En Whitefriars, Martin Bellamy divisó una larga cuerda posada sobre la cama del aposento donde sus perseguidores lo tenían acorralado. La aseguró como buenamente pudo y se deslizó hacia la calle. Los hombres que custodiaban el inmueble solo lo advirtieron cuando ya había tomado suficiente ventaja para escapar. Aquella fuga, sin embargo, no le compraría más que un breve respiro: un nuevo arresto, una suma de oro entregada a Jonathan Wild y, más tarde, una confesión confiada a un recolector de noticias marcarían los hitos de su perdición.
Bellamy era sastre de oficio. La crónica le atribuye durante un tiempo buena reputación y destreza en su labor; refiere asimismo que desposó a una mujer de parientes honrados, cuya familia, no obstante, se indignaba ante su conducta. Cuando fue arrestado por vez primera, sospechoso de un delito, y conducido a Bridewell, su cuñado acudió a preguntarle dónde residía el demandante, fingiendo el deseo de componer el litigio. Mas se presentó ante aquel hombre y le aconsejó, muy al contrario, proceder contra Bellamy con el máximo rigor. El cronista conjetura que el cuñado esperaba librar así a su hermana de un mal marido. Bellamy, enfurecido por semejante proceder, se negó a volver a cohabitar con su esposa y profesó en adelante un odio implacable a su familia política.
La reseña extrae gran parte de su testimonio de un memorial que Bellamy habría preparado tras recibir sentencia, o que habría mandado redactar siguiendo sus instrucciones. El condenado pormenorizaba allí las fechorías cometidas con su cuadrilla, y el cronista juzgaba que las refería con evidente complacencia. Describe en primer lugar un método para desvalijar mostradores: tres o cuatro compañeros entraban juntos en la tienda de un juguetero o mercader de baratijas preciosas; uno regateaba el precio de una pieza mientras los demás se pasaban disimuladamente las mercancías. Otro ardid consistía en forzar con una herramienta la ventana de un comercio para apoderarse de algún objeto expuesto. Si la estancia quedaba sin vigilancia, alguno se descalzaba, se deslizaba al interior y sacaba los bienes a través del ventanuco.
Bellamy dominaba también el arte de falsificar escrituras. Frecuentaba la morada de Jonathan Wild, personaje a quien la noticia presenta como un agente de gran peso en los bajos fondos londinenses, y había aprendido a imitar su letra y a conocer el crédito del que disponía ante un criado llamado Wildgoose. Redactó una cédula a nombre de Wild, se la entregó a Wildgoose y recibió a cambio la suma solicitada. Al encontrarse Wild y su criado pocos días más tarde, el fraude quedó al descubierto. Wild, comprendiendo por las señas de Wildgoose quién lo había embaucado, lanzó a sus hombres tras las huellas de Bellamy.
Lo hallaron en una casa de Whitefriars y le pusieron cerco. La cuerda le permitió burlar su vigilancia y ganar la calzada; los captores desistieron de la persecución al constatar la delantera que les llevaba. Poco después, sin embargo, lo sorprendieron en una taberna de aguardiente de Chancery Lane, lo apresaron y lo trasladaron en carruaje a la posada del Elefante y el Castillo, en Fleet Street. Enviaron aviso a Wild. Este ya se había recogido, pero mandó responder que confiaba en la palabra de Bellamy y que este podía acudir sin recelo al día siguiente, en cuanto despertara.
Bellamy se presentó. Ambos hombres marcharon a la taberna de Baptist Head, en Old Bailey, y despacharon una botella. Acto seguido, el prisionero entregó cinco guineas a Wild en concepto de desagravio por el perjuicio causado. Wild prometió entonces, de grado, concederle su perdón y recabar el de Wildgoose, con la condición de que Bellamy firmase una obligación comprometiéndose a restituirle diez guineas. Este aceptó. El relato muestra así una tregua comprada entre dos granujas, zanjada mediante una deuda y un pagaré antes que por un encarnizado pleito. Bellamy regresó luego a sus antiguos manejos sin que Wild volviera a inquietarle.
