Cuando llamaron con fuerza a la puerta de Catherine Hayes, ella preguntó quién andaba ahí. El magistrado Lambert le ordenó abrir de inmediato, amenazando con derribarla. Ella respondió que antes debía vestirse. Thomas Billings se hallaba en la alcoba, sentado al borde del lecho, con las piernas desnudas. Los hombres irrumpieron y prendieron a Catherine, a Billings y a Elizabeth Springate, que se alojaba en la misma casa. La víspera, varios amigos de John Hayes habían examinado una cabeza expuesta en Westminster y reconocido en ella la de su allegado. Wood, en cambio, no se encontraba allí. Las órdenes de arresto consignaban cuatro nombres; faltaba todavía un hombre.
Camden Pelham narra la causa en The Chronicles of Crime, obra publicada más de un siglo después de los hechos. Su narración transmuta con frecuencia las acusaciones y las confesiones en una prosa asertiva, sin permitirnos consultar aquí los autos originales. Conviene, pues, deslindar las escenas transmitidas de las pruebas verdaderamente accesibles. Esta crónica sigue el curso marcado por Pelham: el marido desaparecido, las versiones mudables de su esposa y, por último, las palabras y condenas atribuidas a Wood, Billings y Hayes.
Catherine había nacido en Birmingham, hija de un desdichado de apellido Hall. A los quince años, tras una riña con sus padres, emprendió el camino hacia Londres. Afirma Pelham que unos soldados la persuadieron de acompañarlos a sus cuarteles y que, con el tiempo, acabó entrando al servicio de un hacendado de Warwickshire, el señor Hayes. Trató con el hijo de la casa y contrajeron matrimonio en secreto en Worcester; mas cuando los piquetes de reclutamiento intentaron enrolar al mozo, el padre hubo de ser informado del enlace y terminó por asentar a su hijo como carpintero. Más tarde, Catherine lo indujo a alistarse en el ejército. Su regimiento fue enviado a la isla de Wight y ella marchó en su seguimiento. El padre acabó por comprar su rescate y le concedió unos bienes que rendían, según Pelham, unas veintiséis libras anuales.
Al cabo de seis años de matrimonio, la pareja partió hacia Londres. John abrió una tienda de candelas y carbón, alquiló aposentos y prestó pequeñas sumas sobre prendas. Los negocios medraron. Sin embargo, la vida doméstica, refiere Pelham, se tornó una continua querella. Catherine podía hablar con ternura de su esposo para, a renglón seguido, describirlo como un ser deleznable ante otras mujeres. Cierto día, habría manifestado que no sentiría mayor escrúpulo en matarlo a él que en matar a un perro. Dicha frase figura en el libro sin consignar el nombre de la mujer que la oyó; cobra a posteriori el cariz de una amenaza premeditada, mas no basta por sí sola para esclarecer los acontecimientos ulteriores.
El matrimonio mudó de vecindario en repetidas ocasiones, desde Tottenham Court Road hasta Tyburn Road, la actual Oxford Street. John había ahorrado lo suficiente para retirarse y la pareja subsistía en cuartos de alquiler. Thomas Billings, presentado como hijo natural de Catherine habido de una relación anterior, compartía el hogar. En una ocasión en que John se ausentó de Londres, los vecinos advirtieron al marido de que su mujer derrochaba sin mesura. A su regreso, él la reprendió con dureza. La disputa devino en reyerta física. Pelham sitúa en ese instante la gestación del plan criminal, si bien admite que se trata de una conjetura retrospectiva.
Pronto llegó de Worcestershire Thomas Wood, quien solicitó aposento a John alegando el temor a ser reclutado a la fuerza. Catherine no tardó en proponerle una conjura contra su marido. Wood se negó en un principio, pues consideraba a Hayes su benefactor. Para doblegar su voluntad, ella aseveró supuestamente que su esposo era ateo y que había dado muerte a dos de sus propios vástagos, sepultándolos bajo un manzano y un peral. Añadió que, tras la muerte de John, heredaría mil quinientas libras y que el caudal pasaría a sus cómplices. El volumen no aporta constancia alguna de semejantes imputaciones contra John; se limita a transcribirlas como los ardides esgrimidos por Catherine. Wood terminó por avenirse.
Al regresar de una breve ausencia, Wood halló a Catherine, a su marido y a Billings bebiendo en compaña. John se vanagloriaba de mantenerse sobrio pese al vino trasegado. Billings le lanzó un desafío: costearía seis botellas de vino de Madeira si Hayes era capaz de beberlas sin perder el juicio. Los otros tres salieron a comprar el licor. Pelham asegura que, por el camino, resolvieron que había llegado la coyuntura propicia. Catherine abonó media guinea. Los hombres bebieron cerveza mientras John daba cuenta de las botellas. Cuando las apuró, aún bailaba; Catherine mandó traer otra más. El hombre acabó por desplomarse en el suelo y, a duras penas, logró arrastrarse hasta un lecho situado en otra estancia.
