistencia judicial. El ademán podía antojarse desinteresado y magnánimo, y es plausible que no pocos suscriptores creyeran sinceramente que sus óbolos ampararían a familias desvalidas y amenazadas de desahucio.
En este relato, la campaña de Skye saca a la luz la singular eficacia de su personaje. Ya no se limitaba a solicitar crédito para una mansión o para costosos guardarropas; se situaba en el epicentro de un debate político y social de primer orden, donde la piedad y la cólera cívica espoleaban las donaciones. La adhesión a una causa sacrosanta entorpecía el examen minucioso de las cuentas: quien se atreviese a formular demasiadas preguntas se exponía a pasar por sospechoso de vilipendiar a los propios oprimidos. Griffiths da cuenta de la existencia de esta cuestación y de la celebridad que Gordon-Baillie cosechó con ella, sin pormenorizar documentalmente el destino final de aquellos caudales.
Emprendió a continuación una gira por Australia. Griffiths afirma que, a su regreso a Inglaterra, el gobierno de Victoria le otorgó una concesión territorial de setenta mil acres. El capítulo no transcribe el decreto ni la cédula oficial de la merced; el dato se recoge aquí, por ende, bajo la exclusiva aseveración del autor, carente de cotejo independiente. En las andanzas de Gordon-Baillie, los anuncios adquirían con frecuencia una desmesura que debió haber despertado fundadas sospechas; mas la lejanía geográfica, el exotismo colonial y la imposibilidad de acceder al instante a los registros públicos otorgaban a sus ficciones el margen necesario para medrar. Una promesa de ultramar podía gozar de prolongado crédito antes de chocar con la frialdad de los legajos.
A su vuelta, se habría presentado bajo el apellido Roberts, antes de retomar la enseña de Gordon-Baillie. Las ciudades reencontraron entonces a una figura conocida sin llegar a tener la certidumbre de estar tratando con la misma dama. Su habilidad no radicaba simplemente en faltar a la verdad, sino en escoger el instante exacto en que cada testigo preferiría ver en el nuevo nombre el testimonio de una vida renovada antes que el eco ominoso de una antigua reclamación.
La caída bajo el nombre de Annie Frost
El empaque de gran señora no podía, sin embargo, escudar indefinidamente las trapisondas ordinarias. Griffiths atestigua que reincidió en fraudes de corte más pedestre: cheques sin fondos y compras de efectos comerciales que jamás fueron satisfechos. Estas operaciones ya no precisaban de banderas políticas ni de blasones aristocráticos; devolvían la pesquisa policial al terreno de lo tangible: a un género impagado, a un comerciante damnificado, a una firma de puño y letra y a un vencimiento perentorio. Poco a poco, los dispersos episodios dejaron de ser vistos como comienzos autónomos e inconexos.
La justicia terminó por condenarla, bajo el nombre de Annie Frost, a cinco años de servidumbre penal. Su esposo, Richard Frost, recibió una pena de dieciocho meses, según refiere la misma crónica. Griffiths añade que fue condenada de nuevo con posterioridad, aunque no desgrana por entero dicha causa en las páginas que nos ocupan. Conviene, pues, no sumar de manera mecánica todas las imputaciones al veredicto de cinco años, ni adjudicarle incidencias procesales que el texto no acredita de forma fehaciente.
La condena clausuró una etapa de su trayectoria, mas no la danza de apelativos que la habían precedido. Mary Ann Sutherland Bruce, Ogilvie White, Gordon-Baillie, Roberts, Annie Frost: tras esta retahíla de máscaras, el autor dibuja a una mujer que supo convertir la identidad en moneda de cambio. La paradoja estriba en que su mayor logro de resonancia pública —la causa de los campesinos de Skye— y sus estafas de mostrador descansaban sobre la misma y engañosa destreza: inspirar una confianza ciega antes de que nadie pudiera exigir cuentas.
La sentencia de los tribunales no disipa todos los enigmas que este perfil deja en la penumbra. No alcanzamos a conocer, únicamente a través de este capítulo, el balance riguroso de los donativos de Skye, el tenor literal de cada una de sus letras de cambio ni las circunstancias detalladas de sus condenas posteriores. No obstante, el relato basta para aprehender la mecánica de una impostura en perpetuo cambio de decorado: de Dundee a Londres, de los salones a las Highlands y de un confín al otro del planeta. La ley acabó por atraparla bajo la identidad de Annie Frost; el público, en cambio, guardó largo tiempo en la memoria a la dama que había sabido transformar sus sucesivos nombres en tantas otras puertas abiertas de par en par.
