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Justicia y escándalos · Inglaterra

Tres cartas sobre la mesa

En Londres, en diciembre de 1672, John Lowman reconoce a Mary Carleton en una habitación donde buscaba a otro sospechoso. Una crónica de 1825 relata las identidades que habría adoptado, sus matrimonios litigiosos, los robos de los que fue acusada, su deportación a Jamaica, su regreso y su juicio definitivo. Fue ejecutada en Tyburn en enero de 1673.

Cuando John Lowman entró en la estancia, no buscaba a Mary Carleton. El carcelero de la prisión de Marshalsea acompañaba a un cervecero de Southwark tras la pista de un ladrón llamado Lancaster. En la habitación del segundo piso, una mujer en bata de noche permanecía de pie junto a una mesa donde reposaban tres cartas. Protestó por aquella intrusión; la disputa permitió a Lowman mirarla de cerca. La reconoció, la llamó por su nombre y se marchó llevándosela a ella y a las cartas. Corría el mes de diciembre de 1672. La crónica que relata este arresto presenta a Mary sucesivamente como princesa alemana, esposa litigiosa, comedianta y ladrona. Ahora, una identidad que se creía conocida la devolvía ante los tribunales.

La crónica de 1825 que refiere esta escena yuxtapone procesos, testimonios de terceros e historias de hurtos; sus imputaciones llegan a nosotros a través de su compilador. A lo largo de estos episodios, Mary transita de un nombre y de una ciudad a otra, y el sobrenombre de «princesa alemana» le abre las puertas de las tabernas, del matrimonio y del teatro. Los relatos sobre sus propios orígenes siguen siendo objeto de controversia.

En dicha crónica, nació en Canterbury con el nombre de Mary Moders, hija de un chantre de la catedral —o, según otra versión, de un modesto comerciante—. Desposó a un zapatero llamado Stedman, tuvo dos hijos, ambos muertos en la infancia, y luego abandonó a su marido. En Dover, se habría casado con otro hombre, cirujano de profesión. Acusada de bigamia en Maidstone, resultó absuelta por falta de pruebas concluyentes. Un tercer enlace, con John Carleton, la dio a conocer en Londres: los allegados de su nuevo esposo denunciaron sus matrimonios anteriores. Fue encarcelada en Newgate y procesada por segunda vez por bigamia; una vez más, el tribunal la absolvió.

Entre las nupcias de Dover y las de John Carleton, la crónica la sitúa en Colonia. Allí habría alquilado un aposento en una posada y viajado a Spa, donde un hombre de edad madura, a quien la narración presenta como acaudalado, se encaprichó de ella. Le hizo entrega de joyas, una cadena de oro y una medalla vinculada a sus servicios bajo las órdenes del conde de Tilly. Le propuso matrimonio; ella aceptó, y él partió confiándole dinero para los preparativos. Entonces, refiere el relato, ella pidió a la posadera que le buscase un carruaje que no regresara a Colonia. Tan pronto como la dueña hubo salido, forzó el cofre donde esta guardaba su dinero y tomó cuanto contenía, incluida la parte que la mesonera había recibido de los regalos del pretendiente. Luego alcanzó Utrecht, vendió parte de las alhajas en Ámsterdam, pasó por Róterdam y Brielle, y se embarcó rumbo a Inglaterra.

Desembarcó en Billingsgate a primera hora del alba, hacia finales de marzo, y halló finalmente cobijo en la Exchange Tavern. Allí, ante la presencia de varios caballeros, narró una vida muy distinta: afirmaba haber nacido en Colonia, hija de Henry Van Wolway, señor de Holmstein, y haber sido desterrada tras desposar a un noble predilecto de su padre. Contó que este marido había muerto bajo falsas sospechas, dejando que sus lágrimas hicieran el resto. Los hombres de la taberna le entregaron el dinero que llevaban consigo y prometieron regresar con más socorros. El apelativo de «princesa alemana» quedó ligado a ella; el texto asegura que, a partir de entonces, lo utilizó en público.

John Carleton, hermano de la cuñada del tabernero, comenzó a cortejarla. Contó, no obstante, con una advertencia: una carta anónima dirigida a su hermano describía a la dama como una impostora y aseguraba que ya había desposado a varios hombres en Kent antes de huir con sus dineros. La misiva llegaba a detallar rasgos físicos destinados a identificarla. Pese a todo, Carleton desposó a quien se hacía llamar princesa. El nuevo enlace la condujo de nuevo ante la justicia; el libro recoge que fue absuelta, al no bastar las declaraciones para fundamentar la acusación. El matrimonio no puso fin a la historia. Poco después, unos actores la acogieron en su compañía; se representó una obra inspirada en la «princesa alemana», en la que interpretó un papel destacado antes de declamar el epílogo.

