El criado se presentó ante la cárcel sin que nadie hubiese ido a buscarlo. Su señor yacía entre rejas; él deseaba acompañarlo. En una causa donde tantos atribuían al prójimo intenciones recónditas, aquel ademán poseía la limpidez del afecto verdadero. El caballero de C..., que hasta ese instante había sobrellevado con entereza el arresto, rompió a llorar al verlo. Ambos se hallaban desde entonces atrapados en un enredo urdido a diez leguas de su castillo, en torno a un hombre apuñalado que, a decir del rumor público, ni siquiera habría sido la víctima perseguida.
El difunto se llamaba Bérard. Abad y capellán del rey en el castillo de Madrid, se hospedaba desde hacía cerca de un mes en casa de un amigo afincado en Cormicy, en las proximidades de Reims. Champagnac no concede a este anfitrión más filiación que la inicial M. Antiguo militar llegado de París, ocupaba desde cinco meses atrás una vivienda situada en el corazón de la pequeña villa. En la noche del 21 al 22 de octubre de 1768, resonaron gritos de socorro seguidos de un disparo. Los vecinos despertaron y franquearon el umbral. Bérard yacía en su lecho, muerto a causa de varias heridas infligidas con arma blanca.
Se hallaron desorden, cajones forzados, armas de fuego y la huella de una mano ensangrentada en un gabinete contiguo. Cerca de la cama apareció un cuchillo. La sirvienta, Lévêque, declaró haberlo empleado la víspera para desollar una liebre. Su amo reconoció la pieza como propia y lamentó amargamente que se hubiese tomado de su aparador el instrumento esgrimido contra su huésped. Había, pues, indicios que sopesar, hábitos que cotejar y testimonios que poner en común. No obstante, con presteza desmedida, el relato del asalto cobró más peso que el minucioso reconocimiento del escenario.
La criada habló primero de dos hombres, luego de un tercero, encorvado y cargado con un bulto. Con todo, únicamente se constató la falta de unas piezas de platería y de una botella de licor. La plata fue hallada a poca distancia de allí. Champagnac subraya las discordancias de semejante cuadro: alhajas desdeñadas in situ, allanamientos al parecer superfluos y un botín abandonado. Entreveía en ello la traza de una añagaza dispuesta para desviar la atención. Esta conjetura del cronista no basta por sí sola para señalar a un culpable; pone de relieve, ante todo, cuántas incógnitas dejaba en el aire la versión de los salteadores.
La población no dormía del todo. La vendimia retenía a no pocos lugareños al sereno. La morada contaba asimismo con canes, cancelas y el habitual trajín de pasos. ¿Quién pudo franquear la entrada, demorarse y huir? Las pesquisas iniciales habrían debido consagrarse a reconstruir pacientemente aquella noche. Una sola frase del dueño de la casa torció el rumbo de los acontecimientos. Al reparar en las pistolas, M. aseguró que los agresores habían pretendido matarlo a él, y que su amigo había perecido en su lugar. El abad dejó de ser el eje de la investigación: se convertía en la víctima fortuita de un atentado dirigido contra otro.
Semejante trueque lo mudaba todo. Para indagar los enemigos de Bérard, habría sido menester escudriñar su existencia; para rastrear los de M., bastaba con desempolvar una antigua discordia. El caballero de C..., dueño del castillo de Grisolles, había sido tiempo atrás su arrendador. Un litigio los había enfrentado y M. lo había ganado. A partir de entonces, todo trato quedó quebrado. De aquel desacuerdo cabía inferir un anhelo de venganza y erigir dicho rencor en móvil verosímil. Entre el lecho sangriento de Cormicy y el señorío distante, una mera habladuría bastaba ya para trazar un camino de culpabilidad.
Tres hombres de los alrededores de Château-Thierry fueron arrestados. Habían tenido negocios en las cercanías de Cormicy y conocían al caballero. Se los condujo a la villa, expuestos a la vergüenza sobre una carreta antes de su traslado a Reims. La crónica insiste en la aspereza del rigor penitenciario: los grilletes, el frío y la muchedumbre que los contemplaba como si su sola comparecencia rubricara el crimen. Al cabo de un mes de encierro, una providencia judicial ordenó proseguir las averiguaciones y los puso en libertad. La justicia no había cosechado lo que su prendimiento prometía a quienes los exhibían.
