En París, el anuncio prometía fortuna y discreción. Una joven viuda, una heredera de provincias, en ocasiones una extranjera casadera: bastaba con escribir al gabinete de la baronesa de Mortier, en el boulevard Saint-Germain, para que una familia honorable abriera sus puertas. Los candidatos acudían con sus ahorros, sus esperanzas y la certidumbre de que una dote aguardaba por ellos. En marzo de 1887, el tribunal correccional escuchó a varios de ellos relatar cómo aquella promesa los había conducido de la epístola a la Ópera, y de la Ópera al dispendio.
Madame Demortier, natural de Rochette según las crónicas, se había atribuido el título de baronesa de Mortier de la Rochette. Vivía separada de su marido y se asoció con Lecourtois, un intermediario avezado en los manejos de las agencias matrimoniales. Según las actas del juicio, su establecimiento se había limitado en un principio a poner en contacto a personas y concertar enlaces sin suscitar queja alguna. No obstante, los honorarios de corretaje pronto resultaron insuficientes para sostener su tren de vida. A partir de 1885, la índole de los reclamos mudó por completo: la oficina comenzó a deslumbrar a los incautos con dotes de varios cientos de miles, cuando no de más de un millón de francos.
El prospecto presentaba la agencia como una institución de carácter casi familiar. Una circular aseguraba que mandatarios de acreditada solvencia conducirían las gestiones al abrigo de miradas indiscretas. El pretendiente rellenaba un cuestionario sobre su cuna, estudios, oficio, religión, convicciones políticas y el régimen económico matrimonial deseado. Abonaba de antemano una modesta comisión calculada sobre el patrimonio anunciado; el reclamo publicitario estipulaba que el futuro contrayente satisfaría después un dos por ciento de la dote, una vez celebrada la boda y hecha entrega del caudal. El tribunal oiría cómo ese desembolso inicial, en apariencia tan insignificante, no abría las puertas a una heredera de carne y hueso, sino a una tramoya minuciosamente urdida.
El reparto de papeles estaba trazado. Una mujer de mayor edad asumía el papel de madre o tía de la prometida; Lecourtois se presentaba como padre, tutor o tío respetable. La joven a quien se atribuía opulencia comparecía bajo diversas identidades y semblanzas. Las crónicas identifican a la principal de estas comediantes como la señorita Leal, llegada de Inglaterra, si bien reconocen que su pasado no había quedado del todo esclarecido. Se describe su porte con morosa insistencia, como si la vista pública debiera juzgar tanto a una mujer como los artificios de la agencia. Semejante retrato corresponde a la pluma del cronista; los hechos que sustentaban la acusación residían en los anuncios, las transferencias y los encuentros concertados.
Los reclamos acomodaban el perfil de la futura esposa para seducir al candidato propicio: viuda acaudalada, divorciada, doncella con algún ligero tropiezo de conducta que su hacienda haría perdonar con creces. La cifra fluctuaba según el cliente. Unas veces se trataba de una dama española con trescientos mil francos de caudal; otras, de una heredera inglesa que poseía el cuádruple. La promesa guardaba siempre la imperfección precisa para resultar verosímil: una salud quebradiza, una falta pretérita, una familia excesivamente celosa de su reserva. No se vendía una simple presentación, sino la justificación previa para la ausencia del patrimonio prometido.
Lefèvre, dependiente de comercio en Limoges, leyó el anuncio de una joven a quien su linaje habría dotado con un millón doscientos mil francos. La baronesa le respondió que solo se pronunciaría tras conocerlo en persona. En París, le presentó en primer lugar a una anciana que dijo ser madre de la heredera inglesa, y luego a la señorita Leal. La baronesa insinuó al pretendiente que agasajara a su prometida. Lefèvre adquirió primero una joya de trescientos francos; se le dio a entender con presteza que el obsequio resultaba mezquino para dama de semejante rango. Compró entonces otra, valorada en unos cuatro mil francos. Los esponsales se fijaron para enero de 1886. Acto seguido, la supuesta madre y su hija partieron hacia Londres; Lefèvre las acompañó, sufragó pasajes, flores, guantes y veladas. Aún abrigaba la convicción de que conocería a la familia de su desposada. En París, su madre y su tía descubrieron que ni la heredera ni su fortuna existían fuera de la fábula con que lo habían embaucado.
