Un libro encuadernado en cuero, un pañuelo de seda y cuatro guineas: en torno a estos objetos se cerró el destino de Mary Standford. El hombre con quien había cenado aseguraba que ella lo había despojado. Ella respondía que las guineas eran una dádiva. Entre el presente y el hurto mediaba ya toda la distancia que separa una noche de encuentro casual de una sentencia de muerte. La vieja crónica criminal que refiere la causa conservó esta oposición, si bien se demora casi tanto en las faltas que atribuye a Mary como en las circunstancias de su proceso.
La mujer a quien el cronista llama Mary Standford había nacido de padres a los que describe como gentes harto honorables. La enviaron a la escuela y procuraron instruirla para cumplir con sus deberes en la posición que hubiera de ocupar en la vida. Ella, sin embargo, cobró apego, según el autor, al trato de los muchachos y a las concurrencias en las ferias aldeanas. Sus allegados terminaron por enviarla a Londres, determinación que la crónica juzga motivada de forma inexcusable por tales compañías.
En la capital, Standford halló una o dos colocaciones estimables, las cuales perdió por causa de su comportamiento, a juzgar por el veredicto moral de la semblanza. Un lacayo la sedujo; pasó después a la prostitución callejera. El cronista la retrata frecuentando entonces a Mary Rawlins, llamada Black Mary, que antaño había sido mantenida por un acaudalado caballero de la City antes de caer en la indigencia. Ambas mujeres transitaban el trayecto comprendido entre Temple Bar y Ludgate Hill. Hubo épocas en que obtenían dinero de ciertos jóvenes; en otras, las ganancias eran tan exiguas que hubieron de empeñar casi todo su vestuario y turnarse para salir al paso público.
El relato deslinda luego el rumbo de Rawlins del de su compañera. Rawlins desposó a un antiguo miembro de los Life Guards y debió mudar sus aposentos para residir cerca de King Street, en Westminster. La crónica rechaza la idea de que el matrimonio la hubiera enmendado: afirma que su marido procuraba arrebatarle las gratificaciones que recibía de sus clientes y la incitaba a perseverar en el meretricio callejero. Rawlins no toleró por mucho tiempo semejante sujeción. Una noche halló de nuevo a Standford y la convenció de seguirla a un nuevo barrio, donde se había refugiado tras abandonar a su consorte.
Cerca de Wapping, ambas mujeres recobraron cierto desahogo. La gente de mar constituía una clientela renovada: en cuanto los marineros cobraban soldada, estaban prestos a gastarla en su compañía. Y cuando convenía allegarles fondos, mediaban intermediarios. El cronista alude a sus tratos con corredores que administraban los asuntos de los navegantes y a comisiones harto considerables, cuyo cómputo pormenorizado no precisa. En aquel tráfico, tanto el mediador como las mujeres debían hallar su provecho. El entorno había cambiado; las relaciones pecuniarias permanecían invariables, con la salvedad de que las dos antiguas camaradas habían aunado nuevamente sus intereses.
Tiempo después, Standford contrajo matrimonio a su vez. Conoció a un hombre lo bastante dispuesto a desposarla como para que ella consintiera la unión; tras cerca de un año de convivencia, lo abandonó, del mismo modo en que Rawlins había dejado a su esposo. Más tarde se amancebó con un criado empleado en casa de un principal de la City y concibió un hijo de él. Aquel nacimiento acrecentó sus necesidades; se apartó entonces de sus antiguas compañeras y reanudó en solitario la prostitución callejera, persuadida, según anota el cronista, de que obtendría así un mejor rendimiento.
Poco después de esta mudanza, Standford conoció a un hombre que se mostró, de acuerdo con el texto, singularmente prendado de ella. La convidó a cenar, compartió su lecho y, a tenor de lo que ella declaró, le entregó voluntariamente cuatro guineas. Él sostuvo, por el contrario, que ella le había sustraído un cuaderno encuadernado en cuero, un pañuelo de seda y dicha suma de moneda. Esta contradicción constituyó el meollo de la acusación en virtud de la cual fue enviada a la prisión de Newgate.
Una vez dictada la condena, Standford recibió de ciertos amigos la esperanza de que la pena capital pudiera conmutarse por la deportación a ultramar. Rechazó de plano tal posibilidad y declaró preferir la muerte en suelo inglés, incluso la más infamante y atroz, antes que ser transportada más allá de los mares para procurarse allí el sustento. Su firme resolución causó extrañeza al cronista, quien consagra una extensa digresión a semejante repugnancia. En su sentir, el pavor a las colonias inducía a veces a los reos a desestimar la única posibilidad que les restaba de conservar la vida; estimaba que debiera pintárseles como más llevadera la existencia que allí los aguardaba.
El cronista aboga por la deportación penal con una seguridad que Mary de ningún modo compartía. Deseaba que se imprimiera un opúsculo destinado a los convictos con el propósito de convencerlos de que la travesía no los arrojaría a las privaciones que temían. A juicio del autor, las faenas exigidas ultramar no serían más rigurosas que las de los jornaleros de Inglaterra; los patronos, por ser ellos mismos ingleses, conservarían las virtudes que atribuía a su nación. Trátase de los argumentos de un defensor del régimen penitenciario, no de la verdad sentida por Mary. Donde ella adivinaba la servidumbre, él pretendía mostrarle la oportunidad de rehacer su fortuna.
Prosigue el cronista su raciocinio: en Inglaterra, la persona indultada vuelve a toparse con la miseria, el descrédito y las antiguas tentaciones. En las colonias, aduce, podría cumplir su tiempo de servidumbre y luego establecerse. En cambio, quienes regresan clandestinamente de la deportación afrontan la muerte en caso de ser habidos; a su parecer, tal congoja los empuja a desafueros aún más execrables. Todo este alegato se desenvuelve en torno a una mujer que ya había rehusado el auxilio procurado por sus amistades. Estas no le traían un perdón consumado: le sugerían apenas la perspectiva de una conmutación. Ni aun semejante alternativa la hizo doblegarse.
Durante el plazo que le restaba de vida manifestó, según el reproche del cronista, escasa solicitud por su propio hijo, al que confiaba al socorro de la parroquia. Confesó haber errado gravemente y confió en la clemencia divina. El relato la pinta recogida en oración tras la lectura de la sentencia y luego al pie del patíbulo; declaró no guardar rencor alguno hacia su acusador ni hacia persona viviente. Murió en Tyburn en 1726. Frisaba en los treinta y seis años.
Por su vástago, Mary encomendaba el amparo a la parroquia. Por sí misma, imploraba el perdón de Dios y repudiaba el porvenir con que pretendían ilusionarla al otro lado del océano. El hombre que la había incriminado mantuvo su versión de las cuatro guineas; ella no se retractó de la suya. La sentencia resolvió entre sus testimonios. Lo que no consiguió fue que Mary prefiriese el destierro al cadalso.
