Le habían enseñado a escribir; ahora se hallaba ante una firma que su mano jamás trazó. El conde de Chesterfield contemplaba una obligación suscrita con su nombre y negaba haberla otorgado. Para el hombre que le presentaba el documento, la dificultad mudaba súbitamente de naturaleza. Ya no se trataba de cobrar una deuda ni de salvar una inadvertida formalidad: era preciso dar con aquel que había introducido en el tráfico mercantil una voluntad que el conde jamás formuló.
El nombre de William Dodd venía adscrito al papel. Dodd había sido el preceptor del joven aristócrata; era, asimismo, un predicador de renombre, un hombre cuya voz había colmado capillas y movido a generosas limosnas. Que hubiese hablado en representación de su antiguo discípulo pareció cosa natural. Salía ahora a la luz lo que aquella familiaridad había consentido: una antigua confianza se había aventurado hasta usurpar el lugar del consentimiento.
El hombre a quien acudían a escuchar
Una florista imaginaria, apostada junto a la capilla donde Dodd predicaba, reconoce los carruajes antes de distinguir los rostros. Sabe qué días las damas descienden con lentitud, qué pláticas se demoran junto a los estribos, en qué instante conviene ofrecer un ramillete. Apenas percibe nada del sermón. Mas, cuando una parroquiana se enjuga los ojos al buscar unas monedas, sabe que el orador sagrado ha triunfado. La nombradía de Dodd alcanza de ese modo su tenderete, confundida con las piezas que los devotos reservaron tras la colecta.
Poseía, en verdad, el don de conmover. Hijo de estirpe eclesiástica, formado en Cambridge y avezado en las letras, Dodd se había convertido en un clérigo sumamente estimado. En la Magdalen House, institución benéfica a cuyos albores prestó su aliento en 1758, sus prédicas congregaban a lo más selecto de la sociedad. Los donativos cosechados no eran mero adorno de su figura: sostenían una causa a la que consagró tiempo y afanes.
Pronto llegaron los valedores. Dodd alcanzó prebendas, beneficios y un puesto entre los capellanes de Su Majestad. Acogió en su hogar a pupilos de noble cuna, entre ellos a Philip Stanhope, destinado a ostentar el título de conde de Chesterfield. Instruir a tales jóvenes exigía mantener el rango ante los padres con tanto celo como abrirles los libros. Mantenía casa en la ciudad y otra en el campo, urdía proyectos de capillas, daba obras a la estampa. Su ventura demandaba caudales aun antes de que el fausto de sus costumbres exigiese más.
Las deudas se multiplicaron. En 1774, la tentativa de allegarse un beneficio eclesiástico mediante una dádiva de dinero remitida a la esposa del lord canciller degeneró en escándalo. Dodd perdió su condición de capellán real. Su antiguo discípulo, con todo, no le volvió la espalda: ya investido como lord Chesterfield, continuó recibiéndolo y le confirió el beneficio de Wing. Un patrocinio sobrevivía así a la desgracia; no bastaba, empero, para sanear sus maltrechas cuentas.
El papel que debía aguardar
A primeros de febrero de 1777, Dodd hizo negociar una obligación de cuatro mil doscientas libras suscrita a nombre de Chesterfield. Pretendía obrar por cuenta del joven lord y reclamaba suma reserva en el negocio. El corredor Lewis Robertson se encargó de allegar los fondos. Los prestamistas bien podían titubear ante un convenio en el cual el aparente beneficiario no acudía en persona a confirmar sus cláusulas; el crédito del clérigo sirvió de puente para salvar semejante recelo.
El documento contenía una rúbrica fingida. La de Dodd figuraba al pie en calidad de testigo. Robertson añadió la suya sin haber presenciado la firma del conde, a tenor del testimonio del Newgate Calendar. El pagaré pasó a manos de quienes debían cerciorarse de su validez; uno de ellos acudió a interpelar a Chesterfield. Tan pronto como este desautorizó el escrito, el asunto no pudo confinarse ya entre el corredor y el clérigo.
En el bufete que imaginamos en torno a este hallazgo, un escribiente atrae hacia sí el libro de vencimientos. El nombre de Chesterfield consta asentado allí desde hace poco. Vacila antes de tacharlo: acaban de advertirle de que la obligación es apócrifa, no de que la causa esté concluida. Su principal le ordena dejar abierto el folio y buscar las señas de Dodd. El mancebo se levanta con un alivio que se avergonzaría de confesar. Cumplir un recado le parece más llevadero que soportar aquel papel bajo su mirada.