Otros hombres refirieron variantes más breves de idéntico itinerario. Francis Boisseau, empleado l纖onés, había adelantado la comisión y costeado un palco en la Ópera para entrevistarse con una opulenta española. Chapot, rentista parisino, desembolsó cuatrocientos francos para que le presentaran a una hija única que pasaba por dueña de dos inmuebles; tras indagar por su cuenta, descubrió el engaño sin lograr que le restituyeran el dinero. El propietario Tizerand pagó mil seiscientos francos por una cita en el hipódromo con una desconocida velada que, según declaró, lo despidió mofándose de su indumentaria. La promesa de nupcias permanecía en un horizonte remoto; los desembolsos, en cambio, se exigían al contado.
El joyero Labsolu dio cuenta de repetidas tentativas. Al principio abonó la cuota y sufragó un palco, sin lograr agradar a la joven que le presentaron. La baronesa le anunció más tarde una nueva cita en Granville y percibió cuatrocientos francos para los gastos de viaje. Al regresar, Labsolu creyó reconocer en la Ópera a una muchacha a quien se le había presentado como recién llegada de dicha localidad, por lo que desistió del empeño. Una tercera propuesta, vinculada esta vez a una familia de Marsella, vino acompañada de una nueva exigencia de ochocientos francos para viáticos y gestiones. Concluyó por cerrar la faltriquera. Su testimonio no permite verificar cada identidad anunciada; pone de manifiesto, merced a los recibos y entregas de fondos, de qué modo la agencia reactivaba al cliente en cuanto el primer señuelo perdía fuelle.
Uno de los lances evidenció la repetición casi mecánica de las mismas figuras. El testigo Dauchot relató que había viajado a Londres con la señorita Leal para unirse en matrimonio y que descubrió, consumada la ceremonia, que jamás percibiría dote alguna. Durante la vista, vaciló sobre la hora exacta del oficio y Leal rebatió su condición de cónyuges. El fiscal recordó oportunamente que otro candidato, Lefèvre, había sido despachado a Londres en calidad de prometido por esas mismas fechas. El cronista convirtió la coincidencia en una estampa de vodevil; para el tribunal, revelaba con crudeza cómo una misma mujer y una misma promesa servían para explotar varios frentes simultáneos.
Los manejos de la oficina no atañían con exclusividad a la baronesa. El expediente refiere que la señorita Leal se distanció para operar por cuenta propia junto a la señora Lepron en una vivienda de la rue Washington. Ciertas declaraciones versaron sobre estas maniobras posteriores y sobre caballeros que, en su caso, iban más en pos de una amante que de una esposa legítima. Las versiones divergían, y el tribunal hubo de discernir qué hechos eran imputables a cada acusada. La señora Lepron, detenida junto a Leal, había intentado quitarse la vida en prisión, según las crónicas; no obstante, resultó absuelta al término del juicio. La agencia y sus adláteres no conformaban, a ojos de la sentencia, un consorcio al que cupiera atribuir indistintamente cada ardid.
Cuando la justicia comenzó a examinar los anuncios, la baronesa de Mortier y Lecourtois pusieron pies en polvorosa. Ambos fueron juzgados en rebeldía tras no comparecer a la audiencia del 24 de marzo de 1887. Leal y Lepron sí hicieron acto de presencia. Los testigos que declararon apenas constituían la parte visible del quebranto: el cronista presume que otros muchos pretendientes callaron por pudor o por temor al ridículo. La correspondencia intervenida en el domicilio de Demortier corroboró las testificaciones. El ministerio público apreció en ello un sistema de engaño consumado; la defensa arguyó que los aspirantes habían obrado movidos por su propia codicia y que no quedaba acreditado el dolo criminal.
El fallo deslindó responsabilidades. Madame Demortier fue condenada en rebeldía a tres años de prisión por estafa; Lecourtois recibió un año; la señorita Leal, cuatro meses. La señora Lepron fue absuelta. Estas sanciones no reintegraron los caudales derrochados ni materializaron los matrimonios soñados, y la crónica guarda silencio sobre la liquidación de las indemnizaciones. Deja, más bien, al lector ante el engranaje desnudado por los debates judiciales: una esquela refinada, una dote quimérica, un encuentro en la penumbra de un palco y un nuevo dispendio para apresurar el enlace. Los hombres acudían en busca de esposa y salían con billetes de tren gastados, joyas empeñadas y comisiones perdidas. Al tribunal le correspondió deslindar el desengaño amoroso del fraude fehaciente, condenando únicamente a aquellos cuya participación criminal quedó plenamente probada.