Otro pormenor acudió entonces a cebar el relato. La mañana siguiente al asesinato, dos caminantes habían cruzado el río Aisne en la barca de paso de Œuilly. Los barqueros describieron a uno de ellos como corcovado. De inmediato se emparejó esa traza con la del sujeto encorvado que refiriera la criada, esforzándose luego por encajar al caballero en dicha estampa. Una supuesta particularidad física suplantaba a la identidad; un trayecto referido se transformaba en huida. Las distancias, los rumbos y el destino de los viajeros importaban menos que la dicha de anudar por fin varios rumores dispersos.
Llegó a pregonarse que el nombre del caballero figuraba grabado en un arma, sus blasones en otra y su caligrafía en ciertos papeles. La relación dieciochesca presenta tales especies como patrañas propaladas por la comarca, lejos de admitirlas como diligencias formales de los investigadores. Un llamamiento a testigos contribuyó a concitar todas las miradas sobre su persona. A medida que menudeaban los detalles espurios, la fábula cobraba cuerpo y visos de certeza: podía repetirla quien nada había visto, pero sabía ya recitar lo que otros juraban haber oído.
El caballero no solo debía hacer frente a las asechanzas de un antiguo inquilino. En los memoriales de su defensa asomaban parientes con los que mantenía litigios por cuestiones de hacienda. La causa brindaba a viejas inquinas domésticas la ocasión propicia para aunar fuerzas. A ojos del noble, su solar natal se poblaba de murmuraciones cuyo origen y alcance ya no acertaba a ponderar.
El 25 de junio de 1769, el caballero fue prendido. Su criado, ausente en aquel instante, regresó por su propio pie en cuanto supo la nueva. Los tres primeros sospechosos fueron encausados de nuevo. Se reanudaron los careos y los interrogatorios. Los cinco encausados suplicaban que se admitiesen las pruebas que acreditaban su coartada. En cuanto al caballero, su defensa sostenía que había pasado todo el mes de octubre en Grisolles, en la parroquia de Beuvardes. No le bastaba con afirmarlo ante sus allegados: exigía el derecho de demostrarlo en debida forma ante los magistrados.
Tal exigencia deslinda la defensa firme de la mera resignación. El cautivo no aguardaba únicamente a que sus delatores cejasen por cansancio. Reclamaba un fallo que desmintiese de raíz las calumnias vertidas contra su honra; que un paraje, unas fechas y unos testigos recobrasen su justo peso frente al vago retrato del transeúnte visto en la barca. El criado y los otros tres procesados tenían asimismo una reputación que restituir ante sus convecinos. El arresto había sido público y notorio; la disipación de la sospecha debía serlo en idéntica medida, so pena de dejarlos libres en una villa que continuaría mirándolos como a reos que habían esquivado el cadalso.
El 12 de agosto, varios amigos acudieron a comunicar al caballero su excarcelación: los cinco acusados habían sido declarados fuera de causa por falta de méritos suficientes. Mas los hechos justificativos no habían sido examinados en la forma solemne que reclamaban. El caballero partió hacia París dispuesto a recurrir una resolución que le devolvía la libertad sin otorgarle la debida reparación pública. La crónica atestigua esta partida y deja luego su recurso en suspenso. Acusa con vehemencia a ciertos adversarios de haber atizado la persecución, mas no arroja, a ciencia cierta, el nombre del matador de Bérard amparado por una sentencia firme.
Las diligencias en torno al homicidio debían continuar. El muerto quedaba así orillado al término del proceso, casi olvidado por la maraña narrativa que se había tejido sobre su tumba. En Grisolles, unos hombres habían recobrado el albedrío; en París, un caballero litigaba aún por hacer oír su descargo. En Cormicy, persistía una alcoba donde un huésped había hallado la muerte. Tantas razones huecas habían pretendido explicar su trágico fin que la justicia había terminado por perseguir, ante todo, a los supuestos enemigos de quien le había brindado aposento.
