El 31 de mayo de 1908, las voces de alarma del criado Rémy Couillard atrajeron a un vecino hacia la vivienda del callejón Ronsin. Allí se hallaron dos cadáveres: madame Japy, madre de Marguerite Steinheil, y Adolphe, su esposo. En una tercera alcoba, Marguerite seguía con vida, atada a su lecho. Declaró haber visto a tres hombres vestidos con largos hábitos negros y a una mujer pelirroja. La estancia parecía sugerir en un principio un robo; muy pronto, empero, cada pormenor de aquella noche se tornó en un interrogante dirigido hacia la única persona que había salido indemne.
Hija del industrial Japy y consorte del pintor Adolphe Steinheil, había estado ligada sentimentalmente al presidente Félix Faure, fallecido en el Elíseo en 1899. Aquel pasado mundano alimentaría las crónicas públicas del proceso, donde el adulterio, el poder y el crimen se entremezclarían antes incluso de que la instrucción judicial lograse esclarecer su vínculo.
La noche del 30 al 31 de mayo, a tenor del testimonio que publicó años más tarde, Marguerite dormía en la alcoba de su hija Marthe, ausente aquella velada; su madre había ocupado su propio aposento. Su esposo descansaba en el suyo, mientras el criado Rémy Couillard pernoctaba en la casa. Afirmó haberse despertado con un lienzo sobre el rostro y haber distinguido a tres hombres y a una mujer. Según refirió, la interrogaron acerca del dinero y las joyas, para luego atarla y amordazarla. Aseguraba haber oído a su madre implorar su auxilio. En sus memorias, relata que la policía le comunicó inicialmente que los otros dos moradores se hallaban fuera de peligro, antes de revelarle sus muertes avanzada ya la tarde. Su mismo relato indica que faltaban alhajas, caudales y un legajo de papeles.
Las cerraduras brindaron ya un primer hilo a los magistrados instructores. Marguerite explicó que una cancela separaba el jardín del callejón y que únicamente tres personas poseían la llave. La correspondiente a Couillard se había extraviado meses antes del suceso; sostuvo que había solicitado reiteradamente la sustitución de la cerrajería, sin lograr doblegar la negativa de su esposo. El dilema ya no radicaba sólo en averiguar quién había podido franquear el paso: urgía dilucidar a quién beneficiaba la falta de aquella llave.
En sus primeras declaraciones, Marguerite no dio cuenta de todo cuanto había desaparecido. Confesaría en sus memorias haber ocultado la existencia de ciertas perlas y cartas, temerosa de que su contenido revelase a sus allegados, singularmente a su hija, sus antiguos devaneos con Félix Faure. Pretendía salvaguardar aquella parcela de su intimidad; no obstante, tal reserva empañaría el crédito que los pesquisas otorgaron al resto de sus testimonios. No facilitó desde el primer momento todas las piezas que juzgaba ligadas al crimen.
Las vestiduras descritas por la superviviente encauzaron las pesquisas hacia una pista más insólita. En sus memorias reproduce declaraciones testificales según las cuales tres túnicas negras y una capa talar habían sido alquiladas para una función en el teatro hebraico de París; cuatro atuendos faltaban al devolver los baúles, entre ellos tres sayos y la capa. Los tramoyistas hicieron constar que las cestas habían sido desvalijadas y su contenido revuelto. El 31 de mayo, en un vagón del metropolitano, un revisor recogió dos billetes de visita distintos, según el atestado que ella cita: uno convidaba a la exposición pictórica de Steinheil; el otro consignaba el nombre de una clienta con diversas señas, entre las cuales figuraba la del sastre teatral Guilbert. La coincidencia resultaba desconcertante, mas no señalaba a ningún ladrón.
El 19 de junio, el inspector Pouce exhibió a Marguerite la fotografía de un grupo en la que figuraba un varón barbado. Ella manifestó que aquel semblante guardaba parecido con uno de los individuos que había descrito. El policía creyó sostener la pista decisiva; aquel rostro pertenecía al periodista estadounidense Burlingham. Más adelante, en su propia narración, Marguerite puntualiza que no lo identificó de manera fehaciente; refiere asimismo que Burlingham se hallaba fuera de París cuando acaeció el asesinato. Aquella semejanza había extraviado la investigación por derroteros falaces.
El estío transcurrió sin detención alguna. A finales de octubre, Marguerite hizo insertar una misiva en el Écho de Paris reclamando la reanudación de las pesquisas. Aquella iniciativa atrajo de nuevo a las gacetas y devolvió el luctuoso suceso a la plaza pública. Entretanto, las sospechas se concentraron en Couillard. El hallazgo de una perla en su cartera parecía incriminarlo; Marguerite reconocería con posterioridad que ella misma la había introducido allí para forzarlo a hablar, persuadida de que ocultaba información. En sus memorias describe el lance: una perla sustraída de un cajón, envuelta en papel de seda y deslizada sigilosamente en la cartera. Confiaba en confesar la treta si el criado resultaba ser inocente. Sin embargo, el falso indicio ya obraba en manos de quienes debían ponerlo en conocimiento de la policía.
Tras el interrogatorio de la noche del 25 al 26 de noviembre, Marguerite fue arrestada y conducida a la prisión de Saint-Lazare el día 26. En sus memorias describe una prolongada tanda de preguntas, una imputación contra Alexandre Wolff, hijo de la cocinera, y sus posteriores vacilaciones al respecto. Dichas afirmaciones forman parte de su versión; fueron retomadas y refutadas a lo largo de la instrucción. El Journal du Lot, en su despacho del 26 de noviembre publicado tres días más tarde, confirma la fecha del prendimiento y la reclusión. Couillard y Wolff fueron excarcelados poco después, mientras que Marguerite permaneció bajo custodia.
La vista oral dio comienzo el 3 de noviembre de 1909. A lo largo de las sesiones, ministerio público y defensa volvieron a debatir sobre las puertas, las alhajas, los hábitos teatrales, los documentos silenciados y las versiones mudables. La reputación de Marguerite se entrometía en cada debate: unos la condenaban al margen de los hechos; otros interpretaban su aplomo como testimonio de inocencia. Según sus memorias, un joven compareció en la sala pretendiendo haber tomado parte en el asalto; ella aseguró no reconocer en él a ninguno de los atacantes que había descrito. El 14 de noviembre, tras la deliberación, el jurado declaró a Marguerite no culpable de ambos homicidios.
La absolución puso término a su reclusión, mas no al enigma. La llave perdida, los disfraces esfumados y la perla colocada alevosamente habían abierto sendas pesquisas; ninguna deparó la identidad judicialmente probada de un ejecutor. La viuda había encubierto un secreto para después inculpar a un criado mediante una prueba que ella misma había urdido. Semejantes ardides arrojan luz sobre las contradicciones del proceso sin resolver la muerte de su madre y de su marido. El pleito concluyó en estrados, mientras la casona del callejón Ronsin conservaba para siempre su misterio intacto.
