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Imposturas y fortunas · Francia

Los diamantes no habían cambiado de nombre

Prado multiplica sus identidades; las alhajas de Marie Aguétant devuelven la investigación desde Madrid hasta la calle Caumartin.

El nombre de más

Ante el tribunal de lo criminal, el acusado aún guardaba nombres de reserva. Prado, Linska de Castillon, Mendoza: a medida que se buscaba al hombre, surgían títulos y países para servirle de pantalla. La funesta ventaja de una genealogía oscura es que consiente toda suerte de adornos. Pero una mujer había sido asesinada en la calle Caumartin, y la pregunta sometida al jurado no era si quien comparecía descendía de un príncipe.

Marie Aguétant había muerto en enero de 1886. Dos años más tarde, su nombre reaparecía en un proceso en el que se seguía el rastro de unas joyas a través de varias ciudades, donde mujeres hasta entonces vinculadas al sospechoso declaraban en su contra, y donde un homicidio sepultado tras nuevos titulares recobraba el primer plano. El acusado se defendía con soltura suficiente para sostener el espectáculo. Los objetos, por fortuna, poseían menos ingenio que él y bastante más memoria.

La visita de la calle Caumartin

Marie frecuentaba el teatro del Éden. Lucía allí unos diamantes que los periódicos no tardarían en transformar en apodo, reduciendo pronto a la mujer a aquello que destellaba sobre su cuerpo. Según los autos de la instrucción, había abandonado el recinto en compañía de un hombre vestido con abrigo claro y cubierto con sombrero de fieltro. Habían regresado al domicilio de ella, en la calle Caumartin. La criada los recibió antes de retirarse a la cocina.

Más tarde, un hombre que mantenía una relación con Marie volvió al apartamento. Halló la puerta cerrada y debió hacerla abrir. Marie yacía muerta. Sus joyas y ciertos títulos de valor habían desaparecido. El crimen ofrecía un móvil evidente, el del robo; mas no brindaba aún un rostro seguro a quien lo había perpetrado.

Se interrogó, se hicieron cotejos, se buscó a aquel acompañante divisado junto a ella. Las pesquisas no condujeron a detención alguna. La causa fue archivada provisionalmente antes de su reapertura. Dicha interrupción no mitigaba la muerte de la víctima; marcaba tan solo el instante en que la justicia carecía de indicios suficientes para encausar a un individuo determinado.

París conoció pronto otros crímenes. El asesinato de Marie llegó incluso a vincularse con el caso Pranzini, hasta tal punto parecían responderse ciertas circunstancias. Pero una semejanza no constituye una identidad. Aquella pista no podía suplir lo que le faltaba a la instrucción.

El hombre que siempre partía

Prado, entretanto, viajaba. Con cautela ante sus invenciones deben ponderarse los relatos de su juventud: los países recorridos, los matrimonios extraordinarios, las heridas de guerra y las herencias secretas pertenecen en gran medida a la autobiografía que él mismo fabricaba. Una crónica de The Times, reproducida en el Waikato Times, distingue ya los episodios meramente referidos por él de los hechos fehacientemente comprobados. Conviene mantener esa distinción; un novelista no precisa tomar al impostor por su documentalista.

En París había convivido con Eugénie Forestier. Luego la había hecho acudir a Burdeos. Mauricette Couronneau entró a su vez en su existencia. Ambas mujeres se vieron envueltas en sus desplazamientos y en las derivaciones de sus empresas; sus declaraciones contribuirían después a reconducir a la justicia hacia la calle Caumartin.

La coyuntura surgió de otro robo, relativo a relojes y joyas en Royan. Los efectos circularon, ciertos cómplices intentaron darles salida y la policía halló su rastro. Prado fue detenido en París a finales de 1887. Las crónicas de prensa de la época refieren que disparó contra el agente que pretendía prenderlo. En aquella ocasión, la huida apresurada hacia otra ciudad no había bastado.

Quedaba apresado por una causa. Estaban a punto de interrogarlo sobre otra.

Los diamantes de Madrid

Las revelaciones de Eugénie Forestier y Mauricette Couronneau permitieron reabrir la investigación sobre Marie Aguétant en la primavera de 1888. El testimonio de mujeres antaño cercanas al reo aportaba noticias; suscitaba asimismo la cuestión de sus vínculos, sus conveniencias y las presiones a las que pudieron verse sometidas. Prado podía intentar presentar la imputación como un despecho sentimental. Mas para ello era menester que aquellas declaraciones quedaran aisladas.

