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Justicia y escándalos · Francia

El fusil de Chamblas

Chamblas, 1840. Louis Vilhardin de Marcellange es asesinado de un disparo en la cocina de su castillo. Su antiguo criado Jacques Besson es juzgado en sucesivas ocasiones, a lo largo de audiencias marcadas por testimonios contradictorios y acusaciones de perjurio. El jurado de Lyon lo condena a muerte en diciembre de 1842; es ejecutado en Le Puy en 1843.

El 1 de septiembre de 1840, Louis Vilhardin de Marcellange fue alcanzado de muerte por un disparo de fusil en el castillo de Chamblas. Se hallaba en la cocina, rodeado de la servidumbre, cuando el tiro partió desde el exterior. Pronto las sospechas recayeron en Jacques Besson, quien durante largo tiempo había servido a la familia. Él negó sin tregua haber apretado el gatillo. El proceso no solo debía esclarecer lo que los testigos habían presenciado; se convirtió asimismo en el crisol donde salieron a relucir las discordias de la casa, viejos decires y recuerdos modelados tras el crimen.

Jeanne-Marie Chabrier, antigua criada, describió más tarde la escena ante el tribunal de lo penal: cenaban en la cocina hacia las ocho y media; Marcellange estaba sentado de espaldas a la ventana y les hablaba «como un buen amo». Vio un destello, oyó la detonación y lo vio desplomarse sobre las cenizas del hogar. En medio del tumulto, nadie salió de inmediato en persecución del homicida. La noche era cerrada y el tirador dispuso de tiempo para huir. Esta declaración precisaba el lugar del disparo y a quienes estaban presentes; Chabrier no afirmó haber visto a quien disparó.

Marcellange había contraído matrimonio con Théodora de Chamblas en 1835. La convivencia pronto zozobró, dando paso a litigios civiles. La acusación invocó las rencillas y los intereses en torno al patrimonio para esgrimir un móvil. La defensa replicó que tales desavenencias distaban de demostrar la identidad del tirador. Múltiples relatos expuestos ante el jurado atañían menos al disparo en sí que al temor que Marcellange habría manifestado tiempo atrás: se le atribuían confidencias sobre un lacayo despedido, amenazas recibidas y el miedo constante a ser envenenado. Los allegados, empero, no coincidían al referir una misma versión.

Besson había sido sirviente de la familia de Chamblas y también había estado a las órdenes de Marcellange. Consumado el enlace, permaneció al servicio de la suegra de este último. Según los testimonios vertidos en estrados, había tolerado de mal grado el cambio de posición y las disputas que fracturaban la casa. Se le imputaron antiguas expresiones: Marcellange «no vivirá para siempre», habría asegurado un día a un panadero; en otro lugar, un testigo refirió que había proferido la amenaza de que uno de los dos «había de caer». Besson desmintió tales palabras. No todos los testigos las habían escuchado de primera mano, y su alcance parecía ahora cobrar sentido únicamente a la luz del asesinato.

El ministerio público vinculó aquellas frases al papel que Besson había desempeñado en el dominio. Supuestamente, aspiraba a administrar la hacienda y a conservar la autoridad sobre la servidumbre. La separación de los cónyuges y el regreso de Marcellange a Chamblas frustraban tales prerrogativas. Dicho móvil vertebró la tesis acusatoria, cimentada en recuerdos de desavenencias y conminaciones; no bastaba, con todo, para dilucidar por sí solo quién aguardaba afuera, apostado ante la ventana, la noche del crimen.

Los temores de Marcellange cobraron protagonismo a su vez en las declaraciones testificales. Su hermano relató que el padre y el hijo Arsac le habían transmitido una advertencia: urgía abandonar Chamblas, so pena de que sobreviniera una desgracia. A decir de dicho hermano, el anciano Arsac había deslizado la posibilidad de que la suegra lo mandase matar o envenenar a cambio de cincuenta francos; añadió también que Marcellange desconfiaba de Besson. Tal declaración distaba de constituir una prueba material del disparo. Revelaba, no obstante, hasta qué punto los rumores de amenazas y el miedo se habían enquistado en el seno familiar antes de que el proceso les otorgase carta de naturaleza.

Al día siguiente de la tragedia, el abate Cartal acudió a confortar a Théodora. En la vista, declaró haberla hallado anegada en llanto. Ella le habría confesado que lamentaba la muerte de su esposo, no porque la hubiese hecho dichosa —«lejos de ello»—, sino porque había perecido de un modo atroz. Aquella confidencia, transmitida por boca de un testigo, no zanjaba el conflicto conyugal ni la autoría del crimen. Impedía, empero, reducir sin más la figura de Théodora a la fría indiferencia que otros le achacaban.

