Bath había visto desfilar a no pocos viajeros que se atribuían un nombre, un rango o una fortuna. John Docke Rouvelett, a quien otros documentos llaman Dorke, Romney o Rouvellet, supo sacar provecho durante largo tiempo de semejante libertad. Afirmaba proceder de las Antillas, descender de una familia linajuda y vivir de las remesas de su tío plantador. Sostenía haberse criado en Ámsterdam, en casa de un banquero de apellido Hope, y haber servido después como teniente en el 87.º Regimiento. Elizabeth Barnet, que vivía con él y a quien presentaba como su esposa, compartió aquella existencia de aposentos alquilados, viajes y relatos cuya comprobación quedaba siempre postergada.
En Bath, la comerciante Mary Simeon lo acogió al principio como a un parroquiano cualquiera. Examinó encajes, compró un abanico y regresó más tarde en compañía de Barnet. Los tejidos eran suntuosos: hablaba de velos valorados en ciento cincuenta guineas y de un manto de encaje. Conforme se sucedían las visitas, la deuda fue en aumento. Simeon y su hermano Du Hamel acabaron por adelantarle fondos; las compras y los préstamos alcanzaron, según declaró ella, doscientas noventa y nueve libras.
Rouvelett propuso saldar esta suma mediante una letra de cambio. Estaba fechada en Granada, librada por Willis & Co. contra la banca Child & Co. de Londres, y ostentaba una aceptación que estos últimos jamás habían otorgado. El documento prometía el pago de cuatrocientas veinte libras esterlinas a nueve meses vista. Al entregárselo a Simeon, le aseguró que el endosante ofrecía tantas garantías como los aceptantes. Barnet recordaba haberle oído anunciar la letra y haberlo visto escribir un pagaré pocos días después; afirmó que él la había mandado a buscar tinta roja.
Simeon despachó el documento a Londres. La respuesta no se hizo esperar: la aceptación era apócrifa. Escribió a Rouvelett, quien regresó a Bath un domingo por la noche. La conversación se entabló en inglés, tras los intercambios en francés que habían mediado en la entrega del pagaré. Preguntó dónde se hallaba la letra e instó a Simeon a viajar en persona a Londres para recuperarla. Ella se negó a ir sola. Acudió entonces a su apoderado, Luke Evill, prometiéndole veinte libras por el viaje. Simeon y Evill partieron al amparo de la noche; la comerciante se vio obligada a desembolsar trescientas guineas a los tenedores del papel para rescatarlo. Tras una sola jornada en Londres, regresó a Bath, mas Rouvelett ya había abandonado la ciudad. El 6 de mayo de 1805, Dorant liquidó con Simeon lo que aún se le adeudaba tras su partida.
La deuda no fue el único litigio que se urdió a su alrededor. Rouvelett había jurado ser titular de un crédito contra William Vernon Dorant, propietario del York Hotel, y un proceso por perjurio se hallaba asimismo pendiente, según la relación de los hechos. Barnet era una testigo de excepción de su vida y de sus andanzas, a tenor de las actas del juicio. Sin embargo, el hombre que la había presentado como su esposa no tardó en pretender hacerla pasar por ladrona.
Detenido por deudas, fue recluido en la prisión de Fleet y trasladado más tarde a Somerset bajo la acusación de falsedad documental. Barnet lo visitó en la cárcel. Él la acusó de haberle sustraído de su estancia una bolsa que contenía cuarenta guineas, media guinea y un diamante. Situaba el hurto el 11 de junio de 1805, en tanto que ella afirmó posteriormente que su convivencia había cesado el 6 de junio. La versión de Rouvelett se enredaba aún más: aseguraba haberle perdido la pista tras el robo, pero reconocía que ella había vuelto a visitarlo en Fleet. No obstante, se las había ingeniado para entablar contra ella y Dorant una demanda civil relativa a títulos, hipotecas y obligaciones por un supuesto valor de unas veinte mil libras. El Recorder, el magistrado que presidía la sala, le hizo notar semejante contradicción: daba con el paradero de Barnet para demandarla por lo civil, al tiempo que pretendía hallarse incapacitado para alcanzarla por el delito de robo. Alegaba además que ciertos testigos de Liverpool no habían sido notificados a tiempo y solicitó el aplazamiento de la vista penal.
