Cuando el Lord Chief Justice Campbell encomendó la causa a los jurados, les pidió en primer término que olvidaran cuanto hubiesen oído antes de la apertura del juicio. La ciudad de Rugeley, en Staffordshire, ya había condenado a William Palmer en el tribunal de la opinión pública. Fue precisamente para sustraer el proceso a semejante prejuicio que la causa abandonó el condado: el Parlamento había autorizado su traslado al Tribunal Penal Central de Londres, a petición del propio acusado. El cirujano, de treinta y un años de edad, en pie ante el banquillo, se declaró no culpable del asesinato de John Parsons Cook.
En la sesión de apertura, el fiscal general enmarcó la acusación en el universo de las carreras hípicas. Cook, que había heredado una fortuna y abandonado el ejercicio de la abogacía, poseía caballos y apostaba; Palmer y él habían estrechado su trato. Según la Corona, Palmer se hallaba abrumado por las deudas y contaba con el dinero que Cook acababa de ganar en Shrewsbury. La primera mañana, las puertas fueron asediadas por curiosos provistos de pases de admisión; el interés público suscitado por la causa no había decaído un ápice. El fiscal advirtió, no obstante, a los jurados de que el fraude y la falsedad documental, aun demostrados, no bastarían para probar el asesinato.
Doce jornadas de debate habían brindado a la prensa y a los jurados un cúmulo de pormenores. Campbell quiso a su vez fijar los lindes. Los manejos financieros imputados a Palmer —letras de cambio, firmas impugnadas, transacciones fraudulentas— eran «sumamente deshonrosos», reconoció, pero no podían hacer las veces de prueba de homicidio. En Inglaterra, señaló, un hombre debía ser juzgado por los elementos que lo incriminaran en la acusación concreta que pesaba sobre él. Ambos bandos habían expuesto asimismo explicaciones opuestas respecto a la muerte: la Corona sostenía que Cook había sido envenenado con estricnina; la defensa alegaba una enfermedad natural y negaba que los síntomas se correspondieran con los del veneno.
El jurado no había presenciado la enfermedad de Cook. Para reconstruir el cuadro más sobrecogedor, dependía del testimonio de Lavinia Barnes, doncella en el Talbot Arms de Rugeley. Cook había regresado allí de las carreras y se hospedaba en el establecimiento. El sábado, Palmer envió a Ann Rowley a buscar caldo a la posada Albion, y dispuso luego que se lo llevaran al enfermo. Barnes lo subió, pero Cook sentía demasiadas náuseas para tomarlo. La criada devolvió el cuenco a la cocina y avisó a Palmer. «Es preciso que lo tome», replicó este. Elizabeth Mills volvió a subirlo poco después; al día siguiente, según el testimonio de Barnes, Mills sufrió violentos vómitos.
Barnes no afirmó haber visto quién preparó el caldo ni qué contenía. En su deposición, Rowley describió el resto del trayecto: había hecho calentar el caldo en la cocina de Palmer, tras lo cual este lo vertió en una taza y le ordenó decir que lo enviaba Jeremiah Smith. El posadero Robinson lo había cocinado, mas Rowley ignoraba por orden de quién. Interrogada por el magistrado acerca de la razón de semejante instrucción, respondió que Palmer no se la había dado. Su declaración acreditaba el recorrido del plato y las palabras pronunciadas; no acreditaba qué había en el interior de la taza.
La noche en que Cook sufrió los dolores más atroces, la campanilla de su estancia resonó con fuerza. Barnes subió de inmediato. Lo oyó gritar «¡Asesinato!», decir que se ahogaba, golpear el lecho con los brazos e implorar a Cristo. Mandó llamar a Palmer. Cuando el cirujano entró, Cook se había sosegado en alguna medida; le dijo: «¡Ay, doctor, me muero!». Palmer respondió: «No se alarme, muchacho». Barnes vio a Cook beber una pócima oscura y vomitarla; ignoraba quién se la había suministrado.
