La cacerola había sido lavada. El arroz, arrojado a la basura. Cuando la justicia pretendió interrogar a aquel almuerzo sobre cuanto había sucedido en la tienda, ya no encontraría ni el plato servido ni las sobras. Se había enjuagado, frotado, vaciado la terrina: gestos de cocina convertidos en pruebas de cargo para una acusación capital. En París, en 1823, Marie-Adélaïde Bodin, viuda de Boursier, se vería obligada a explicar por qué se había lavado la vajilla mientras su marido agonizaba.
Un almuerzo junto al mostrador
La tienda de ultramarinos ocupaba la esquina de la rue de la Paix y la rue Neuve-Saint-Augustin. Guillaume-Étienne Boursier trabajaba allí con su esposa, con quien había contraído matrimonio en 1809 y de la que tenía cinco hijos. Una tía anciana, dependientes, una sirvienta y los allegados a la casa formaban en torno a ellos ese pequeño mundo donde nadie lo ve todo, pero donde todos retienen algo. Tras la catástrofe, sería preciso cotejar aquellos recuerdos; no encajarían con tanta docilidad como las mercancías en los estantes.
La mañana del 28 de junio, según la criada Joséphine Blin, Boursier se había levantado como de costumbre. Incluso había hallado tiempo para pintarle unos bigotes en el rostro a su esposa dormida y pedirle luego un espejo cuando ella despertó. Tenía previsto salir con un amigo. Nada en aquel comienzo de jornada, evocado durante la vista, presagiaba lo que vendría después. La broma conyugal se convertiría, no obstante, en un argumento más: ¿podía creerse en el suicidio de un hombre que acababa de bromear? La pregunta se formularía; la escena no podía, por sí sola, brindar la respuesta.
Joséphine había preparado arroz, del que afirmó haber comido y haber reservado una porción para el niño. El almuerzo del amo fue servido en una cacerola y colocado sobre un secreter, junto al mostrador. Pasaron unos minutos antes de que lo probara. Se quejó entonces de un mal sabor. Desde la cocina, la sirvienta respondió que ella lo había comido sin advertir nada extraño. La señora Boursier declararía haberlo probado también. Sobre este último punto, los testigos pudieron reproducir sus palabras; ninguno comparecería para afirmar que la hubiese visto llevarse la cuchara a la boca.
Comenzaron los vómitos. Se mandó llamar a los médicos; los remedios se sucedieron sin lograr salvar al enfermo. Bordot y Tartra buscaron la explicación a tales quebrantos, mientras la casa, volcada todavía en el comercio unas horas antes, se llenaba de las idas y venidas que acarrea una agonía. Boursier falleció al cabo de unos dos días. La sospecha de un envenenamiento no había desbancado aún las demás hipótesis médicas en todas las conversaciones. No tardaría, sin embargo, en adueñarse de las del barrio.
Lo que el agua se llevó
Entre tanto, la esposa había vertido el arroz en una terrina y pasado agua por la cacerola. Joséphine la frotó a continuación. ¿Quién había ordenado lavarla? En la vista, la criada señaló a su ama; esta lo negó. Pero Joséphine reconoció haber decidido por su cuenta restregar el recipiente y vaciar la terrina. No se trataba, pues, de un ademán único, ejecutado por una sola persona y cuyo sentido resultara diáfano. Eran varias faenas cotidianas, respuestas contradictorias y, al final, el resto de un almuerzo malogrado.
Para la acusación, aquella desaparición cobraba el cariz de una cautela criminal. La viuda sostenía que solo había deseado demostrar la limpieza de la vasija. La misma dificultad se planteó respecto a la apertura del cadáver, descartada en un principio tras consultar con los allegados. ¿Podía una familia rechazar semejante operación sin pretender encubrir un crimen? ¿Cabía interpretar de igual modo su vacilación y la de una esposa sobre la que ya recaían sospechas? La muerte había otorgado a los hábitos domésticos un segundo significado, harto más peligroso que el primero.
Finalmente se exhumó a Boursier. El doctor Orfila expuso ante el tribunal de lo criminal los resultados del examen: se había hallado en el estómago óxido de arsénico en cantidad suficiente para provocar la muerte. Otros facultativos confirmaron la presencia del veneno. El análisis aportaba al expediente lo que las habladurías no habían podido darle. Sin embargo, no inscribía ningún nombre junto al arsénico. Entre la sustancia demostrada y la persona que la había administrado, a la instrucción le restaba aún trazar todo el camino.