El 5 de julio de 1806, fue conducido desde Ilchester, con los grilletes en las muñecas, para sostener dicha acusación ante el Old Bailey. El aplazamiento habría mantenido a Barnet bajo el peso de la imputación justo cuando podía testificar contra él en las demás causas. El Recorder se negó a suspender la audiencia. Interrogado acerca de su cuna, su familia, sus caudales y sus relaciones, Rouvelett habló de su tío, de sus remesas y de la casa Hope. Hubo de responder asimismo a una pregunta más incisiva: ¿había manifestado que se vengaría de Barnet porque frecuentaba a Dorant, y que la acusaría de un crimen? Dijo no recordar haberlo afirmado, para luego admitir parte de ello.
Cummings, su compañero de celda, había encontrado la bolsa vacía bajo la almohada al día siguiente del supuesto hurto. Rouvelett admitía que el objeto había sido restituido, pero aquel hallazgo no acreditaba el contenido que afirmaba haberle confiado. Había declarado asimismo que Barnet se había dado a la fuga; con todo, ella había acudido a visitarlo a prisión con posterioridad a la fecha señalada por él. En lugar de prolongar el examen, el Recorder suspendió el procedimiento y ordenó al jurado que la absolviera, calificando la acusación de imputación singularmente escandalosa. Al retirarse Rouvelett, los asistentes silbaron y bramaron con tal estrépito que a los alguaciles les costó restablecer el sosiego.
El otro proceso dio comienzo en Wells el 12 de agosto de 1806, ante el barón Thompson. En esta ocasión, el propio efecto mercantil constituía el núcleo de la acusación: se imputaba a Rouvelett haber falsificado la aceptación de Child & Co. y haber hecho circular la letra a sabiendas de su falsedad. Philip George, joven escribiente del alcalde de Bath, explicó que había recibido el documento de manos del regidor y lo había custodiado desde entonces. Simeon reconoció el título que le había sido entregado y relató cómo se habían sucedido las compras, los adelantos y la promesa de pago.
Barnet describió a continuación la vida en común tal como la había experimentado. Tras su llegada a Liverpool, según relató, había conocido a Rouvelett en septiembre de 1804; lo había seguido a Londres y luego a Bath. Había escuchado su promesa de pagar mediante una letra aceptada por Child & Co. Refirió asimismo que, tras aquella entrega, él se había mostrado demudado, había solicitado su secreter y quemado un legajo de papeles. A ella no le había sido posible leer su contenido. Al preguntarle si tales documentos eran comprometedores, él respondió que había uno que no debía ser visto. Aquella declaración referida por la testigo no revelaba por sí sola qué se había destruido; venía a sumarse al efecto cuya aceptación se reconocía falsa.
El dependiente de Child & Co. confirmó que su firma no mantenía correspondencia alguna en Granada bajo la razón social de Willis & Co. y que no había aceptado dicha letra. Mary Simeon y su hermano corroboraron las transacciones en torno a las compras y al documento; Barnet, por su parte, refirió lo que había visto y oído sin pretender conocer el tenor de los papeles reducidos a cenizas. La acusación descansaba ya sobre una prueba material conservada, sobre la comerciante que la había recibido y sobre el dependiente facultado para impugnar su autenticidad.
Tras una vista que se prolongó cerca de doce horas, el jurado lo declaró culpable de haber falsificado la aceptación y de haber puesto en circulación la letra a sabiendas de su falsedad. Rouvelett fue ajusticiado en Ilchester el 3 de septiembre de 1806. La crónica se detiene en su casaca azul, sus pantalones a rayas, sus zapatillas verdes y su gorro de piel. Tiempo atrás, su crédito había dependido de un nombre, de una firma, de un parentesco invocado. Barnet, a quien él había intentado convertir en reo, había podido comparecer para relatar cuanto sabía.