Al día siguiente, Cook pareció experimentar cierta mejoría. Cerca de la medianoche, sonó una nueva alarma. Barnes aguardó en la escalera y oyó los alaridos; vio entrar a Palmer y salir poco después. Este aseguró que Cook se encontraba mucho menos grave que la noche anterior. Barnes entró luego en la alcoba, pero salió antes del desenlace fatal. Consumada la muerte, halló a Palmer sosteniendo un abrigo, registrando los bolsillos y mirando bajo el cabezal. Cuando ella exclamó que Cook no podía haber muerto, él replicó: «Ha muerto. Sabía que moriría». Tales fueron las observaciones de Barnes, según las atribuye a su testimonio el acta judicial; al jurado correspondía determinar el peso que debía concedérseles.
El jueves, Palmer regresó a la posada y solicitó la llave de la habitación, alegando que buscaba unos libros, papeles y un abrecartas para restituirlos al papelero. Al día siguiente, pidió a Barnes que buscara el cuaderno de apuestas de Cook. Ella y Mills registraron el lecho y el aposento, mas no los cajones; no lograron hallarlo. Barnes había visto antes a Cook con dicho cuaderno, aunque no recordaba haberlo visto dentro de la estancia.
La acusación no descansaba únicamente en la escena de la alcoba. Charles Newton, ayudante del cirujano Salt, declaró haber suministrado estricnina a Palmer el lunes por la noche precedente. No lo había manifestado durante la investigación del forense; este detalle no afloró hasta más tarde, cuando se dirigía a Londres. El juez Campbell hizo hincapié en dicha omisión y encomendó a los jurados la tarea de calibrar su credibilidad. Charles Joseph Roberts, aprendiz del boticario Hawkins, refirió otra visita: Palmer le había pedido primero ácido prúsico, luego seis granos de estricnina y una solución de opio. Pagó los productos y se los llevó. Palmer no compraba nada en aquel establecimiento desde hacía unos dos años. Roberts no había asentado la venta en registro alguno, según explicó, porque las ventas cobradas al mostrador no solían consignarse.
Para la defensa, la ausencia de estricnina en el estómago de Cook tenía un peso determinante. Los peritos médicos que lo habían analizado, Taylor y Rees, no habían detectado rastro alguno. Sin embargo, esos mismos facultativos testificaron que tampoco habían logrado hallar la estricnina en dos animales a los que ellos mismos habían envenenado durante sus experimentos. El acta da cuenta asimismo de la presencia de antimonio en las muestras. Aquellos resultados no zanjaban, pues, por sí solos la controversia. En el resumen judicial, la Corona vinculaba los síntomas al tóxico; la defensa sostenía, por el contrario, que una afección natural los explicaba y que Palmer tenía sumo interés en mantener a Cook con vida.
Campbell no declaró a los jurados que el análisis químico demostrara el envenenamiento. Les recordó que la ausencia de estricnina debía sopesarse, y formuló seguidamente la interrogante decisiva: ¿podían obedecer los síntomas a una enfermedad natural? Si juzgaban que también podían ser propios de la estricnina, les restaba determinar, a partir del conjunto de las pruebas, si Palmer la había administrado. El letrado de la defensa, el serjeant Shee, objetó que la instrucción debía puntualizar asimismo que tales síntomas podían provenir de otras causas. Campbell respondió que sus instrucciones ya habían sometido ambas cuestiones al jurado. Les vedó condenar sobre la base de una mera sospecha, por fundada que pareciese, y les ordenó beneficiar al acusado con la duda si subsistía alguna.
Los jurados se retiraron pasadas las dos de la tarde. Durante su ausencia, el capellán de Newgate tomó asiento cerca de los magistrados, presto a intervenir si sobrevenía una condena. Fuera, la muchedumbre aumentaba a medida que corría la voz de la deliberación. Una hora y diecisiete minutos más tarde, el jurado regresó a la sala. A la pregunta del actuario, su presidente respondió: «Culpable». Palmer apenas mostró reacción alguna. Guardó silencio cuando el actuario le inquirió si tenía algo que manifestar antes de que se pronunciase la pena capital. Campbell dictó entonces la condena a muerte.
