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Justicia y escándalos · Inglaterra

Las gachas de Clara Smith

Bristol, octubre de 1833. Tras la muerte de su huésped Clara Smith, Mary Anne Burdock afirma que la anciana carecía de bienes. Los allegados de la difunta suscitan dudas sobre su fortuna; la posterior exhumación y varios testimonios desembocan en un juicio por envenenamiento en 1835.

El 30 de octubre de 1833, a las ocho de la mañana, Clara Anne Smith fue sepultada en el cementerio de San Agustín, en Bristol. Había fallecido el 23 de octubre, a los sesenta años de edad. Mary Anne Burdock había mandado llamar al sepulturero Thompson, asegurándole que su huésped había muerto en la indigencia y sin amigos, por lo que debía ser inhumada con el menor gasto posible. Se dispuso un ataúd con el nombre y la edad de la finada. Viuda desde hacía un lustro, se había instalado en casa de Burdock en 1833 y poseía, según diversos testimonios, soberanos de oro y billetes de banco. Tenía un cuñado en Oporto y un sobrino en Inglaterra. Charles Read, comerciante de vinos que trataba con su cuñado en tierras portuguesas, le había entregado setecientas libras en 1829 y le satisfacía una renta anual de quince libras.

Antes del deceso de su pensionista, Burdock vivía con estrechez junto a un hombre apellidado Wade. Tras las exequias, confió a uno de los testigos que un tío le había legado una cuantiosa herencia; a otro le aseguró que una anciana acaudalada que se hospedaba en su morada había instituido a Wade como heredero. Este último emprendió negocios y falleció en el mes de abril siguiente. Su testamento legaba a Burdock un patrimonio considerable, en el que figuraban existencias comerciales tasadas en setecientas libras; asimismo, se constató que la mujer poseía seiscientas libras en metálico. Aquel repentino desahogo contrastaba de forma flagrante con la miseria que había descrito a Thompson.

En noviembre, al mes siguiente del fallecimiento, Charles Read acudió a la vivienda de Burdock y Wade para indagar sobre las pertenencias de Smith. Burdock le replicó que la huésped había fenecido en la miseria y que sus ropas, inservibles por el desgaste, habían sido arrojadas al fuego. Se negó a exhibir los demás enseres mientras él no abonara quince libras por los costes del entierro. Read regresó al día siguiente; Wade le mencionó entonces una arqueta que contenía documentos, y Burdock convino en que ambas partes recurrieran a un hombre de leyes. Volvieron a personarse a la jornada siguiente y abrieron el cofre: albergaba un antiguo testamento del señor Smith otorgado a favor de su cónyuge, pero ningún título de propiedad. Read añadió que Clara había vestido siempre con pulcritud desde la muerte de su esposo, acaecida cinco años antes.

Los parientes de Clara no tuvieron noticia de su fallecimiento hasta diciembre de 1834, fecha en que se trasladaron a Bristol. Durante las indagaciones preliminares, Burdock ya había entregado algunos legajos, sin dejar de negar que la difunta poseyera caudal alguno. Las sospechas y preguntas de los allegados propiciaron un examen mucho más riguroso de las causas de la muerte.

La exhumación debía dilucidar un interrogante harto más grave que el del patrimonio. Thompson reconoció la fosa, el féretro, el sudario y las vestiduras del cadáver. Una capa de agua anegaba en parte el cuerpo y las extremidades inferiores; pese a los meses transcurridos bajo tierra, los restos se conservaban de modo extraordinario. El médico Riley practicó la autopsia, auxiliado por el cirujano Kelson, el doctor Symonds y el químico Herapath. Dictaminaron que parte de los tejidos se había mudado en adipocira, suerte de grasa o jabón cadavérico. El estómago fue extraído y contenía una sustancia amarillenta. Pelham consigna que los análisis químicos concluyeron la presencia de arsénico amarillo y que dicho veneno había ocasionado la muerte. Una preparación anatómica del órgano fue presentada con posterioridad en la vista oral.