Las tablas le granjearon admiradores. Según la crónica, dos hombres le ofrecieron sendas sumas cuantiosas antes de que ella los despidiera. Otro, de más edad, la colmaba de sortijas y joyas y le aseguraba una pensión anual. Convivieron juntos. Una noche, tras haber bebido, él le obsequió con una piedra preciosa; en cuanto se hubo dormido, ella registró sus bolsillos y encontró un libro de notas, una letra de cambio de cien libras librada contra un orfebre y las llaves de sus cofres. Se llevó asimismo veinte piezas de oro, un reloj de bolsillo, un sello, un reloj de plata, vajilla y otros enseres. Por la mañana, acudió a la platería, donde le abonaron la letra de cambio sin sospechar que no procedía de su legítimo dueño.

En Cheapside, un mercader de sedas la vio elegir telas por valor de seis libras. Su faltriquera, según alegó, no contenía más que monedas de oro que guardaba con gran aprecio; por ello, el comerciante envió a un dependiente con ella hasta su alojamiento para cobrar el importe. Cerca del Royal Exchange, ella descendió con el pretexto de buscar unas cintas a juego. El mancebo aguardó en el carruaje con el fardo; la mujer y su criada desaparecieron por los callejones contiguos.

Un tejedor francés de Spitalfields dio a su vez crédito a la patraña de una compradora opulenta. Le encargó sedas por importe de cuarenta libras, de las cuales una parte, decía, estaba destinada a una parienta alojada en la pieza contigua. Lo entretuvo con vino mientras llevaba las telas a dicha «familiar». Cuando al fin el hombre llamó a la puerta, los moradores de la casa le señalaron una escalera trasera: la huéspeda ya había huido. A un sastre le encomendó convertir la seda en vestiduras. Para el día en que supuestamente recibiría a sus convidados, dio veinte chelines a la patrona a fin de que dispusiera una cena. El sastre se embriagó. Cuando el ama de la casa subió a acostarlo, Mary y sus acompañantes salieron sigilosamente, llevándose la vajilla y las ropas que no traían puestas; su doncella y el botín subieron a un coche, mientras los demás se dispersaban por distintos caminos.

Estas escenas, que el compilador acumula a modo de suertes de ingenio y destreza, concluyeron por un tiempo en Newgate. Detenida por el hurto de un jarro de plata en Covent Garden, Mary fue declarada culpable y sentenciada. Su pena fue conmutada por la deportación forzosa a ultramar, siendo enviada a Jamaica. Dos años más tarde, según la crónica, se hallaba de nuevo en Londres, haciéndose pasar esta vez por una rica heredera. Contrajo nupcias con un boticario de Westminster, a quien habría despojado de más de trescientas libras antes de abandonarlo.

Sobrevino entonces la estancia donde Lowman buscaba a Lancaster. Tras su arresto, Mary permaneció bajo custodia en la Marshalsea hasta el 16 de enero siguiente, fecha en que un auto de habeas corpus la condujo ante el tribunal de Old Bailey. Se le preguntó si era en verdad la mujer conocida bajo el nombre de Mary Carleton; respondió que sí. A continuación, el tribunal le inquirió por qué había regresado tan pronto de su deportación. Dice la crónica que intentó ganar tiempo y luego alegó estar encinta. Un jurado de matronas dictaminó que no se hallaba en cinta. En la última jornada de las sesiones, se le notificó la sentencia de muerte.

En prisión menudearon las visitas: algunos acudían por mera curiosidad; otros, para departir sobre la muerte y la religión. A uno de ellos, Mary le habría manifestado que profesaba la fe católica, que deploraba su conducta pasada y que ansiaba poder rehacer su vida. Censuró asimismo a las mujeres convocadas para juzgar su gravidez, arguyendo que no podían tener certeza de su veredicto y que bien habrían podido concederle un plazo mayor.

El 22 de enero de 1673 le fueron retirados los grilletes. Antes de partir, Mary prendió a su manga el retrato de su esposo Carleton. Se despidió en francés de un caballero que la había visitado, mientras doblaba la campana de St Sepulchre. Un amigo, el señor Crouch, subió con ella a la carreta; ella le confió dos libros de piedad católica, The Key of Paradise y The Manual of Daily Devotion.

En Tyburn, declaró ante la multitud congregada que había sido vana, que rogaba a Dios le perdonase como ella perdonaba a sus enemigos, y que aún tenía mucho que aducir en su defensa. Acto seguido fue ahorcada. Su cuerpo fue depositado en un féretro y sepultado en el camposanto de St Martin. El renombre de princesa no había impedido la sentencia; la efigie del marido a quien desposara, en cambio, la acompañó hasta el postrer trayecto.

De este caso podría nacer un libro

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Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

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El traje olvidado en el teatro

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La estancia de las tres cartas

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Los nombres de paso

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

La compilación retrospectiva de 1825 narra las identidades fingidas de Mary Carleton, sus procesos, su deportación a Jamaica y su retorno. Sus anécdotas de hurto y fullerías se hallan atribuidas a esta fuente. El presente relato adopta el 22 de enero de 1673, fecha consignada en el cuerpo de dicha compilación y en el título de un impreso de 1673; el encabezado de Borrow consigna el 26 de enero. Se han omitido la fecha de nacimiento y la edad exacta, al diferir los impresos de la época.

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