Una vez que el sueño se apoderó de él, Catherine habría hecho la señal acordada. Billings penetró en la alcoba con una hachuela y descargó un golpe sobre el cráneo de John. Este, según la crónica, golpeó repetidamente el suelo con los pies en sus estertores. Wood oyó el estruendo, acudió al cuarto, empuñó el arma y golpeó a su vez. Springate, que pernoctaba en el piso superior, bajó a preguntar si alguna disputa había despertado a su esposo, a su criatura y a ella misma. Catherine replicó que unos forasteros se habían demorado y que estaban a punto de marcharse. La vecina volvió a subir.
Los tres conjurados deliberaron entonces sobre el modo de deshacerse del cadáver. Catherine propuso cercenar la cabeza para entorpecer su identificación. Wood la seccionó con su navaja de bolsillo mientras Billings la sujetaba y Catherine disponía un caldero para recoger la sangre. Vaciaron el recipiente en un vertedero y arrojaron agua copiosa. Catherine sugirió a continuación hervir la testa; los hombres prefirieron arrojarla al Támesis. Al llegar a Whitehall, encontraron las verjas cerradas. Ganaron entonces un muelle cercano al Horse Ferry, en Westminster. Wood lanzó la cabeza a la dársena, pero el reflujo impidió que la corriente se la llevara mar adentro. Un barquero oyó la caída en el agua, sin acertar a distinguir de qué bulto se trataba.
De vuelta al alojamiento, se ocuparon del tronco y los miembros. Un arcón adquirido para trasladarlo resultó demasiado exiguo. Descuartizaron los restos y los encajaron a presión, pero el mueble resultaba harto penoso de mover; hubieron de sacarlos nuevamente. Billings y Wood envolvieron los despojos en una manta y los acarrearon hasta un prado de Marylebone, donde los arrojaron a un estanque. Entretanto, la cabeza fue recuperada del río y clavada en una pica en el cementerio de St Margaret, en Westminster. A lo largo de cuatro jornadas, millares de curiosos acudieron a observarla. No pocos comenzaron a sospechar si no pertenecería a John Hayes. Billings desmintió su muerte y alegó que se hallaba de viaje.
Los amigos de John terminaron por disipar las dudas y reconocieron la cabeza. Tras cotejar sus rasgos fisonómicos con las contradictorias explicaciones de Catherine, acudieron a la presencia del magistrado Lambert. La mujer había relatado al señor Ashby un suceso distinto: según ella, su marido había dado muerte a un hombre y huido a Portugal para escapar de la viuda del finado. Al señor Longmore le brindó una narración cuajada de pormenores dispares. Tras ser arrestada, exigió contemplar la cabeza. Pelham refiere que, en un principio, estrechó entre sus brazos el recipiente que la preservaba. El cirujano extrajo la pieza; Catherine la besó en repetidas ocasiones e imploró un mechón de sus cabellos. Aquella que en sus patrañas había despachado a John a tierras de Portugal ya no refutaba su identidad. El hombre de cuya fuga hablaba se hallaba inerte ante sus ojos.
El tronco fue descubierto esa misma mañana. Catherine fue conducida a Newgate para ser juzgada; Wood, aprehendido más tarde, acabó por confesar ante Lambert. Billings prestó acto seguido una declaración que Pelham califica de concordante. Springate fue puesta en libertad al quedar demostrada su inocencia. En la vista pública, Wood y Billings se declararon culpables. Catherine optó por encomendar su suerte a la defensa ante el jurado, que dictó veredicto de culpabilidad. Durante la audiencia de sentencia, protestó arguyendo que no había asestado el golpe mortal y suplicó que no la condenaran a la hoguera; el tribunal sentenció que la pena legal no admitía conmutación.
Wood enfermó en prisión y pereció antes de suplicar el cadalso. Billings reconoció, según Pelham, la estricta justicia de su castigo. Catherine intentó procurarse veneno, mas otra reclusa lo probó y descubrió la tentativa. El 9 de mayo de 1726, en Tyburn, Billings fue ahorcado y su cadáver suspendido en cadenas junto al estanque donde se habían hallado los restos. Catherine fue atada a un poste con una cadena de hierro y quemada viva por el asesinato de su esposo. Pelham asegura que el verdugo soltó prematuramente la cuerda destinada a estrangularla antes de que la alcanzaran las llamas. La crónica concluye con este suplicio público. Para impedir que John fuese reconocido, sus homicidas le habían separado la cabeza del tronco. Fue precisamente esa cabeza, expuesta a la vista de todos, la que sus amigos acabaron por identificar.
