En julio de 1804, el conde de Clarendon recibió en Wade’s Mill una carta firmada por una tal H. Grant. La joven afirmaba haber nacido en Jamaica, en el seno de una familia acomodada; su difunto marido, un escocés por el que no sentía afecto alguno, habría dilapidado su dote en el juego y la bebida antes de rendir el alma. Decía hallarse viuda, sin un céntimo, al cuidado de dos criaturas y encinta de una tercera. A fin de eludir la prisión por deudas a instancias de sus acreedores, se había refugiado en casa de otra viuda en Essex. Su historia era una patraña, pero el conde lo ignoraba por completo. La piedad que imploraba era precisamente la primera puerta que Henry Perfect se proponía abrir.
Clarendon respondió con prudente reserva: deseaba saber de mano de quién venía recomendada semejante súplica. La réplica llegó el 14 de julio bajo otra rúbrica, la de Mrs. Smith, viuda de un capitán de navío que decía haber conocido a la familia Grant en Jamaica. Esta mujer corroboraba el infortunio y daba seguridades de que el padre de la dama acabaría por enviarle fondos. Por el momento, argüía, únicamente un socorro inmediato impediría que sucumbiera a la desesperación. El conde remitió cinco guineas e incluso se ofreció a escribir a un facultativo o a alguna persona principal de Harlow.
El 23 de julio, H. Grant agradeció la merced a su benefactor y aludió a la posibilidad de fletar un pasaje para regresar a las Antillas. Manifestó, no obstante, su anhelo de encontrarse con él para expresarle su gratitud en persona, siempre que la entrevista tuviera lugar lejos de Londres, «no fuera que la maledicencia del mundo la juzgara con torcida intención». Clarendon fijó la cita en la posada Bell Inn de Kilburn. Antes de la fecha acordada, una nueva misiva aseveró que Mrs. Grant acababa de perder a su última criatura, que padecía una fiebre puerperal y que le resultaba de todo punto imposible aventurarse más allá de Whitechapel. Apenas le restaban doce peniques. Solicitaba cinco libras, que debían entregarse a un tal señor Paul en el Saracen’s Head de Aldgate.
El conde envió la suma. Una carta del reverendo H. Paul acusó recibo del dinero, explicando que Mrs. Grant se hallaba delirante y que él respondería en su nombre durante sus escasos momentos de lucidez. A Clarendon, que ofrecía asistencia médica, Paul le opuso el natural pudor de la enferma y se negó en redondo a revelar su paradero. El socorro derivó así de una estampa de desdicha a un cruce continuo de intermediarios: Mrs. Grant, Mrs. Smith y ahora el clérigo hablaban los unos por los otros, en tanto que el conde jamás lograba ver a la mujer a quien socorría. Los correos mudaban asimismo de escala: el George’s Coffee-house, el Saracen’s Head y más tarde el Chapter Coffee-house suplieron cualquier domicilio en el que Clarendon hubiese podido personarse.
El 8 de agosto, en Kilburn, se entrevistó al fin con el supuesto reverendo. El presidiario, a quien pronto se identificaría como Perfect, compareció bajo el nombre de Henry Paul. Relató que había coincidido con Grant en la diligencia de Ongar, en la que viajaban una joven, dos niños y una señora, todos de riguroso luto; la joven sería la hija de un caballero a cuya mesa se había sentado él mismo en Jamaica. Aseguró haberla hallado postrada, con las cortinillas de la cama corridas, y haberle prestado auxilio. Declaró haber cursado estudios en Westminster y Oxford, disfrutar de un beneficio eclesiástico en la isla de San Cristóbal que le reportaba setecientas libras anuales, poseer fincas en Irlanda y hallarse a las puertas de zarpar rumbo a América. Cada pormenor colmaba una duda del conde, dotando al embuste de una consistencia palpable.
Paul afirmó haber adelantado de su propio peculio dos libras a Grant. Clarendon le reintegró dicha cantidad; la transacción de esas dos libras, materializada en el billete entregado, constituyó la base fáctica de la acusación. Clarendon manifestaría más tarde que en aquel instante no abrigaba sospecha alguna: su interlocutor se expresaba como un varón instruido y aparentaba obrar movido por los más nobles designios. Tras el encuentro, los ruegos cobraron una naturaleza menos dineraria. Se requerían lienzos, aves de corral, fruta y caldos generosos para la convaleciente. El conde dispuso su envío.
