El 19 de marzo de 1829, Adrien Lafargue compareció en Tarbes ante el tribunal de lo criminal de los Altos Pirineos, acusado de haber asesinado a Thérèse Castagnère, esposa Loncan. Tenía veinticinco años y ejercía el oficio de ebanista. Las primeras preguntas del presidente versaron sobre los hechos particulares que habían precedido al crimen. Lafargue respondió con tal abundancia de pormenores que se interrumpió a sí mismo para suplicar que se le permitiese relatar toda su vida en riguroso orden. «Si soy un criminal, no es por culpa de mi familia», declaró antes de evocar a su hermano, de quien afirmaba haber recibido constantes consejos de honor y virtud.
El tribunal lo escuchó. La prensa publicó más tarde aquel relato, que cautivó la atención de un vasto público; Champagnac reproduce extensos pasajes del mismo y confronta luego la confesión con las declaraciones testimoniales practicadas en la vista. Conviene seguir ambas voces sin confundirlas: la primera es la de un acusado que articula la sucesión de sus actos y justifica el influjo que Thérèse habría ejercido sobre él; las segundas corresponden a las personas que, según la crónica, corroboraron casi todos los hechos esenciales. El retrato que él traza de la víctima no deja de ser su propia interpretación, formulada una vez muerta ella.
A los veinticuatro años, según dijo, llegó a Bagnères. Conoció allí en primer término a una mujer cuya identidad rehusó revelar, y luego mudó de alojamiento. En el bulevar de la Poste buscó una morada modesta y entró en una casa donde se hallaban reunidas varias mujeres. Thérèse se levantó para responderle; su madre se hallaba ausente, pero creyó posible acogerlo. Al día siguiente, madre e hija le mostraron un aposento donde recibiría aposento y sustento. Era, según afirmó, la misma estancia donde habría de consumarse la catástrofe.
En su relato, las primeras veladas estuvieron jalonadas de ademanes que cobraban a sus ojos el significado de un apego naciente. Describió una presión de manos, un beso, y más tarde una conversación en la que Thérèse le reveló que estaba casada y que su marido la había abandonado. Lafargue aseguró haberle aconsejado que regresara junto a su esposo. Refirió asimismo haberle advertido que debía contraer matrimonio en Bayona con la hija de un amigo de su padre. Sus palabras, sus promesas y la presencia de un niño en la casa se convirtieron, en la versión que ofreció a los magistrados, en los hitos de una relación que él juzgaba exclusiva, aunque bien sabía provisional.
Una mañana regresó a la vivienda hacia las siete, cargado con sus herramientas, sin que ella lo aguardase. Halló la puerta cerrada; advirtió luego la turbación de la mujer y un delantal manchado de pintura. Se aproximó al lecho y distinguió la silueta de un hombre oculto tras una cortina. Abandonó en un primer momento la estancia; en la escalera se cruzó con el pintor que trabajaba en la casa. Más tarde, según su testimonio, Thérèse le confesó que aquel individuo había sido en otro tiempo su amante y que había cedido a sus pretensiones. La declaración de Lafargue recoge su propia respuesta: le otorgó el perdón. Recoge asimismo la promesa formulada por ella de morir si alguna vez volvía a serle infiel. Semejantes palabras, de haberse pronunciado en los términos que él refirió, no podían otorgarle, sin embargo, derecho alguno sobre ella.
Tras una disputa con el tío de Thérèse, Lafargue abandonó la casa. Continuó viéndola en citas convenidas. Una noche ella no acudió; al día siguiente, él reconoció haberla empujado y arrojado al fango, antes de limpiarla con su propio pañuelo. Declaró también que ella había acudido a buscarlo a su taller para pedirle tres francos, suma de la que él carecía; ante su negativa, según dijo, comenzó a mostrarse esquiva. Finalmente, le hizo saber que no deseaba dirigirle más la palabra.
La ruptura no puso fin a sus tentativas. Lafargue declaró haber advertido a Thérèse, por mediación de un tercero, de que evitase permanecer ante su puerta durante algunos días, pues él podría «cometer una desgracia». Pasó más tarde ante la vivienda y la vio en el umbral acompañada de otras mujeres. Hacia las diez de una noche divisó el postigo de su alcoba entornado y profirió amenazas contra quien creyó distinguir en la ventana. Admitió haber vertido tales amenazas, si bien sostuvo no haber tenido entonces más testigo que él mismo y la persona presente.
Intervino la policía. Un comisario lo remitió ante el sustituto del procurador del rey, quien le prohibió terminantemente volver a ver a Thérèse o entrar en su morada, advirtiéndole de que quedaría sujeto a estrecha vigilancia. Esta amonestación no interrumpió el encadenamiento de sucesos que él refería. La ventera de la posada Bonsoir, testigo de su desasosiego, le aconsejó encargar una misa. El texto atribuye a Lafargue una respuesta en la que juzgaba semejante empeño incapaz de sosegar su tormento. Permaneció, en efecto, en las inmediaciones de Thérèse: a solas en su taller durante el día y desvelado por la noche, obsesionado por la idea del abandono y por la amenaza que decía querer conjurar.