La banda ideó pronto un sistema diferente para penetrar en los comercios: sustraía las clavijas de hierro que aseguraban los pasadores de los postigos, a fin de franquear las ventanas cerradas. Cierta noche, los ladrones se introdujeron en la platería de Russell Court y se disponían a cargar con un escaparate cuando un hombre que pernoctaba en la tienda despertó, encañonó un trabuco y les aconsejó poner pies en polvorosa, añadiendo que no deseaba derramar su sangre. Desconcertados, se batieron en retirada y no intentaron forzar el paso.
Esta prudencia no les impidió reincidir esa misma velada en una juguetería contigua. Una sirvienta reposaba junto a la lumbre. La muchacha gritó en un principio; los ladrones le impusieron silencio y se llevaron el mostrador con las cajas que albergaba. Otra noche, en una juguetería de Swithin’s Alley, reventaron el candado pero no lograron franquear la entrada. Arremetieron entonces contra la gruesa viga de madera que sostenía los postigos. Al ceder esta, las tablas se desplomaron con estrépito en el patio. Convencidos de que el ruido había dado la alarma, los hombres huyeron en desbandada. Tras aguardar un tiempo y constatar que nadie acudía ni pasaba la ronda nocturna, regresaron, penetraron y se alzaron con los efectos más valiosos.
El cronista prescinde de la prolija lista de robos que el propio Bellamy había consignado, y pasa seguidamente a la detención que motivó su condena: Bellamy convivía entonces con Amy Fowles, tenida por su legítima esposa y madre de varios de sus hijos. Cayó preso tras el asalto a la morada del señor Holliday, en Bishopsgate Street. En la siguiente sesión de Old Bailey fue hallado culpable merced a pruebas que la crónica califica de concluyentes. La noticia no precisa el inventario de lo sustraído ni las circunstancias en que se descubrió el latrocinio.
Encerrado en Newgate, Bellamy entabló tratos con un juez de paz para revelar los nombres de sus cómplices. El bando real promulgado poco antes alentaba las delaciones y prometía mercedes a los primeros delatores. Mas, antes de que el acuerdo fructificara, un recolector de noticias de los diarios se presentó ante el reo, haciéndole creer que venía comisionado por personajes influyentes. Bellamy le confió los robos en los que afirmaba haber tomado parte. El periodista, o alguien que escribía a sueldo para él, convirtió aquellas declaraciones en gacetillas y las hizo estampar a la mañana siguiente.
La publicación previno a los acusados y les brindó la ocasión, según la crónica, de poner tierra de por medio. Privó asimismo a Bellamy, asevera el autor, de toda esperanza de indulto e impidió que su testimonio redundara en beneficio de la causa pública. El cronista llega al extremo de conjeturar que esta indiscreción propició indirectamente un homicidio y que Bellamy habría podido salvar la vida si su confesión hubiera tenido otro cauce; se trata de meras suposiciones suyas, no de hechos demostrados por los autos. Lo que sí refiere con exactitud es que la promesa de confesión fue explotada por un gacetillero ávido de carnaza, y que su precipitado paso por la imprenta acarreó consecuencias que el reo ya no pudo enmendar.
Bellamy compareció en el juicio con insolencia, según el cronista, y conservó un talante alegre durante parte de su encierro. Al aproximarse la ejecución, hubo de acopiar fuerzas para leer el papel que había compuesto. Reconoció en él sus ofensas a las leyes divinas y humanas, declaró aceptar su castigo sin rencor y exhortó a los presentes a velar por sus propios actos. No repitió ante el gentío la pormenorizada relación de sus robos que había entregado al gacetero; su discurso en el patíbulo se limitó a su culpa, al arrepentimiento y al perdón.
Martin Bellamy fue ajusticiado el 27 de marzo de 1728, contando unos veintiocho años de edad. Desde el sastre que en tiempos se ganó el pan honradamente hasta el criminal que presumía de sus fechorías, su periplo concluye con una confidencia confiada al intermediario erróneo: la misma revelación que podía, a ojos del preso y del magistrado, servir para desbaratar una gavilla se trocó, bajo la pluma de un gacetero, en público aviso para los mismos a quienes señalaba.
