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Justicia y escándalos · Suiza

La millonaria ausente

En Zúrich y sus alrededores, Anna Leuthold hizo creer al campesino Jakob Weidmann que un acaudalado coronel le regalaría una hacienda a cambio de anticipos de dinero. Afirmaba asimismo tener una hija, Babette, ahijada del militar y presunta heredera de treinta millones, e ideó para el doctor Karl Aichner una sucesión de citas con una prometida impostora. En 1860, la justicia condenó a Leuthold por estafa; su marido y la costurera contratada para fingir ser la heredera sufrieron igual suerte. Weidmann, embaucado al solicitar préstamos para la intriga, perdió su granja y se vio obligado a saldar cuentas con sus acreedores.

La primavera de 1859 brindó a Jakob Weidmann una fortuna que solo existía en las palabras de Anna Leuthold. Aquella mujer le aseguró que un opulento coronel apellidado Kunz deseaba regalarle una hacienda valorada en quince mil florines, insinuando luego que la gracia bien podía elevarse a setenta mil francos. Para entrar en posesión del dominio, bastaba con dar prueba de confianza: empezar entregando cien francos a la mensajera.

Weidmann vivía en Unterembrach, cerca de Zúrich. Llevaba una pequeña explotación, tenía seis hijos a su cargo y ejercía un segundo oficio como instructor militar de reclutas. Junto con su esposa, llevaba largos años ahorrando. Su cuñada, la señora Boller, hospedaba en su casa a Anna Leuthold —quien decía hallarse convaleciente— y no cesaba de ponderar las cuantiosas dádivas que el coronel Kunz habría dispensado ya a los suyos. Cuando Leuthold se presentó en la morada de los Weidmann en un elegante carruaje, en compañía de los Boller, el relato pareció confirmarse por sí solo.

El nombre de Kunz infundía reverencia. El industrial, fallecido en agosto de 1859, pasaba por ser uno de los hombres más acaudalados de Suiza. Refiere el Pitaval que la voz popular explicaba su inmensa fortuna mediante la posesión de un «alun», criatura mágica a la que se atribuía el poder de generar dinero. Leuthold engarzó su propia patraña sobre semejante superstición: su hija, aseguraba, era la ahijada de Kunz y este gustaba de compartir sus millones con familias virtuosas. No vendía a Weidmann pactos diabólicos, sino la cercanía de un varón lo bastante poderoso como para transformar a un humilde labrador en hacendado de postín.

Le incitó primero a elegir la finca que deseara comprar. La propiedad del doctor Schäppi fue de su agrado, mas su dueño pedía por ella setenta mil francos. Leuthold le escribió al poco afirmando que ya disponía de la suma. La misiva, suscrita por el «Oberst Kunz», le agradecía los cien francos y le prometía además otra heredad si proseguía prestándole auxilio. El mismo benefactor era invocado con cada nuevo desembolso.

La esposa de Weidmann recelaba. Tantas dádivas anunciadas sin motivo alguno despertaban sus temores; temía que su marido se enredase en un negocio del que no pudiera zafarse. Sin embargo, el matrimonio Boller corroboraba las historias. Su propio hogar, decían, había recibido ya diez mil francos, un piano y buenas camas; a sus hijos se les prometían rentas y posesiones. Ellos mismos habían sido puestos a prueba, según afirmaban, mediante un modesto anticipo inicial. Leuthold sabía de sobra que cada testigo convencido servía de aval irrebatible ante los demás.

Las exigencias de dinero se encadenaron sin tregua. Tras los primeros cien francos, Leuthold solicitó treinta y cinco, luego ciento cincuenta, sesenta, doscientos cincuenta. Los fondos se destinaban ora a la hija enferma del coronel, ora a un tratamiento curativo que solo sumas «puras» podían garantizar. Cuando Weidmann flaqueaba, ella le advertía con gravedad de que el coronel retiraría su favor si fracasaba en la siguiente prueba de fe. Pidió dinero prestado a un vecino, y luego a otros tantos. A comienzos de junio, Leuthold logró que renunciara a su plaza de instructor: el dominio prometido y las doce camas encargadas por Kunz habrían de otorgarle muy pronto la total independencia.