El 23 de agosto, Paul escribió aduciendo que se habían desembolsado 6 libras y 2 peniques en atenciones para Grant. Las sábanas provistas, según él, habían estado guardadas junto a azufre y le habían causado desazones; requería lienzo viejo pero fino. Paul presentaba excusas por las faltas de su misiva, escudándose en una jaqueca y un acceso febril. Poco después, el 1 de septiembre, una nueva epístola de Grant mudó de nuevo el escenario. Una tía adusta se la habría llevado al campo, mas la dama debía ausentarse por unos días. Grant solicitaba cuatro libras para poder visitar de nuevo a su protector y le rogaba que remitiera la contestación a nombre de Mrs. Harriet a la estafeta de correos de Waltham.
Clarendon empezó a recelar que era víctima de una bellaquería. Grant le replicó que obraba en un error y que reconocería su ligereza cuando ella estuviera de vuelta en las Indias Occidentales. En una posdata, anunció que «el mejor de los hombres», el señor Paul, había fallecido de muerte repentina el sábado anterior. La correspondencia entre Grant y Paul cesó allí. Poco después, Clarendon recibió otra carta firmada por el reverendo Bennett, que desplegaba una nueva relación de calamidades.
El conde comisionó entonces a su mayordomo para que averiguase la verdadera identidad de aquel corresponsal. El individuo localizado resultó ser el mismo que se hacía llamar Paul. En su aposento se incautó un libro de su puño y letra: llevaba un minucioso cómputo de los caudales percibidos y de los nombres de los benefactores. En el espacio de dos años, a tenor de dicho registro según lo refiere Pelham, se había embolsado 488 libras. En la nómina figuraban la duquesa de Beaufort, varios lores, prelados, condesas y otras personalidades del gran mundo.
Los apuntes hallados junto al libro mayor delataban un método aún más riguroso. Perfect anotaba las caligrafías que debía remedar bajo cada una de sus identidades, amén del tipo de papel, lacre o sellos de oblea que convenía emplear. No se trataba de una mera sucesión de ardides improvisados para apelar a la piedad ajena: cada personalidad recibía un porte y una fisonomía material propios. Las cartas infundían aliento vital a Mrs. Grant y luego a Mr. Paul mediante señas, billetes, peticiones y partes de quebrantos de salud.
La crónica rememora algunos antecedentes de Perfect: vástago de un eclesiástico de Leicestershire, había servido como teniente en el regimiento 69.° de infantería. Había recibido un cuantioso patrimonio merced a sus dos esposas, si bien únicamente en calidad de usufructuario; tras la muerte de su segunda consorte, se vio privado de todo recurso. Ya con anterioridad había recabado limosnas amparándose en personajes fingidos de clérigos y viudas menesterosas. El proceso incoado en 1804 versó, no obstante, de modo exclusivo sobre las dos libras obtenidas de Clarendon.
El 27 de octubre de 1804, en las sesiones del condado de Middlesex, celebradas en Hicks’ Hall, el jurado declaró a Perfect culpable. El tribunal decretó sin dilación su condena a siete años de deportación en ultramar. En abril de 1805 fue despachado a Botany Bay. La víctima del engaño, Clarendon, había prestado oídos en un principio a una criatura engendrada por la tinta; las pesquisas de su mayordomo acabaron por restituir a un mismo individuo tras los nombres de Paul y Bennett, y tras la viuda Grant, al artífice de las cartas.
En esta causa, la patraña no estriba en un billete de banco falso, sino en la urdimbre continuada de una fábula: un marido difunto, criaturas desvalidas, achaques, una tía implacable, un clérigo compasivo. Cada peripecia justificaba una nueva dádiva o cegaba el camino a una comprobación ocular. El libro incautado a Perfect unía de nuevo los cabos de las sumas que la correspondencia había dispersado. El fallo recayó sobre aquella precisa petición remitida a Clarendon; la deportación clausuró para siempre aquella particular galería de máscaras de papel.