Las sospechas relativas al veneno condujeron asimismo a interrogar a André Arsac, pastor adscrito a la hacienda. Jean Hostein aseveró que Arsac le había confiado una oferta de seiscientos francos para verter ponzoña en la sopa de Marcellange. Besson lo negó rotundamente. Al ser interrogado por el presidente del tribunal, Arsac negó en un principio haber pronunciado tales palabras, para luego aducir que tal vez las hubiera dicho «en tono de chanza». Fue llamada al estrado su tía Marguerite Morin, quien lo señaló con vehemencia como la persona que sujetaba la cadena del perro el día del atentado. Al término del careo, Arsac persistía en sus negativas; el presidente ordenó su detención de inmediato bajo sospecha de falso testimonio. La sesión quedó suspendida y los debates se aplazaron. Un testigo esencial pasaba a ser objeto de una causa penal sobrevenida.

Los juicios posteriores no disiparon tales contradicciones. En Riom, Pierre Gras declaró haberse cruzado con Besson en el puente de Brives el 16 de agosto de 1840. El magistrado presidente le opuso una constancia médica del sumario: en aquella fecha, Besson se hallaba postrado en cama a causa de la viruela. Gras se reafirmó en que lo había visto y le había hablado. Al término de la vista de Riom, en agosto de 1842, el jurado condenó a Besson a la última pena. El tribunal de casación anuló ulteriormente el fallo debido a que se había dado lectura a una misiva del prefecto con quebrantamiento de las formas procesales. Se hacía imperativo reanudar el juicio.

Las declaraciones versaron asimismo sobre el atardecer del 1 de septiembre. Varios hombres afirmaban haber visto a Besson por los alrededores, ataviado con una blusa y portando un fusil; otros no reconocían en él al individuo que habían descrito en un principio. Un testigo aseguró haberle ofrecido una toma de tabaco en Le Puy hacia las ocho y media, en presencia de dos personas más. Besson respondió con un rotundo desmentido. La defensa instaba a los jurados a sopesar la distancia y el tiempo indispensables para desplazarse desde aquellos puntos hasta el disparo efectuado en Chamblas; el ministerio público, por el contrario, apreciaba una correlación de indicios que aproximaba inexorablemente al sospechoso al teatro de los hechos.

En diciembre, Besson compareció por tercera vez ante un jurado, en esta ocasión ante el tribunal de lo penal del Ródano, en Lyon. La prensa dio cuenta de más de un centenar de testigos citados; varios reconocimientos se habían practicado solo después de que el nombre de Besson comenzara a circular de boca en boca. Las damas de Chamblas no acudieron a la audiencia. Su incomparecencia se erigió en argumento de debate: acusación y defensa conferían distinto alcance a las palabras que aquellas habrían podido ratificar o desmentir. Los jurados afrontaban de nuevo el dilema que había planeado sobre toda la causa: discernir entre una observación directa, un recuerdo inducido, un reconocimiento tardío y una inculpación reiterada.

Un pastor explicó que un hombre armado le había conminado a soltar los perros. Los testigos discordaban sobre la hora, la distancia o el instante preciso en que habían reconocido a Besson. Su defensor, Charles Lachaud, subrayó que ciertas identificaciones no se habían producido hasta después de divulgarse la identidad del reo; la parte acusadora sostuvo que las amenazas, los encuentros fortuitos y las circunstancias conformaban en su conjunto una prueba irrefutable. Los debates no ofrecían una escena unívoca, percibida por todos con idéntica certeza, sino una gavilla de relatos que se apuntalaban o desmoronaban según el orden en que se presentaban.

El jurado lionés declaró a Besson culpable y la corte pronunció una vez más la pena de muerte. El Tribunal de Casación desestimó su recurso en febrero de 1843; fue ajusticiado en Le Puy el 28 de marzo. El veredicto clausuraba el periplo judicial. En las actas del proceso, Marcellange pervivía bajo múltiples semblantes: el señor sentado a la mesa que Chabrier recordaba, el esposo junto al que Théodora afirmaba no haber conocido la dicha y cuyo llanto refería el abate Cartal, el hombre cuyos temores evocaba su hermano. Ninguna de aquellas narraciones podía devolver la vida al caído.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

Esta crónica ha sido elaborada a partir de las actas y relaciones procesales de los juicios publicadas entre 1842 y 1843. Las amenazas referidas, los reconocimientos controvertidos y los alegatos letrados se imputan estrictamente a quienes los formularon. La condena de Besson constituye una verdad judicial, mas no borra las contradicciones patentes en las declaraciones testificales. No se ha recreado ningún diálogo ni escena privada accesoria. Los tres proyectos editoriales planteados son obras de ficción autónomas.

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