El 13 de junio, el coronel debía cenar en casa de los Weidmann para entregar los caudales en mano. Llegado el día señalado, solo se presentó Leuthold, portando consigo una sopera, seis tazas y un tarro de miel. Kunz, según adujo, se había visto impedido de acudir, y requería urgentemente seiscientos francos más. El ajuar traído para el banquete confería a la frustrada cita una desconcertante apariencia de verdad. Weidmann, abochornado por romper en llanto ante ella, le entregó cuanto había alcanzado a pedir prestado.

Las visitas se prolongaron durante todo el estío. Leuthold llegó al extremo de exhibir una casa que señalaba como futuro regalo del coronel. Fabulaba sobre millones legados a los francmasones, sobre la hija de Kunz convaleciente en Berna, sobre su inminente restablecimiento y las donaciones que lloverían tras el último gasto. Las cartas atribuidas a Kunz elogiaban a Weidmann por su abnegación al tiempo que exigían un nuevo adelanto. La esposa del campesino impugnaba aquellas promesas; los Boller las respaldaban con vehemencia. A medida que las deudas se acumulaban, el labriego ocultaba la trama a sus allegados y perdía por completo el sueño.

Al unísono, se desarrollaba en Zúrich otra farsa no menos audaz. Durante años, Leuthold había frecuentado consultas médicas exhibiendo síntomas que provocaba a voluntad. Logró embaucar a quince facultativos, entre ellos renombrados médicos de hospital, antes de que una estricta observación clínica descubriera el ardid.

Entre los profesionales que la atendían figuraba el joven doctor Karl Aichner. Leuthold le confió que tenía una hija, Babette, acaudalada heredera de treinta millones y ahijada dilecta del coronel Kunz. Se ofreció para respaldar su pretensión matrimonial y le prometió su ayuda para rescindir el compromiso nupcial que él mantenía con una joven de su pueblo natal. Aichner objetó en vano que su prometida era doncella honesta y que el padre de esta había sufragado sus estudios universitarios: el deslumbramiento ante semejante fortuna terminó por doblegar su conciencia.

Comenzaron a llegar las cartas de «Babette Zollinger», saturadas de ternura y de citas aplazadas. En San Galo, luego en Berna y en Thun, Aichner aguardó en vano a una dama que jamás acudía. Leuthold esgrimía pretextos sin fin: un pretendiente rival, un repentino quebranto de salud, viajes imprevistos del padrino, el robo de una cartera o una demora telegráfica. Cuando por fin compareció Anna Messerschmid, engalanada con sedas y alhajas, representó el papel de la hija de Leuthold y ahijada de Kunz. No era en verdad sino una modesta costurera de las afueras de Zúrich, contratada y ataviada por Leuthold para representar aquella comedia.

Aichner, prendado de ella a pesar de las falsedades, la llevó de viaje y costeó hostales, banquetes y compras suntuarias. Leuthold le obsequió con ropas, joyas y dinero; él supuso que tales regalos procedían del patrimonio de su futura consorte. Al día siguiente, Messerschmid no pudo sostener más la farsa y le confesó la verdad: no era hija de Leuthold ni ahijada de Kunz, sino una costurera asalariada para fingir la condición de heredera. La revelación dejó al doctor consternado; empero, encariñado ya con ella, Aichner renovó su compromiso con la farsante. Ambos determinaron emigrar a América, pues la vergüenza le hacía intolerable la idea de permanecer en su patria. Leuthold los convocó de urgencia en Aarau con promesas de desagravio e indemnización. Entregó a Aichner un pagaré de diez mil francos, le abonó setenta en efectivo y concertó un encuentro en Baden para satisfacer el resto. La pareja esperó en vano. Aichner reclamó la deuda mediante cartas y envió luego a un amigo con un ultimátum; Leuthold replicó con cinismo que un arresto no le desagradaría, pues en presidio al menos tendría el sustento garantizado. Aichner persistió aguardando el pago prometido. Solo cuando se esfumó toda esperanza de cobro y de partida hacia el Nuevo Mundo rompió definitivamente con Messerschmid.

