Faltaba la llave de la despensa. Jane Griffin había dispuesto un ave fría para la cena de los niños, pero la llave extraviada no aparecía por parte alguna. Durante la búsqueda, el ama sospechó que su sirvienta, Elizabeth Osborn, la había visto o la había cambiado de sitio. Ambas mujeres se enzarzaron en una disputa. Se habían querellado con frecuencia con anterioridad; en esta ocasión, un cuchillo que quedó al alcance de la mano convirtió las palabras en una herida mortal.
Jane residía junto a su esposo, quien regentaba la posada de Los Tres Pichones, en Smithfield. La crónica antigua la describe como descendiente de padres honestos y acomodados, educada con esmero, en particular en la religión, y tenida en alta estima en diversas casas distinguidas antes de contraer matrimonio. Llevaba con diligencia el establecimiento: la clientela acudía numerosa y, según refiere el texto, salía siempre satisfecha. Existía, pues, un tráfago constante de trabajo y concurrencia alrededor del mostrador, las salas que atender y las viandas que preparar. Ese mismo retrato señala asimismo su temperamento colérico, propenso a súbitos arrebatos de furor.
Elizabeth Osborn entró a servir en la casa. El ama y la muchacha no congeniaban; las desavenencias se repetían, acompañadas a menudo de expresiones acerbas. Conforme a la relación histórica, Jane respondía en ocasiones con términos violentos. Tras la muerte de Elizabeth, estas imprecaciones fueron aducidas durante la vista judicial a título de indicios de una malicia premeditada. Se aludía a veces a los celos como origen de tales disputas, extremo que el cronista declara no poder aseverar.
Aquella noche, la llave de la despensa faltaba en el momento de aderezar la cena de los pequeños. Jane y los demás criados comenzaron a buscarla. Al no dar con ella, el ama penetró en la estancia donde se hallaba Elizabeth y le echó en cara haber visto la llave o haberla escondido. La sirvienta replicó también con acritud, según el cronista. El cuchillo del que Jane acababa de servirse para trinchar la carne fría descansaba muy cerca de ambas.
En mitad del altercado, Jane empuñó el cuchillo y asestó un golpe a Elizabeth en el pecho. La hoja la hirió de muerte. En el escrito que dejaría con posterioridad, Jane describiría aquel trance como un acto repentino, exento de premeditación maliciosa.
Tras asestar el golpe, Jane subió al piso superior sin imaginar que hubiese quitado la vida a Elizabeth. La alarma sonó cuando la criada cayó desplomada. Jane fue conducida ante un magistrado y confinada seguidamente en Newgate. Al comienzo de su cautiverio, parecía abrigar la esperanza de resultar absuelta en el juicio. No prestó confesión alguna a lo largo de dicho período. A medida que la vista se aproximaba, la crónica la muestra presa de una zozobra creciente, a despecho de cuantos argumentos pudiera esgrimir en su descargo.
El jurado la declaró culpable y la sentencia de muerte fue pronunciada. Jane no renunció de inmediato a la esperanza de sustraerse al suplicio, por más que sus aprensiones arreciasen ante la inminencia del fallo. Con todo, se dispuso a bien morir y solicitó el auxilio del clérigo de su parroquia. Este acudió a visitarla y la acompañó en sus oraciones. La crónica retrata a una mujer que rezaba con un fervor y un quebranto cada vez mayores, a medida que la condena se volvía inexorable.
El cronista la presenta profundamente arrepentida. Relata que a menudo permanecía sentada sobre el suelo inmundo, manifestando en substancia que debía humillarse en el polvo y que de buena gana entregaría cien corazones con tal de borrar su culpa. La relación vincula esta penitencia a las visitas del ministro y a la llegada de la orden de ejecución, tras la cual desvaneció toda ilusión de eludir el cadalso.
