El par de bolsillos había quedado sobre el respaldo de una silla. Marie-Françoise-Victoire Salmon se lo había quitado el domingo para ponerse uno más limpio. En el pequeño gabinete donde dormía, junto al comedor, cualquiera podía entrar. Aquella prenda apartada pronto pesaría más que todas sus respuestas. En ella se hallarían migajas mezcladas con una materia blanca; se mostrarían, se harían pasar de mano en mano. Transcurrirían siete días antes de que la justicia las recibiera. Para la criada, esos siete días abrirían casi cinco años de prisión.
Había llegado a Caen el 1 de agosto de 1781, con el propósito ordinario y considerable de hallar colocación. Hija de un jornalero de Méautis, servía desde la adolescencia. Había probado la costura en Bayeux sin lograr vivir de ella; fue preciso regresar al servicio doméstico. Madame Huet Duparc la contrató ese mismo día, por cincuenta libras de salario. Por la tarde, Marie llevó su hatillo. Por la noche, ya trabajaba. Entrar en una casa tomaba unas pocas horas. Descubrir las relaciones entre quienes la habitaban exigía mucho más.
Siete personas vivían allí: los esposos Duparc, sus tres hijos y los ancianos padres de la señora, los esposos de Beaulieu. La nueva sirvienta debía preparar cada mañana unas gachas para el anciano, llevar luego a su esposa a misa, hacer las compras, los recados y la limpieza. Su ama y la hija de la casa participarían en ciertas tareas. Al día siguiente de la contratación, madame Duparc le enseñó la preparación de las gachas y precisó que no convenía ponerles sal. Marie aprendía los usos al ejecutarlos, bajo la mirada de aquellos a quienes debía servir.
El lunes 6 de agosto trajeron la leche a la casa, contrariamente a la costumbre recién establecida según la cual debía ir ella a buscarla. En el relato de Champagnac, Marie limpia la sartén, recibe de su ama el tarro que contenía la harina y comienza la preparación ante varios miembros de la familia. Madame Duparc le pregunta entonces si ha echado sal. Ante su respuesta negativa, toma el recipiente, se aproxima a la alacena y esparce en él una sustancia tomada de un salero. Este ademán del ama se convertiría en uno de los argumentos de la defensa; no basta, por sí solo, para señalar a una envenenadora sustituta.
Se sirvieron las gachas. Marie acompañó después a la anciana a misa y partió luego a los recados que le habían encomendado. A su regreso, hacia las once y media, le comunicaron que el anciano padecía cólicos y vómitos. Le ordenaron acostarlo y velar por él. Pasaba así de los recados a los cuidados, sin dejar de ser aquella a quien se ordenaban los actos precisos. Se llamó a un mancebo de botica. El enfermo murió al caer la tarde.
Marie pasó la noche junto al cuerpo con una veladora. A la mañana siguiente, su ama le reprochó que reservara sus bolsillos buenos para el trabajo. Retomó, pues, el par suspendido en la silla. Agotada por la vigilia, dejó que madame Duparc y su hija se ocuparan de la comida; la llegada del amo y las atenciones que requería su caballo la apartaron de nuevo de la cocina. En la mesa, ciertos comensales dijeron sentir crujir algo bajo los dientes. La comida prosiguió, no obstante. Después, varias personas comenzaron a quejarse de dolores, y la palabra envenenamiento entró en la casa.
Salió de ella casi de inmediato. La muerte del anciano, la víspera, recibió una explicación que parecía completar la del almuerzo: la sirvienta habría comenzado por él, antes de arremeter contra los demás. Marie solo llevaba allí unos pocos días. Esa brevedad, que bien pudo haber hecho singular la acusación, la privaba también de todo arraigo antiguo entre los vecinos. Se conocía la casa; no se conocía todavía a la muchacha. Se convertía en el punto donde todos los sucesos podían confluir sin inquietar a aquellos a quienes se acostumbraba saludar.
La fatiga la empujó a buscar descanso sobre un lecho. Acudieron a interrogarla allí. Un cirujano, Hébert, pidió registrar sus bolsillos; ella misma desató las cintas. Declaró haber recogido, entre las migajas, una materia blanca y brillante. Los bolsillos no habían permanecido bajo su custodia durante el domingo y el lunes. La materia, en lo sucesivo, tampoco quedó de forma ininterrumpida entre manos identificadas. Sin embargo, las dudas sobre esa circulación ocuparon menos lugar que el efecto producido por el hallazgo. Se creía tener en la mano lo que las palabras de la criada ya no podían borrar.
El examen del cuerpo de Beaulieu concluyó en un envenenamiento. Quedaba por establecer por quién, cómo y con qué pruebas contra Marie. La crónica, resueltamente inclinada a su favor, ataca las deposiciones de la familia y las iniciativas del procurador Revel. Sospecha abiertamente de otros habitantes de la casa. El proceso de la sirvienta, en cambio, avanzaba encabezado por su nombre. Se le añadió una acusación de hurto doméstico. A quien preguntaba por qué habría querido matar a unos amos apenas conocidos, se le oponía en adelante también el retrato de una empleada deshonesta.
Marie respondió. Champagnac la muestra señalando las contradicciones, detallando los gestos del servicio, rechazando los equívocos en los que se pretendía encerrarla. Sabía bien lo que había hecho y lo que le habían ordenado. Pero saber relatar la jornada no garantizaba que se aceptase el relato. El 18 de abril de 1782 fue condenada a ser quemada viva. La apelación no la salvó: el 17 de mayo se confirmó la sentencia. Se la condujo de nuevo a Caen para ejecutarla. Había buscado en esa ciudad un salario y cobijo; le preparaban una pira.
Una declaración de preñez suspendió la ejecución. La crónica la presenta como un último arbitrio, y no como un embarazo comprobado después. La tregua fue breve. Una nueva fecha amenazaba ya cuando las gestiones emprendidas en su favor alcanzaron el poder real. La orden de suspensión llegó a Ruan el 26 de julio y a Caen el 28. Se abrió el 29, día previsto para el suplicio. Marie escapaba una vez más de la muerte. Permanecía detenida, no obstante, y harían falta casi cuatro años más para que se dejase de tenerla por rea.
El expediente fue reabierto. En 1784 se concedió una revisión; en marzo de 1785 se anuló la condena inicial. Mas la resolución mantenía a Marie en prisión mientras se practicaban nuevas averiguaciones. Los magistrados habían hallado motivos para revocar la sentencia, sin devolverle aún la libertad. Ella prosiguió sus instancias. La causa fue llevada finalmente ante el Parlamento de París, donde el abogado Fournel asumió su defensa. El 23 de mayo de 1786 fue descargada de toda acusación.
París quiso verla. Se anunciaba su presencia en las representaciones teatrales; se le ofrecieron socorros. Tras haber sido señalada como un peligro en una cocina de Caen, se convertía en una figura aplaudida. Casó con posterioridad y obtuvo un estanco de papel sellado. La crónica no ofrece todos los pormenores de esta segunda vida. Es posible al menos dejarla en este cambio de oficio: papeles que recibir y entregar, un quehacer del que respondía en su propio nombre. El pequeño fardo llevado a casa de los Duparc había guardado la promesa de una existencia posible. Le fue preciso atravesar dos condenas y largos años de espera para poder, por fin, recomenzarla.