El 20 de noviembre de 1859, la policía detuvo a Anna Leuthold y a su esposo. Las reclamaciones de los acreedores habían atraído las sospechas sobre su desmedido tren de vida. Weidmann confesó entonces haber pedido prestados unos catorce mil francos a más de treinta convecinos, en la firme convicción de que el ilustre coronel saldaría la cuenta. Detenido a su vez, recobró la libertad el 25 de noviembre: la instrucción judicial concluyó que, al contraer tales deudas, el labriego confiaba de buena fe en el reembolso. Las pesquisas probaron que Leuthold se había apropiado de aquella suma, además de haber despojado de géneros y dinero a otras víctimas. Su marido había puesto por escrito dos cartas del ficticio coronel y secundado varias gestiones, declarando haber obrado coaccionado por el temor a los malos tratos de su cónyuge.

En la vista judicial celebrada en Zúrich los días 20 y 21 de enero de 1860, Weidmann declaró con un hilo de voz, anonadado por haber conducido a su estirpe a la ruina a causa de su credulidad. Su mujer, que había recelado desde el primer instante, describió las falsas promesas y la espiral de préstamos; añadió que su esposo temía cometer un pecado si se negaba a socorrer al coronel y a su hija. Los testimonios de los esposos Boller habían afianzado aquella patraña, si bien el papel de estos en el entuerto resultó ser harto más turbio que el de meros testigos presenciales.

Las acusaciones relativas a la simulación morbosa ante doce facultativos fueron desestimadas: la sala consideró que ningún enfermo está obligado por ley a decir la verdad a su médico. El tribunal halló a Leuthold culpable de estafa continuada en perjuicio de Weidmann y de otros acreedores, así como de la maquinación urdida en torno al casamiento de Aichner. Fue condenada a diez años de reclusión. A Jakob Leuthold se le impusieron dieciocho meses por su complicidad en el fraude contra Weidmann, limitándose su responsabilidad a una cuantía menor que la atribuida en un principio; Anna Messerschmid recibió una pena de cuatro semanas por su auxilio en el caso de Aichner. Los cónyuges Kambli resultaron absueltos. Weidmann, que había sido engañado y creía sinceramente en el reembolso al endeudarse, fue eximido de reproche penal por los créditos solicitados; con todo, se vio forzado a liquidar su hacienda y a pactar con los acreedores una quita para restituirles el treinta por ciento de lo adeudado.

Anna Leuthold falleció en prisión dos años más tarde. El doctor Aichner zarpó rumbo a América. Y aquel infeliz que había renunciado a su empleo por una granja que jamás existió regresó, destrozado, ante los mismos acreedores cuya confianza había implorado.

De este caso podría nacer un libro

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Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

Lectura íntegra del artículo «Anna Leuthold und Genossen. (Aberglaube und Betrug.) Zürich 1859 und 1860», líneas OCR [17407–19271] inclusive, páginas impresas 396–439. El texto concluye con la partida del doctor Aichner a América; se excluyen el colofón y los preliminares de la sección ulterior. La crónica declara sustentarse en las actas y autos procesales, mas no deja de ser una narración secundaria. Consigna que Leuthold fingía dolencias, obtuvo cerca de 14 000 francos de Weidmann esgrimiendo las promesas del coronel Kunz y organizó junto con Anna Messerschmid un cortejo fingido para con el doctor Aichner. El tribunal descartó los cargos relativos a la simulación morbosa ante doce médicos; las condenas recayeron sobre los fraudes comprobados, señaladamente el desfalco a Weidmann y la estafa a Aichner. Weidmann quedó en libertad al determinarse que se endeudó en la convicción sincera del reembolso. Estos pormenores no han sido cotejados con los expedientes judiciales originales.

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