Y no lo quedaron.

Las pesquisas se extendieron hasta Madrid. Según la relación coetánea de los hechos, Prado se había trasladado allí poco después del crimen y había empeñado alhajas. Una mujer allegada al platero reconoció sus gestiones. En tal coyuntura, fiel a su hábito de granjearse horizontes ventajosos, habría llegado a insinuar un casamiento con la hija de la casa. Pero lo que importaba a la justicia no era una nueva promesa: era la fotografía que había dejado tras de sí.

Aquel retrato vinculaba al viajero con los objetos. Los investigadores podían confrontar un rostro, un itinerario, unas joyas y varios testimonios. No todas las piezas narraban el crimen del mismo modo; permitían comprobar si el relato expuesto por los testigos concordaba con vestigios independientes.

El sumario se construía así lejos del aposento donde Marie había sido hallada. Una frontera no había borrado la procedencia de los diamantes. El sospechoso que multiplicaba sus nombres había dejado tras de sí una imagen reconocible.

Las mujeres en el estrado

En noviembre de 1888, la audiencia examinó estas causas y sus ramificaciones. Prado conservaba un aplomo que los cronistas consignaron de buen grado. Respondía, rebatía, maniobraba. Su defensa alimentó asimismo el misterio de sus orígenes. Es factible impresionar a un auditorio con un secreto de cuna; resulta más arduo convertirlo en coartada.

Eugénie Forestier y Mauricette Couronneau se hallaban también procesadas. No fueron condenadas junto a él. Su absolución debe permanecer nítida en el relato, pues los artículos que las presentan ante todo como sus amantes amenazan con englobar en un mismo juicio el crimen del hombre y la vida de las mujeres que lo habían tratado. El jurado supo distinguirlos.

Prado fue declarado culpable del asesinato de Marie Aguétant y sentenciado a muerte el 14 de noviembre. La multiplicidad de sus nombres no había impedido el veredicto. Los archivos gráficos del proceso conservan dibujos de los acusados y de los testigos: cada cual recobra allí un lugar propio, que el estrépito de la prensa a menudo había desdibujado.

La calle de la Roquette

La ejecución tuvo lugar el 28 de diciembre de 1888, en la Roquette. El expediente penal quedaba cerrado; la identidad de la que Prado había hecho un tablado permanecía en parte entre sombras. Los relatos posteriores continuarían extrayendo de ella príncipes, aventureros y arcanos. Él mismo había proporcionado materia para colmar varias novelas, a condición de no exigir a sus recuerdos que fuesen verdaderos.

Resta, no obstante, una historia más precisa que sus leyendas de linaje. Una mujer regresa del teatro con un visitante. Aparece muerta, sus joyas han desaparecido. La investigación se suspende y luego revive al amparo de otra detención, de testimonios y de objetos hallados lejos de París. Son estos hitos contrastables los que reintegran a Marie Aguétant al centro del asunto. Prado había trabajado con empeño en su personaje; no tiene por qué recibir, por añadidura, todo el espacio de la crónica.

De este caso podría nacer un libro

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La fotografía abandonada

En Madrid, una joven ficticia conserva el retrato de un pretendiente antes de descubrir que la policía sigue el rastro del propietario de las joyas que aquel empeña.

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Los nombres del asesino

Una novela de investigación policial recorrería París, Burdeos y Madrid, confrontando las identidades ficticias del sospechoso con los recuerdos precisos de las mujeres a las que cree poder abandonar.

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trilogía

La ruta de los diamantes

Tres novelas seguirían la trayectoria de una estirpe de joyeros y comisionistas entre Francia y España: el tráfico de alhajas robadas, un proceso en París y la dilatada restitución de los bienes a los herederos.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

El relato confronta la crónica decimonónica de The Times reproducida por el Waikato Times, un estudio crítico de Médias 19 y las notas documentales del proceso. Las remotas peripecias narradas por Prado constituyen una autobiografía no verificada. Eugénie Forestier y Mauricette Couronneau figuran explícitamente como absueltas. Se devuelve a la víctima el centro del relato sin reproducir el léxico peyorativo de la prensa de la época.

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