Según su propia confesión, la resolución de matarla y quitarse luego la vida maduró en el curso de una de aquellas noches. Escogió un arma de fuego. Alquiló dos pistolas a un armero, compró dos cargas de pólvora y dos balas, y requirió al artífice que cebara las armas. Intentó todavía obtener una entrevista con Thérèse. Llevó después las pistolas en los bolsillos y las ocultó bajo una puerta del corredor de la posada Bonsoir. La mujer que las halló se negó en un principio a restituirlas, sospechando el propósito criminal al que estaban destinadas. Lafargue afirmó haberla engañado sobre el nombre del armero y haberla persuadido de que le sería fácil procurarse otras. Al cabo, la posadera le devolvió las armas.
Al día siguiente aguardó a Thérèse en la taberna Bonsoir. Cuando ella entró y rehusó hablar a solas con él, la siguió hasta su domicilio. La madre, que había salido a ordenarle que se marchase, se ausentó por un instante. Lafargue penetró entonces en el edificio, subió la escalera y se presentó en la alcoba. Reconoció ante el tribunal haber disparado en dos ocasiones, errando el primer tiro; luego, al advertir que persistía la incertidumbre sobre el estado de Thérèse, consumó el crimen con el cuchillo que llevaba consigo. Trató enseguida de darse muerte, pero las dos cargas de sus pistolas se habían consumido. Lo hallaron exánime y recobró el conocimiento en el hospital.
Lafargue declaró haber abrigado la esperanza de sucumbir a sus heridas. En el hospital, tras advertir las curas que se le prodigaban, intentó desatar las ligaduras que sujetaban sus brazos para desangrarse. Aseguró que lo detuvieron a tiempo. Este retrato del reo, que se pintaba como víctima de su propio delirio pasional, en nada atenuaba lo que admitía de forma expresa: había amenazado a Thérèse, se había procurado armas, las había llevado consigo y había dado muerte a la mujer que rehusaba volver a verlo. Su propia cronología dejaba al descubierto tanto la premeditación que confesaba haber acariciado como los instantes en que aún barajó la posibilidad de desistir.
Los testigos confirmaron casi todos los puntos esenciales de su deposición. Varios declararon asimismo sobre su intachable conducta anterior, su vida retirada y su temperamento melancólico. Durante la audiencia se había expresado con serenidad; su voz se quebró de emoción al relatar el primer disparo, pero no tardó en recobrar el aplomo. Las declaraciones testificales y su propia confesión planteaban al jurado dilemas diversos. El ministerio público sostuvo la acusación de homicidio voluntario con premeditación. El letrado Dubois, defensor de Lafargue, procuró acreditar la demencia en el momento de los hechos, aportando para ello un manuscrito redactado en prisión. Un segundo abogado manifestó su deseo de tributarle el celo y el hondo interés que el reo le había inspirado.
El 21 de marzo, tras el resumen del presidente, el tribunal sometió a deliberación la cuestión de homicidio voluntario, cometido sin premeditación y provocado por violencias graves. El jurado respondió afirmativamente y por unanimidad a dicho extremo. Tal pronunciamiento no entrañaba la inexistencia del homicidio ni la absolución de Lafargue; descartaba la premeditación en los términos fijados por la Sala y reconocía la atenuante de provocación por violencias graves. La sentencia condenó al joven a cinco años de prisión, diez años de sujeción a la alta policía y al pago de las costas procesales.
Al escuchar la condena, Lafargue permaneció impasible y se inclinó tras la exhortación del presidente. Volviéndose hacia los habitantes de Tarbes, les manifestó que no ignoraba el tierno interés que le profesaban y que vivirían por siempre en su corazón. La crónica refiere clamorosos aplausos y una multitud que se agolpaba tras sus pasos. Aquella conmoción popular acompañó al veredicto, pero no lo invalidó, ni transformó la muerte de Thérèse en un enigma resuelto por la aquiescencia de los espectadores.
La causa se clausura con una resolución penal precisa y con una escena callejera cuya fuerza subraya el cronista de la época. Entre ambos términos perdura el testimonio de un hombre que ordena los acontecimientos al dictado de su pasión y el de unos testigos que corroboran sus líneas maestras; pero resta también una mujer cuya voz no llega hasta nosotros sino a través de las declaraciones de quien la privó de la vida. La Sala dictó condena por homicidio voluntario, sin premeditación y provocado por violencias graves. El público tomó partido por el encausado; la justicia, por su parte, mantuvo la responsabilidad del acto y fijó el castigo.