El hombre a quien se recibía
Aquel camino condujo hasta Nicolas Kostolo. Decía ser natural de Constantinopla, buscaba colocación y había sido acogido en casa de los Boursier. Se convirtió en amante de la mujer. En el juicio, no negó la relación; sus respuestas sobre el dinero, las mujeres y ciertos proyectos de matrimonio contribuyeron sobre todo a granjearle el aborrecimiento de quienes lo escuchaban. El ministerio público no ahorraría tintes sombríos a aquel retrato. Mas un hombre podía mostrarse interesado, vanidoso o frívolo sin que cada uno de sus defectos constituyera una prueba de asesinato.
El adulterio dotaba a la sospecha de una trama casi escrita de antemano: una esposa deseosa de librarse de su marido, un amante dispuesto a secundarla, un almuerzo oportunamente fatal. Kostolo había frecuentado la casa y asistido al enfermo; se escudriñó hasta la última porción de bebida que le suministró. Faltaba aún demostrar que alguno de aquellos actos de presencia o de auxilio hubiese albergado un acto de envenenamiento. Ningún testigo había visto a uno u otro acusado verter ponzoña en el arroz.
Existía, no obstante, arsénico en los antecedentes de aquella tienda, mucho antes de la muerte. Boursier lo había comprado en marzo de 1822 para exterminar ratas. Un antiguo mancebo de la tienda, Bailly, había participado en la tarea. ¿Qué ocurrió después? ¿Conservó su amo lo sobrante, como el joven declaró en un primer momento, o fue el propio Bailly quien lo guardó en un casillero para botellas? Ante el tribunal sostuvo esta segunda versión. De inmediato se le reprochó la primera. Una aclaración destinada a disipar las sombras del sumario abría un nuevo proceso dentro del proceso.
El paquete tras la tabla
¿Había sido sobornado Bailly? ¿Mudó de relato tras recibir ciertas visitas? El fiscal general contempló la posibilidad de procesarlo por falso testimonio. El defensor de la viuda, el letrado Couture, hubo de justificar sus propias diligencias: había solicitado una ampliación de la instrucción, pero rehusado comunicarse con el testigo. Entre aquellas réplicas, el presidente recordó que un registro minucioso no había hallado arsénico alguno en la tienda.
Rousselot, llamado de nuevo al estrado, aportó entonces un testimonio singular. Había acompañado a Bailly al lugar. De rodillas ante un casillero de difícil acceso, el mozo había extraído dos bolsas. Una contenía, según el testigo, matarratas; la otra, un paquete envuelto en papel gris en el que creyeron reconocer arsénico. Rousselot afirmó haberlo devuelto al casillero y clavado luego una tabla delante para impedir que nadie lo tocase. Aquel paquete que la justicia no había encontrado seguiría, pues, allí, tras su improvisado cierre.
No era un nuevo análisis químico lo que se presentaba en la audiencia, sino la declaración de un hombre sobre cuanto afirmaba haber descubierto. Y la presencia de un resto no habría demostrado que nadie hubiese tomado una parte. Sin embargo, enturbiaba la imagen de un veneno desaparecido entre manos forzosamente culpables. Cuanto más se pretendía cerrar el razonamiento, más puertas abría un testigo. Couture recondujo a los jurados hacia este escollo: la imposibilidad de señalar con certeza una mano impedía elegir a un reo con el mero fin de colmar la expectativa de una condena.
La libertad bajo las miradas
En las sesiones del 27, 28 y 29 de noviembre de 1823, el juicio mudó por fin de semblante. El ministerio público retiró la acusación contra Kostolo, sin dejar por ello de vituperar su conducta. Mantuvo, empero, la que pesaba sobre la viuda. Couture contrastó, en particular, el modo en que se acogían dos declaraciones idénticas: la sirvienta aseguraba haber comido arroz y se le creía; la esposa afirmaba haberlo probado y esa misma palabra se tornaba sospechosa. Recordó asimismo la presteza con que se llamó a los médicos. Reclamaba que los indicios fuesen sopesados sin el gravamen añadido del escándalo.
Tras una hora de deliberación, los jurados declararon no culpables a ambos acusados. Estallaron aplausos en la sala; el presidente ordenó detener a quienes alteraban el orden. Luego, tras pronunciar la puesta en libertad, dirigió a la viuda una severa reprensión sobre sus costumbres, su conciencia y el honor perdido. Acababa de eludir la acusación de asesinato; debía escuchar todavía cómo el magistrado le imputaba públicamente una infamia que el veredicto no había borrado a sus ojos.
La recopilación judicial de 1828 relata que reapareció casi de inmediato tras su mostrador y que, durante varios días, la muchedumbre se agolpó ante su puerta para verla. Esta estampa postrera pertenece a un relato abiertamente hostil hacia ella. Muestra, al menos, cómo se brindó esta historia a sus lectores: una mujer devuelta a la libertad, pero expuesta aún al juicio de los transeúntes. En adelante, se podía entrar en la tienda sin toparse con una acusada. Quedaba por ver cuántos clientes se avendrían a ver en ella tan solo a una tendera.
