Cuando los agentes suben a bordo del Leeds, frente a Plymouth, Joseph Hunton comprende que su huida ha llegado a su término. Viaja bajo el nombre de Wilkinson. Pocas horas antes, ha trocado las austeras vestiduras de los cuáqueros por una levita verde claro, pantalones grises, corbata negra y gorra de viaje. Los hombres que acuden en su busca fingen ser portadores de una carta dirigida a él. Al enterarse de la misión que los guía, no profiere palabra: se incorpora y los sigue hasta tierra firme.
En sus bolsillos, los agentes hallan dos misivas que confieren a este arresto un tono singular. Una va destinada a The Times: en ella, Hunton disputa el importe de los efectos falsos que se le imputan y promete regresar para saldar sus deudas. La otra, copia de un correo remitido a Curtis y Cía., explica que ya no le es posible descontar letras y que se ausentará durante algún tiempo. Ambas consignan Deal como lugar de despacho. La crónica de Pelham asevera que jamás holló dicha ciudad: aquellas señas no tenían otro fin que despistar a sus perseguidores.
El asunto, tal como lo consigna Pelham, se origina en ciertas letras de cambio puestas en circulación a nombre de Dickson y Cía., casa de comercio de Ironmonger Lane de la que Hunton es socio. Dichos efectos figuran como aceptados por Edward Wilkins, negociante de Abingdon. Antes de que varias de las letras alcancen su vencimiento, llega a Londres la noticia de que Wilkins ha fallecido. Los banqueros encargados de indagar fraudes y falsificaciones descubren entonces que las firmas de aceptación extendidas a su nombre son apócrifas. La crónica atribuye tales falsificaciones a Hunton.
Hunton ya se ha desvanecido cuando se inicia su búsqueda. Se despachan agentes en múltiples direcciones. Forrester, alguacil de la City, le sigue la pista por las inmediaciones de Plymouth y averigua que se dispone a embarcar rumbo a Nueva York a bordo del Leeds. La travesía atlántica no era su primer designio: con anterioridad había procurado ganar Boulogne en un vapor francés. La policía llegó a registrar dicha embarcación hallándose él a bordo, mas sin llegar a prenderlo. En esta ocasión, el paquebote parecía prometerle un nuevo nombre, ropajes distintos y la inmensidad del océano para desvanecer cualquier distancia.
Conducido de vuelta a la capital, donde hasta entonces gozaba de intachable consideración, Hunton es interrogado ante el lord mayor. Pésanse sobre él diversos cargos y es enviado a prisión a la espera de juicio.
El 28 de octubre de 1828, ante las sesiones del Old Bailey, Hunton comparece acusado por una letra de 162 libras y 9 chelines, fraguada con la intención de defraudar a Sir William Curtis y Cía. El jurado emite un veredicto de culpabilidad. El 4 de noviembre, una segunda imputación versa sobre otra letra, de 94 libras y 13 chelines; el fallo vuelve a declararlo culpable. Al término de las sesiones, los jurados recomiendan a Hunton a la clemencia. El tribunal, no obstante, pronuncia la pena de muerte.
El veredicto no disipa de inmediato las incertidumbres sobre su suerte. A tenor de la crónica, el informe de los condenados elevado al soberano se demora a causa de la reunión del Consejo en Windsor. El 24 de noviembre, cuarenta y nueve reclusos aguardan en Newgate el resultado del examen de sus expedientes. Al anochecer, tres reos son designados para el patíbulo; la suerte de los restantes no se notifica hasta la tarde del día siguiente. La falta de noticias atiza la angustia en el penal y suscita severas críticas en Londres. El recorder alega más tarde que abandonó Windsor a deshora y que el camino retrasó su marcha.
Hunton no figura en esa primera nómina. Semejante omisión le infunde la esperanza de ser indultado. Durante esa vigilia, un visitante le ruega que aclare ciertos términos de un documento relativo a letras aún no vencidas. Responde al instante, con honda satisfacción del interesado. Preguntado acerca de su propia situación, asemeja su destino a una hoja que el viento puede inclinar hacia uno u otro lado. Considera, no obstante, que aún habrá de vivir.
El 1 de diciembre sobreviene la segunda resolución: Hunton y otros tres hombres serán ejecutados el día 8. El capellán Cotton acude a notificárselo pasadas las once de la noche. Hunton inquiere primero quiénes morirán a su lado, y luego si le será permitido recibir a su esposa. Manifiesta estar dispuesto a resignarse, pero a la mañana siguiente la entereza zozobra. Llora, se retuerce las manos e increpa a la ley que, a su juicio, castiga con la pena capital un acto que ni siquiera merecía el nombre de fraude. Asegura haber padecido ya la ejecución en su propio pecho desde el instante en que cruzó los umbrales de Newgate.
Su esposa y varios miembros de la Sociedad de Amigos acuden a visitarlo. Hunton les advierte que alimentar vanas esperanzas sólo servirá para engañarlos. La crónica da cuenta de sus gemidos y de su quebranto. El domingo previo a la ejecución, varios allegados cuáqueros oran durante horas junto a él. Dos ancianos de la congregación velan a su lado la noche entera. Hunton redacta una extensa plegaria, saca copia de ella y se la remite a su amada esposa.
La mañana del 8 de diciembre, los subalguaciles se presentan en Newgate poco antes de las ocho. Hunton aún se halla leyendo su oración cuando los oficiales irrumpen en la estancia donde aguarda. Les ruega un minuto para concluirla; retoma asiento a la mesa y prosigue la lectura. Cuando llega su turno de disponerse, se despoja de su corbata blanca. Suplica que las ligaduras no le aprieten en demasía, y da las gracias al guardia cuando éste consiente en aflojarlas. Pide asimismo conservar los guantes. El pliego con la oración permanece asido en su mano.
Moline, un amigo que lo acompaña, le promete no apartarse de su lado hasta el pie del cadalso. Hunton le entrega por fin el papel y le encarga que transmita que se siente «plenamente dichoso y sosegado». Asciende los peldaños, solicita que le venden los ojos con un pañuelo azul y toma su sitio bajo la viga. El reverendo Cotton entona las preces de difuntos; a la señal convenida, la trampilla cede. Cuatro hombres son ahorcados al unísono. La soga de Hunton es de mayor longitud debido a su corta estatura; según la crónica, se tensa con violencia y la muerte parece sobrevenirle en el acto. Los cuerpos penden durante una hora antes de ser descolgados.
Consumada la ejecución, Pelham pasa revista a la existencia del ajusticiado. Hunton se inició como mercader de ropas de marinero en Yarmouth, amplió luego su negocio en Bury St Edmunds y llegó a establecerse como refinador de azúcar en Londres. Desposó a una dama de la Sociedad de Amigos e ingresó en Dickson y Cía. La crónica achaca su perdición a temerarias especulaciones en la Bolsa, a los quebrantos consiguientes y a la disolución de la sociedad mercantil. Pelham calcula su fortuna pretérita en unas treinta mil libras; al momento de ser prendido, los agentes sólo hallaron en su poder cien soberanos. En sus postreras horas trazó una plegaria para su esposa; su fama, por tanto tiempo tenida por intachable, quedó para siempre unida al estigma de las letras falsificadas.