Cuando llegó la orden de ejecución, comprendió que toda esperanza de vida se extinguía. Según la crónica, se consagró más resueltamente a la religión y a los pensamientos del más allá. Poco antes de cumplirse la pena, obtuvo un último coloquio con su esposo y su hija. Rogó a su cónyuge que llevase una existencia ordenada, cuidase de sus negocios y no descuidara en nada la crianza de su criatura. Él prometió atender a todo ello, tras lo cual el relato anota que ella pareció serenarse. Le recordó una vez más sus intereses temporales, pidiéndole que atesorara aquel postrer consejo, antes de volverse hacia su hija. El texto distingue con nitidez dos desvelos: lo que convenía enderezar en el gobierno del hogar y lo que la niña debía aprender tras su partida. A la pequeña, Jane le transmitió la advertencia de no dejarse arrastrar jamás por la ira en los lances más menudos. Le imploró que tomara su muerte por escarmiento y viviera en la sobriedad, la mansedumbre y la obediencia a su fe. La lección que le inculcaba seguía el curso que ella misma achacaba a su propia falta: palabras vivas por un motivo fútil, el hábito de encolerizarse y, por fin, un desenlace del que no cabía retorno. La relación la muestra anegada en llanto por la hija a quien ya no podría educar. El dolor del marido y de la niña resultó tan desgarrador que los eclesiásticos, temerosos de perturbar más a Jane, pusieron término al encuentro y la dejaron a solas con sus disposiciones espirituales.
Los muros de la prisión no acallaron las habladurías que empañaban su nombre. Ciertas personas propalaban que había estado implicada en el asesinato de un tal Hanson, muerto en los campos de Farthing-Pie House, y que había convivido maritalmente con Griffin antes de sus desposorios. La crónica atribuye estos rumores a decires anónimos. El capellán de Newgate, a quien el texto llama el Ordinary, terminó por ponérselos en conocimiento. Jane negó de plano participación alguna en la muerte de Hanson y declaró no haber vivido jamás cerca de dicho paraje ni haber tenido noticia de semejantes murmuraciones. Rechazó del mismo modo la especie que mancillaba su matrimonio y aseguró perdonar a cuantos la hubiesen difundido.
Un escrito que depositó en manos de un amigo prestó otra voz a su sentir. En él reconocía el lance que costó la vida a Elizabeth, pero insistía en que jamás había maquinado la muerte de la sirvienta. En su versión, el altercado había nacido del extravío de la llave; el cuchillo se hallaba a mano y lo había asido en un ciego arrebato. Manifestaba llorar su yerro y cifraba su consuelo en el arrepentimiento, sus padecimientos y la fe en Cristo. Suplicaba que la afrenta inferida a su linaje no recayera sobre su esposo ni sobre su hija. Otorgaba su perdón a cuantos la habían agraviado, en especial a los urdidores de infamias, y rogaba a quienes ella pudiera haber ofendido que la perdonaran a su vez. Conminaba asimismo a los lectores a orar por su alma. El pliego aunaba confesión, contrición, perdón y salvaguarda de los suyos.
El 29 de enero de 1719-20, fecha transmitida conforme al antiguo calendario inglés, Jane fue conducida al cadalso. La crónica refiere que, en sus postreras horas, se vio sobrecogida por el espanto e interrogó repetidamente al pastor y al capellán sobre si le restaba aún alguna esperanza de salvación. Parecía despedirse de ellos con indecible congoja, reiterando su angustiada pregunta. El capellán la exhortó a resignarse a este postrer trance de su amargura y le habló de la bienaventuranza de hallarse en una vida mejor, si tal era la voluntad divina. La escena final dista, por ende, del sosiego que el cuadro de penitencia hubiera hecho prever: el documento sostiene a un tiempo sus preces, sus remordimientos y el pavor ante la muerte inapelable. Expiró a la edad de unos cuarenta años, sentenciada por la muerte de Elizabeth Osborn. En el pliego confiado a un amigo, Jane sostuvo hasta el final la ausencia de premeditación en su acto.