Dodd fue arrestado. De inmediato entregó buena parte de los caudales percibidos y ofreció completar el reintegro. El apremio lo devolvía a una idea que no cesaría de reiterar: había creído poder resarcir la suma a su debido tiempo; jamás pretendió causar quebranto definitivo. Suplicaba que se atendiese a su intención manifiesta, a la satisfacción ofrecida, a los vínculos que lo unían a su antiguo alumno. Hubiera deseado que el dinero devuelto arrastrase consigo el instrumento y cuanto acababa de desencadenarse.
Mas la restitución no borraba el crimen de falsedad. Podían las partes avenirse a una componenda; el magistrado, en cambio, estaba resuelto a proceder. El nombre usurpado pertenecía al conde, mas la confianza vulnerada atañía a cuantos aceptaban dar fe a una firma. Dodd había pretendido ganar tiempo. La justicia le hacía comprender que el delito no aguardaba, para existir, al día en que hubiese fracasado en su reembolso.
Los nombres al pie de las súplicas
La vista tuvo lugar en el Old Bailey en febrero. La defensa dedujo una tacha relativa al testimonio de Robertson, complicado él mismo en la intriga. La duda legal fue reservada al arbitrio de los doce jueces; no sirvió para librar a Dodd. Declarado culpable, y condenado a la última pena en mayo tras solventarse el punto de derecho, yacía en una prisión donde su oratoria aún hallaba oyentes, pero ya no la virtud de franquearle la cancela.
Escribió sin descanso. Imploró socorro. Samuel Johnson intercedió en su favor y redactó diversos escritos enderezados a secundar sus pretensiones, amén de un sermón destinado a los penados. El insigne polígrafo no precisaba tener la falsificación por inocente para desear que un hombre no fuese ahorcado por haber incurrido en ella. En torno a Dodd, la súplica de gracia congregó a quienes recordaban sus desvelos caritativos, a otros conmovidos por su caída y a muchos a quienes sublevaba el rigor del castigo.
Circularon representaciones que recabaron millares de firmas. Tras el nombre falsificado que labró su ruina, hileras de nombres verdaderos se sumaban para implorar por su vida. Se requerían las rúbricas de feligreses, vecinos y magistrados; las fundaciones piadosas pregonaban cuanto le debían. Su prestigio tornaba a ser tabla de salvación. Introducía en Newgate esperanzas cuya solidez era arduo justipreciar, pues muchos de cuantos prometían interceder carecían de autoridad para resolver.
Nuestra florista ve discurrir un pliego que ofrecen a la firma por la calle. Reconoce el nombre del clérigo antes de alcanzar el sentido del pedimento. Inquiere si el caudal ha sido devuelto; quien porta la súplica ensaya una explicación, pero otro viandante le corta la palabra. Ella espera. A su espalda, las flores reclaman agua. Cuando vuelven a atender a su pregunta, ya ha resuelto estampar su nombre, sin saber a ciencia cierta si ha obtenido respuesta.
La voz que no habría de volver
El indulto no llegó. El 27 de junio de 1777, Dodd fue conducido al patíbulo de Tyburn junto a John Harris, reo sentenciado por otra causa. El trayecto bullía de curiosos. La relación del capellán John Villette, recogida en la antigua crónica, lo presenta orando, exhortando a su compañero de cadalso y recobrando junto a aquel desdichado una brizna del ministerio que durante tantos años ejerciera. No volvía a ser, sin embargo, el predicador agasajado a quien aguardaban las carrozas a la puerta del templo.
Dodd fue ahorcado. Las palabras de contrición, las restituciones, las recomendaciones y las firmas no bastaron para suspender el rigor del fallo. Dejaba tras de sí volúmenes impresos, lectores, una viuda y un proceso cuyo eco conmovedor ya no dependía de su elocuencia. Los sermones podían seguir saliendo de las prensas; quien los había pronunciado no regresaría jamás a desentrañar sus pasajes ante el auditorio.
En el puesto de nuestra florista, un cliente deposita días más tarde una hoja volante que da cuenta del fin del doctor. La acomoda entre dos tiestos mientras busca las monedas. Ella intenta retirar el papel para preservarlo del agua, lee el nombre de Dodd y lo deja quieto por un instante. Luego alza los tiestos, uno a uno. Ignora aún qué destino dará a la gaceta; por lo pronto, no consiente que se moje.
