El 12 de julio de 1773, la víspera del día fijado para su ejecución, Yves le Cun solicitó la presencia de su relator; ignoraba aún la sentencia pronunciada contra él. Una contraorden suspendió la ejecución. Al día siguiente, reclamó justicia declarando que Louis Coden no se hallaba en el molino. En el mes de agosto, reiteró este descargo y señaló a otras personas, entre las cuales figuraban las hermanas Lescop. Estas declaraciones sucesivas prolongaron una instrucción en la que cada nuevo nombre arrastraba consigo a otros acusados.
El asunto se había iniciado seis meses antes, el 16 de enero, en un molino bretón. La crónica presenta como autores del robo a seis hombres y a una mujer. Las declaraciones de Joseph Hubedas, molinero de Castel-Pic, de su esposa y de dos sirvientas describen directamente a cinco hombres que penetraron en el interior, así como a una mujer que preparaba los efectos robados. Los testigos del molino no habían salido durante el robo; el sexto hombre, situado según las sirvientas cerca de la puerta, permaneció desconocido.
Hubedas reconoció a Yves le Cun como el individuo que lo había agarrado del cuello, había destrozado los armarios y se había llevado el dinero. Su mujer y las dos sirvientas contaron cinco hombres y una mujer dentro del molino. Las sirvientas relataron que se habían ocultado en la vivienda tras comprender que tenían ante sí a unos ladrones; desde allí, oyeron los golpes de hacha y el estruendo de los armarios forzados. Cuando intentaron regresar, un desconocido, apostado junto a la puerta y armado con un fusil o un garrote, se lo impidió. No podían asociarlo a rostro alguno.
La diferencia entre seis hombres y cinco, que las declaraciones permitían explicar por la presencia de un vigía, no impidió a la justicia multiplicar el número de acusados. Diez personas fueron condenadas a muerte; siete fueron ejecutadas. Para Louis Coden, detenido junto a Le Cun, las primeras resoluciones cambiaron bruscamente de rumbo. Protestó su inocencia y solicitó que se abriera una investigación a instancias del procurador fiscal, en consideración a la modestia de su fortuna. El 28 de junio, su petición fue desestimada; él y Le Cun fueron condenados a la marca infamante, a la cadena y a galeras perpetuas. El 7 de julio, la sentencia fue reformada: ambos fueron condenados a la horca, encomendándose al juez de Guingamp la ejecución del fallo.
Ambos hombres fueron conducidos, cargados de grilletes, ante sus jueces. Coden sufría por segunda vez la humillación de la banqueta de los acusados. Varios prisioneros advirtieron al carcelero de que Coden era inocente. El carcelero creyó poder incitar a Le Cun a hablar haciéndole saber que, de ser condenado, debía revelar la verdad. Sin embargo, Le Cun ignoraba todavía el fallo dictado en su contra; temía que, al exculpar a Coden, descubriera su propio crimen. Hallándose ausente el relator, el propio presidente se negó en un principio a admitir que Coden pudiera ser menos culpable que su compañero. Tres testigos, argüía, habían declarado contra ellos de visu; los condenados tan solo pretendían prolongar sus días.
La contraorden, no obstante, se impuso sobre aquel prejuicio. El 13 de julio, Le Cun declaró que Coden no se encontraba en el molino durante el robo. El 2 de agosto, reiteró este descargo y señaló a otras personas, entre ellas Marie y Élisabeth Lescop. Se celebraron careos con Yves le Cam, Philippe Perrot y Jacques Maillard; se incoó un nuevo sumario. El procedimiento desembocó en condenas a muerte contra Le Cun, Maillard y Philippe le Piven, mientras que Pierre le Cam y Philippe Perrot fueron condenados en rebeldía. Las dos hermanas también se vieron implicadas a raíz de las revelaciones del reo.
La sentencia del 24 de noviembre fue confirmada el 13 de diciembre. El cadáver de Le Cun debía ser expuesto en el mismo paraje donde se había cometido el robo; la apelación de Maillard y de Le Piven se juzgaría tras su ejecución. Se aguardaba acaso del reo un último testimonio, una suerte de testamento que esclareciera las responsabilidades. No ofreció ninguno. Maillard fue sometido a tormento. Apenas retirado del fuego, fue careado con Le Piven y sostuvo que este formaba parte de los hombres que entraron en el molino. Convino asimismo en que él se encontraba solo junto a la puerta. Tras esta confesión, fue ejecutado y su cuerpo expuesto en el lugar del delito; al día siguiente, se dictó la condena de Le Piven.
