En Londres, cuatro robos de sedas y objetos de valor llevaron a Jane Holmes ante los jueces en 1726. Negó los hechos hasta el final. No obstante, el mismo relato que da cuenta de sus desmentidos refiere también sus confesiones sobre un prolongado comercio de mercancías robadas y el difícil reparto de lo que había acumulado.
La crónica se abre en el contexto de un endurecimiento penal. Durante el verano de 1726, varios comerciantes de Londres solicitaron la ayuda del gobierno frente a los hurtos cometidos en las tiendas. Prometieron una recompensa y el perdón a todo aquel que delatase a sus cómplices. El proceso concluyó, según el autor, con la condena de seis o siete personas a lo largo de varias sesiones judiciales. Estima que estos arrestos pusieron fin a dicha modalidad delictiva; tal conclusión responde al comentario del cronista y no a un balance independiente.
La procesada afirmaba haber nacido en el norte del reino, hija de un caballero. El narrador no confirma este origen: se limita a observar que había recibido una educación adecuada y que, ni por sus modales ni por su porte, parecía pertenecer al pueblo llano. Quienes ella señalaba como sus parientes más cercanos se negaron, no obstante, a reconocerla y a solicitar un indulto en su favor. Durante su encarcelamiento, continuó reivindicando estos lazos familiares, a pesar de las objeciones de aquellos a quienes presentaba como los suyos.
Según el cronista, había llegado a Londres hacia los quince o dieciséis años para reunirse con una tía, en contra de la voluntad de sus allegados. Un joven de la vecindad no tardó en cortejarla, confiando en que la familia que ella decía tener en el norte le facilitara con qué abrir un negocio. El relato asegura que contrajeron matrimonio en secreto, sin que el dinero prometido llegara jamás. Su esposo comenzó entonces a darle un trato severo, afirma el autor. Fue así como se introdujo en el tráfico clandestino de mercancías de procedencia ilícita: el texto la describe como una intermediaria capaz de dar salida a los efectos hurtados a un precio razonable y con escaso riesgo.
No consta la fecha precisa de su encuentro con Jonathan Wild. El narrador conjetura que pudo recibir de él orientaciones para colocar el botín, pero expone esta relación como una posibilidad y no como un hecho comprobado. Cerca de un año más tarde, fue detenida, juzgada y sentenciada a la deportación. Permaneció fuera de Inglaterra dos años o más. El cronista atribuye su regreso al afecto por sus hijos; tal explicación es de su exclusiva cosecha. Reanudó el contacto con viejos conocidos a quienes la reseña califica de menos diestros que ella en el hurto de tiendas. En este relato resulta imposible discernir la parte correspondiente al comercio clandestino de la de los robos en los que ella misma habría intervenido.
Habría acumulado, no obstante, caudales y objetos de precio. Hacia las Navidades anteriores a su muerte, un aventurero irlandés contrajo matrimonio con ella, según el autor, con el propósito de apoderarse de sus bienes. Tras su última detención, dispuso de ellos sin demora. La crónica destaca en particular una gran bolsa de viejas monedas de oro que ella había reunido, según decía, para tiempos difíciles. No se detalla la formalización de este enlace ni el modo exacto en que aquel hombre se apropió de sus pertenencias. La fortuna de Holmes, labrada en la sombra, no le brindó, por tanto, la seguridad que prometía aquella reserva áurea.
Los cuatro cargos de la acusación versaban sobre robos independientes. El 1 de mayo de 1726, habrían desaparecido de la tienda de Mathew Herbert cuarenta yardas de seda para manto, de tono rosa, tasadas en diez libras. El 1 de junio, veinte yardas de seda espolinada sobre fondo pajizo, valoradas en igual cuantía, le fueron imputadas a Holmes en perjuicio de John Moon y Richard Stone. El texto no vincula ambos episodios a un mismo escenario ni a un mismo procedimiento: los discrimina por sus perjudicados, sus géneros y sus fechas.
Otras dos imputaciones aludían a géneros sustraídos en compañía de Mary Robinson. El 7 de enero, Holmes se habría apoderado de una copa de plata perteneciente a Elizabeth Dobbinson, valorada en cinco libras. El 24 de diciembre, ochenta yardas de seda para manto, de color cereza, estimadas asimismo en cinco libras, se atribuyeron en quebranto de Joseph Bourn y Mary Harper. En estas dos fechas, la reseña omite el año; por tanto, no procede adscribirlas sin reservas a 1726. Tampoco se puntualiza si Mary Robinson fue encausada por estos hechos.
Una mujer compareció como testigo de cargo contra Holmes en las distintas acusaciones. El cronista refiere que sus declaraciones se vieron corroboradas por diversas circunstancias y que el jurado declaró culpable a la acusada de los cuatro cargos. No consigna el nombre de dicha testigo. Esta salvedad reviste importancia: Mary Robinson figura en dos episodios como presunta cómplice, pero el texto no afirma que fuera la delatora. Nada faculta tampoco a confundir las sustracciones propiamente dichas con el comercio de efectos hurtados que Holmes reconocía haber practicado.
Bajo sentencia capital, negó todos los robos de los que acababa de ser hallada culpable y sostuvo no haber cometido jamás latrocinio alguno. Al mismo tiempo, admitió haber conocido a Jonathan Wild, haber adquirido géneros robados y haberlos revendido para obtener considerables sumas. Estas confesiones no equivalen a una aceptación de los cuatro delitos juzgados. Dibujan más bien la línea divisoria que ella mantenía entre la compraventa, que reconocía, y los robos concretos cuya autoría rehusaba asumir.
Procuró alcanzar la suspensión de la pena aduciendo sus pretendidos vínculos con una familia principal. Los clérigos que asistían a los reos le advirtieron de que sus alegaciones de parentesco carecían de crédito. El capellán de Newgate le notificó que el varón al que llamaba padre había fallecido la semana anterior. La crónica consigna que rompió entonces en llanto y reprochó, sin aspavientos, a quienes tenía por suyos que la abandonasen a su suerte. El relato no aporta elemento alguno para contrastar su linaje; únicamente muestra cuán aferrada permanecía a él cuando una gracia real aún dependía del valimiento de su estirpe.
Llevaron a sus hijos a Newgate para que la vieran. Lloró sobre ellos y lamentó no haber ahorrado esfuerzo alguno para asegurarles el sustento. Cuando perdió toda esperanza de burlar la muerte, su carácter se tornó arrebatado. Se entregó a accesos de cólera, increpó a sus compañeros de celda y alteró a los demás ajusticiados. Los carceleros la reprendieron; el pastor de la prisión la conminó a mudar de conducta. Según la reseña, se serenó en los dos o tres últimos días y expresó entonces pesar por las faltas de su vida.
Declaró perdonar a la mujer que había declarado contra ella, sin dejar de considerarla más culpable que ella misma, pues le afeaba haber desfigurado la verdad. Este reproche procede de la propia Holmes y no de una apreciación del tribunal consignada por el cronista. En Tyburn se mostró más templada de lo previsto y oró, según el observador, para que su desenlace sirviera de escarmiento. Murió con cerca de treinta y cuatro años, el mismo día que los otros condenados reseñados con antelación en el compendio. El extracto no aporta la fecha de dicho suplicio.
La crónica deja así expuestos, lado a lado, un veredicto que Holmes impugnó hasta el cadalso y un tráfico de efectos ilícitos que ella misma admitió. Su negativa a responder de los cuatro hurtos no borra las condenas pronunciadas ni ensancha los límites de lo que los anales permiten esclarecer sobre su existencia.