La deposición de Evans, un marinero alojado en casa de Burdock cuando esta se hacía llamar señora Wade, vinculó directamente la compra del tósigo con el domicilio. Unos seis días antes de la muerte, ella le solicitó que adquiriera dos peniques de arsénico con el pretexto de exterminar ratas. Evans acudió a la botica de Hobbs y compró el polvo en presencia de dos testigos. La crónica apostilla que tal excusa era mendaz. Evans entregó el envoltorio a Burdock y vio cómo se lo guardaba en la faltriquera. Se hallaba en la finca el día del deceso y oyó reír a Burdock y a Wade durante la noche. Ella le confió que vendería la platería de la difunta para sufragar el sepelio; cerca de un mes antes, Evans había visto a Clara Smith lucir un reloj y una leontina de oro.

Mary Ann Allen, una joven sirvienta contratada para atender a Clara Smith, relató un acto más directo. Declaró haber visto a Burdock extraer un polvo amarillo de un papel, verterlo en un cuenco de gachas y ofrecer acto seguido aquel alimento a la pensionista. Poco después, según el testimonio de Allen, la enferma fue presa de convulsiones y expiró.

La misma testigo refirió los sucesos que sobrevinieron. Burdock abrió un armario y varios cajones, profirió injurias contra la difunta y ordenó a Allen que no desvelara a nadie su identidad ni el hecho de que hubiese residido bajo aquel techo. Si alguien preguntaba, debía presentarla como una forastera llegada de las Indias Orientales. Burdock le prohibió asimismo hablar del polvo vertido en las gachas, arguyendo que la gente podría juzgar extraño semejante proceder. La madre de Allen y otra criada que servía por entonces a Burdock confirmaron diversos extremos de su declaración.

El proceso se abrió ante el tribunal de lo criminal de Bristol el viernes 10 de abril de 1835, bajo la presidencia de sir Charles Wetherell, recorder de la ciudad, esto es, su juez municipal. Los debates se prolongaron durante aquella jornada y el sábado; los miembros del jurado permanecieron custodiados por oficiales de justicia durante todo el receso, y el magistrado no instruyó el resumen de las pruebas testificales hasta el lunes. La defensa aportó testigos de solvencia moral. El recorder conminó al jurado a pronunciarse por separado sobre tres cuestiones: ¿había muerto Clara Smith por veneno?, ¿se lo había suministrado Burdock?, ¿sabía esta última que se trataba de veneno? Les advirtió de que el veredicto les competía en exclusiva a ellos y no al tribunal, y que debían declarar a Burdock culpable si los tres puntos quedaban probados, cualesquiera que fuesen las consecuencias.

El jurado se retiró a deliberar por espacio de algo más de un cuarto de hora. Cuando los jurados abandonaron la sala, Burdock escrutó con ansiedad el semblante de cada uno. Aguardó luego su regreso con la mirada clavada en la puerta, en tanto sus letrados y otros acompañantes permanecían apremiados a su alrededor. La expectación caldeó la audiencia; al retornar los jurados, el rumor del gentío impidió en un primer instante que el juez tomara la palabra. El veredicto fue de culpabilidad. El portavoz del jurado lo proclamó con acento solemne y visible emoción. El semblante de Burdock mudó levemente; con voz perceptible pero trémula, protestó su inocencia e invocó a Dios por testigo de sus palabras. El juez dictó la pena capital y mandó que sus restos recibieran sepultura en el recinto de la prisión. Pelham la describe serena durante la condena, tomando incluso un refrigerio al pie del banquillo antes de su traslado. Una muchedumbre hostil siguió al carruaje durante el trayecto a la cárcel.

Burdock fue ajusticiada el miércoles 15 de abril. Pelham refiere que guardó silencio durante el oficio en la capilla y no se levantó a rezar. En la estancia donde le ajustaron la toca y la soga, unió sus plegarias a las del capellán. Se demoró unos instantes, pero no pronunció declaración alguna; subió después al patíbulo con semblante pálido, y la trampilla cedió a la una y cuarenta de la tarde.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

El texto del capítulo «Mary Anne Burdock» se ha examinado íntegramente, desde el encabezamiento hasta las líneas finales del cadalso. Los análisis toxicológicos se conocen aquí a través del sumario de Pelham y no por sus dictámenes periciales originales. La crónica consigna el fallo de culpabilidad y la ejecución verificada el 15 de abril de 1835; en ningún momento consta confesión alguna por parte de la reo.

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