Nuevas detenciones sobrevinieron en marzo de 1774, con motivo de una feria en Le Faouët. Una orden del preboste general mandaba prender a unos merceros sospechosos de haber robado en la iglesia de Notre-Dame de Guingamp; entre las personas capturadas como presuntos cómplices de aquellos ladrones se encontraban Philippe Perrot, Jean le Gonidec, Marie y Élisabeth Lescop. El proceso las vinculó con el robo del molino. El 6 de junio, las cuatro fueron declaradas cómplices del asalto de Castel-Pic y condenadas a morir en la horca. La sentencia fue confirmada el 30 de junio.
Ahora bien, las piezas de los autos, según las refiere Champagnac, no demostraban que las hermanas hubiesen participado en el robo. A medida que se aproximaba la ejecución, corrió una voz entre el vecindario congregado: Perrot y Le Gonidec habían pretendido exculpar a las dos jóvenes en su testamento de muerte. Ambos habían suplicado al comisario que recibiese sus declaraciones tras recibir la confesión. Varios de los presentes, conmovidos por su insistencia y su acento de sinceridad, habían respaldado la súplica; el comisario no cedió. La multitud sabía que los condenados señalaban a las hermanas como ajenas al crimen, mas no podía evitar que la sentencia se llevara a término.
El recuerdo de Coden, que había arrastrado cerca de seis meses de cadenas tras una condena inicua, otorgaba a semejante obstinación una resonancia singular. Se había visto ya con cuánta facilidad podía extraviarse una sentencia antes de que un testimonio viniera a enmendarla; esta vez, las palabras brindadas a la justicia quedaban varadas a las puertas del procedimiento. Los rostros de los asistentes mostraban consternación. Tres reos fueron ajusticiados: Le Gonidec, Perrot y Marie Lescop. Élisabeth aguardaba su turno, aterrorizada, mientras el ejecutor acababa de consumar los otros suplicios.
El verdugo se detuvo. Champagnac refiere que se sintió conmovido a la vista de aquella joven a quien todo inducía a considerar inocente. Se acercó y le aconsejó declarar que se hallaba encinta, circunstancia que, con arreglo a la ley, debía suspender la ejecución. Élisabeth, presa del pavor, no acertaba a valerse de semejante recurso. Entonces, el verdugo habló con voz lo bastante alta para ser oído, indicando a los sacerdotes y alguaciles que la reo debía dirigirse a ellos. Estos se aproximaron y, enterados por él del alegado embarazo, la hicieron conducir nuevamente a prisión. La estratagema no constituía aún una justificación jurídica, pero suspendía el instante fatal.
Personas compadecidas de su suerte hicieron llegar sus quejas hasta el Consejo de Estado. El Consejo remitió la revisión al Parlamento de Bretaña. En su memorial del 17 de agosto de 1776, Élisabeth reclamó que fuesen admitidos por fin los testamentos de muerte de Le Gonidec y de Perrot; denunció la negativa del relator, que se había negado a consignarlos en el momento en que ambos reos pedían declarar la inocencia de las hermanas.
El nuevo examen culminó, el 15 de julio de 1777, en una sentencia solemne: Élisabeth Lescop fue declarada inocente y la condena pronunciada en su contra quedó anulada. La crónica presenta esta resolución como el triunfo tardío de la inocencia, mas tal expresión no debe ensombrecer la escena que la precedió: Marie ya había sido ajusticiada, mientras que su hermana tan solo se salvó gracias a la suspensión improvisada por un verdugo. La justicia enmendó una sentencia; no podía devolver la vida a quienes ya habían padecido la pena.
Una clave esencial del proceso reside en ese abismo abierto entre las voces y su acogida judicial. En el molino, los testigos alcanzaron a describir a los cinco hombres que entraron y a la mujer que preparaba los fardos; del apostado ante la puerta, solo percibieron una presencia. Le Cun, por su parte, exculpó a Coden y añadió luego nuevos nombres; dos condenados, a las puertas de la muerte, reclamaron que se escuchasen sus declaraciones en favor de las hermanas. La instrucción acogió ciertas palabras tardías como cargos inculpatorios, pero rechazó de entrada aquellas que podían suspender los suplicios. Fue preciso que una multitud diera testimonio de ello, que una mujer fuera conducida hasta el pie del patíbulo y que otra pereciera en él, para que un fallo judicial restituyera por fin a Élisabeth Lescop su reconocida inocencia.
